Religión en Libertad

Lo difícil no es convertirse, es el día después: conversa explica de qué desprenderse y qué mantener

En un contexto en el que los adultos conversos se superan cada año en buena parte de Europa, Grace Schmiesing explica los diferentes tiempos y fases del proceso -y sus retos-.

“Mi conversión al catolicismo no fue simplemente un cambio de creencia y práctica religiosa, fue un cambio total en mi visión del mundo”, dice Grace Schmiesing.Real Clear Catholic.

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Uno de los fenómenos que más destacan de la espiritualidad de los últimos meses es el del aumento en conversiones y bautismos de adultos. Francia, Países Bajos, Austria, Gran Bretaña… En todo Europa se da un fenómeno en el que, tras las abultadas cifras, se encuentran las rostros, nombres y vidas concretas que han sido cambiadas. Puede ser por un encuentro, por una fe o por los sacramentos o por una doctrina que terminan llevando al fiel a preguntarse por su nueva identidad y a tratar de vivirla de forma coherente. Una cuestión que, como conversa, se hizo Grace Schmiesing y a la que ahora responde en Crisis Magazine en su artículo “Consejo para un nuevo converso”.

Un cambio radical de cosmovisión

Uno de los primeros aspectos que aclara es que la conversión no consiste tanto en un “desacuerdo religioso” respecto de quienes no han cruzado el umbral de la Iglesia. Es, según ella, mucho más profundo y global, de modo que la personalidad y pilares previos terminan por ser cuestionados por la nueva identidad católica.

Lo primero que investigó fue cómo integrar determinados aspectos de su vida pasada con la fe recién descubierta.

“Mi conversión al catolicismo no fue simplemente un cambio de creencia y práctica religiosa, fue un cambio total en mi visión del mundo, un cambio en lo que percibía como la naturaleza de la realidad y el propósito de mi vida en la tierra. Cristo me condujo a su Iglesia y, al igual que lo hace en los Evangelios, lo exigió todo. Mis relaciones, aficiones, bienes materiales, planes de futuro, finanzas, hábitos, etc., todo tenía que someterse a su Santa Voluntad”, relata.

Tiempo de leer y hablar: "Como un adolescente enamorado"

Describe el siguiente episodio como un momento de efusión. Un periodo en el que, como conversa, se recuerda “tan molesta como un adolescente enamorado”. Se había convencido racionalmente de las verdades de fe que debía creer, pero admite que aún no estaba plenamente convertida.

“El empujón final que necesitaba era un encuentro con Jesús en la Eucaristía”, relata, y este no tardó en llegar.

“Después de este encuentro, me enamoré. Jesús (a través de la Iglesia Católica) había cautivado mi corazón, mi mente y mi imaginación. Él y su Iglesia eran todo sobre lo que quería leer o hablar; quería pasar todo mi tiempo en misa o en la adoración. Mi interés por otras cosas se desvaneció; mis aspiraciones para el futuro cambiaron”.

Tiempo de soltar: muerte y resurrección del converso

Conforme su nueva fe se asentaba, observaba que las inquietudes, gustos y valores que un día marcaron su vida debían ser “reintegrados” en su vida como católica.

“Mi conversión cambió mi forma de ver el mundo y mis principales amores, y esto, naturalmente, afectó todos los aspectos de mi personalidad”, comenta.

La joven contemplaba que, por su devoción y entrega a Dios y la Iglesia, no le resultaba extraño desprenderse de la mayoría de aspectos de su vida pasada. Sin embargo, conforme profundizaba, veía cómo “algunos eran difíciles de soltar”, mientras que se aferraba a otros al considerarlos su propia identidad: “Esto no puede morir, es mío, parte natural de mí. Si lo dejo ir, me arriesgaré a perder mi identidad”.

“Cada vez que lo hacía, me causaba dolor y sufrimiento, como siempre ocurre al seguir nuestra propia voluntad. El Señor ha sido fiel. Y cuando me he sometido a su amor y le he entregado al Señor todo aquello a lo que me aferro, me ha traído muchísima paz. A menudo, Él me la devuelve de maneras sorprendentes”, asegura.

Tiempo de elegir: identidades en pugna

Parte de ese conflicto se centró, en su caso, en su papel como mujer en la Iglesia y el catolicismo.

Cuenta que, desde el principio, miró con recelo al acento que pone la Iglesia en la maternidad, convencida de que si se entregaba a esta vocación, olvidaría quién era. 

Algo que cambió “dejándolo ir” y aceptando la propuesta de matrimonio de su esposo, cuando él tenía 21 años y ella 20.

“Decidí pasar por el doloroso proceso de dejar atrás mis propias ideas sobre la feminidad”, subraya. “Gracias al amor de un esposo fiel, varios años de infertilidad y la alegría de ser madre adoptiva, el Señor no solo calmó mi miedo, sino que también me dio un aprecio y amor por mi feminidad que jamás hubiera soñado”.

Tiempo de dejar ir: “Deja que se apague y confía”

Schmiesing concluye dirigiéndose a quienes, como ella, podrían temer hoy perder su propia identidad tras recibir el bautismo o la conversión:

“Si te acabas de convertir y no estás seguro de quién eres ahora que eres católico, mi consejo es que dejes que todo se apague. Confía en el Señor. Él te creó a ti y a todo lo que te ha influenciado. Él ha estado contigo toda tu vida y te guio hacia su Iglesia. Él puede dar vida a cada aspecto de ti mediante la unión consigo mismo. Ten valor y no temas”. 

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