Vivir sin miedo: Gándara rescata la ética cruda de clásicos griegos y bíblicos
La felicidad exige ver la vida tal como es, no como nos gustaría que fuera

Alejandro Gándara, entre sus libros (Jeosm ©, Galaxia Gutenberg)
Alejandro Gándara (Santander, 1957), profesor de Historia de las Ideas en la Universidad Complutense, novelista desde La media distancia (1984) y fundador de la Escuela de las Letras (1989) y la Escuela Contemporánea de Humanidades (2000), publica "Los textos robados a la felicidad. 22 historias para vivir sin miedo" (Galaxia Gutenberg, 2026), galardonado con el IV Premio Eugenio Trías de Ensayo. Excolumnista de El País y ABC, y experto en las relaciones entre palabra, curación, duelo y pensamiento en imágenes —temas que ha enseñado en universidades y departamentos de psiquiatría paliativos—, Gándara propone una relectura radical de textos hebreos y griegos. No como monumentos académicos, sino como ética práctica para enfrentar la corrupción humana y social, tal como la concebían los antiguos antes del giro cristiano hacia ideales utópicos.
En esta entrevista, el autor diagnostica los males de nuestro tiempo: ansiedad rampante, insomnio colectivo, redes sociales como "simulacro patológico" que atomizan relaciones, inteligencia artificial sin crítica colectiva y un trabajo alienado que nos enajena del sentido vital. Frente a la "felicidad robada" por interpretaciones doctrinales, aboga por una lectura comprometida —discusión y creación, no mera academia— para recuperar el consuelo en la aceptación realista de la vida. “Hagan algo consigo mismos, discutan su forma de vida, abandonen lo insatisfactorio sin contemplaciones”, urge a lectores abrumados. Su tesis resuena en la tradición católica: la sabiduría bíblica y clásica no promete utopías, sino una conducta para ser dueños de nuestra existencia en un mundo herido por la técnica y el individualismo.
Hoy presenta el libro en la Fundación Ortega y Gasset-Gregorio Marañón, en diálogo con Marta Peirano.

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-Bueno, en realidad el propósito no es directamente la felicidad, sino la convicción de que la felicidad solo puede alcanzarse con una visión de la vida tal como es, no tal como nos gustaría que fuera. Por eso la Ilíada y la Torá son obras tan crudas, tan duras, tan faltas de esperanza. En realidad, los antiguos creían que había un cierto consuelo —de hecho, la única posibilidad de consuelo— en el hecho de enfrentarse y aceptar que la naturaleza humana y social estaban profundamente corrompidas y tendían a la degradación. La llegada del cristianismo cambió esa actitud y la literatura y el pensamiento trabajaron sobre la base de ideales de difícil cumplimiento. El amor, la utopía, la resurrección de la carne fueron algunos de los temas que fueron introducidos en el sistema intelectual y sentimental del mundo venidero.
-Los textos clásicos, al menos los griegos y los primeros hebreos, están integrados en la vida, forman parte de la vida y están orientados a ordenar la vida, tanto la práctica como la espiritual o intelectual. Para nosotros se han convertido en simples disciplinas académicas o en saberes que no están obligados a tener relación con lo que hacemos o con lo que pensamos. Antes, los principios morales y la ética eran la actitud fundamental para progresar en la esfera intelectual. Ahora se trata de saberes, de prótesis o características que llevan los individuos sobre sí, pero que no son parte de los fundamentos de su vida.
-Creo que los textos ya no se leen como algo comprometido con nuestra forma de vida, sino como disciplinas objetivas. En esto ha jugado un papel fundamental la interpretación como forma de lectura. Su alternativa es la discusión y la creación. Ambas cosas están ausentes de los aprendizajes normativos.
-El tema es cómo aprendemos a dar significado a nuestra vida y a las cosas que hacemos. Y cómo lo ponemos en práctica. Nuestra existencia es básicamente la de trabajadores/productores, enajenados tanto de lo que hacemos como del sentido de lo que hacemos. Hay que volver a una educación que no sea una oposición de ingreso al sistema laboral y en la que el conocimiento por sí mismo, sin "utilidad" o fines programados, sea la experiencia fundamental, aunque no única.
-El progreso tecnológico va por libre. Carece de una dimensión crítica colectiva. Puede acabar dañando toda posibilidad de existir satisfactoriamente en este mundo. Por otra parte, exalta una forma de relacionarse con las cosas que aleja aún más al individuo de sus fines propiamente humanos. Estos fines se resumen en la necesidad de generar un sentido propio en armonía con la comunidad. En cuanto al conocimiento, se integra dentro de las ciencias aplicadas y, por tanto, carece de dimensión existencial.
-La tecnología no está ayudando, más bien se está convirtiendo en un obstáculo por lo que ya he dicho antes: la falta de una dimensión crítica colectiva. Pero las redes sociales en particular están pasando a convertirse rápidamente en una patología de la que algunos gobiernos empiezan a hacerse cargo. No solamente afecta a los menores, también a los adultos y, desde luego, impacta en las relaciones humanas y sociales. Del mismo modo que la ciudad antigua producía ciudadanos y la megaciudad produce individuos atomizados, las redes sociales producen espectros y relaciones basadas en el simulacro sin nada detrás.
-Que hagan algo consigo mismos, que discutan su forma de vida, que no den nada por hecho y que, si están convencidos de que la vida que llevan no es satisfactoria ni cumple ninguna necesidad profunda, que la abandonen sin contemplaciones.