Religión en Libertad

La santidad empieza cuando suena el despertador

Dios te espera en tu trabajo. No después. No fuera. No cuando todo esté resuelto. Ahí, en lo concreto, en lo que tienes entre manos.

San Josemaría Escrivá de Balaguer

San Josemaría Escrivá de Balaguer

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Existe una idea bastante extendida —aunque pocas veces se diga en voz alta— de que la santidad pertenece a otro tipo de vida, a otro ritmo, a otra vocación. Como si fuera algo reservado a quienes “se dedican a Dios”, mientras el resto nos movemos en una especie de terreno neutral donde lo espiritual apenas roza lo cotidiano. Y, sin embargo, la intuición cristiana —expresada con fuerza por San Josemaría Escrivá— desmonta esa división con una afirmación tan sencilla como exigente: Dios te espera en tu trabajo.

No después. No fuera. No cuando todo esté resuelto. Ahí, en lo concreto, en lo que tienes entre manos.

Por eso, cuando el Opus Dei habla de santificar el trabajo, no propone añadir prácticas piadosas a una jornada ya llena, sino cambiar la raíz desde la que se vive todo. Porque la cuestión no es hacer más cosas, sino hacerlas de otra manera: con intención, con unidad, con amor.

La clave está en algo que, bien entendido, es profundamente liberador: la unidad de vida. Es decir, dejar de vivir como si la fe fuera un compartimento separado del resto de la existencia. No hay una “vida de Dios” por un lado y una “vida real” por otro. Solo hay una vida. Y esa vida —con sus correos, sus reuniones, sus prisas, sus tareas domésticas, sus conversaciones y sus silencios— es el lugar donde se juega todo.

Esto tiene consecuencias muy concretas. La primera, casi incómoda, es que trabajar bien es una exigencia espiritual. No basta con tener buena intención si el trabajo es descuidado, improvisado o mediocre. La santidad no se construye sobre la dejadez, sino sobre el esmero, la responsabilidad y la profesionalidad. Porque ese trabajo no es solo “tu trabajo”: es algo que ofreces, algo que entregas, algo que repercute en otros.

Pero junto a la competencia hay algo aún más decisivo y más invisible: la intención. Ese momento interior, casi imperceptible, en el que uno ofrece lo que va a hacer. No cambia la tarea, pero cambia su sentido. Lo que antes era rutina puede convertirse en oración, no porque deje de ser rutina, sino porque ahora está orientado.

Y entonces, sin hacer ruido, la vida empieza a unificarse.

El hogar deja de ser un paréntesis entre jornadas laborales para convertirse en otro lugar de encuentro con Dios. Cuidar, escuchar, ordenar, acompañar… todo eso que rara vez recibe reconocimiento comienza a adquirir un peso distinto. No por lo que se ve, sino por el amor que sostiene cada gesto.

También la vida social cambia de tono. Ya no se trata de “hacer apostolado” como quien añade una actividad más, sino de vivir de tal manera que la propia vida tenga algo que decir. La fe no se impone, pero se percibe. No se exhibe, pero se transparenta en la forma de tratar, de trabajar, de reaccionar.

Y, sin embargo, nada de esto elimina la dificultad. Porque la santidad en lo ordinario tiene algo especialmente exigente: no tiene brillo. No hay aplausos, no hay momentos extraordinarios que sostengan la motivación. Hay repetición, cansancio, días grises. Y ahí es donde todo se vuelve más verdadero. Porque amar lo pequeño, lo repetido, lo aparentemente insignificante, exige una profundidad que no depende de lo externo.

Por eso esta propuesta no es ingenua ni fácil. Es profundamente realista. Sabe que habrá días en los que uno no llegará, en los que el trabajo no saldrá bien, en los que la intención se diluya. Y, aun así, insiste: vuelve a empezar. Ofrece otra vez. Reordena el corazón.

Al final, santificar el trabajo no consiste en convertir cada jornada en algo extraordinario, sino en descubrir que lo ordinario se vuelve extraordinario cuando se vive con Dios. Y que, en medio de esa normalidad —tan poco espectacular, tan poco visible—, se está jugando algo decisivo.

Porque quizá la santidad no empieza en grandes decisiones, sino en algo mucho más concreto: en cómo te levantas, en cómo trabajas, en cómo vuelves a empezar… y en Quién está ahí, esperándote, también en todo eso.

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