Lunes, 25 de octubre de 2021

Religión en Libertad

San Juan de Colonia y los mártires de Gorkum.

Ramón Rabre

San Juan de Colonia.
San Juan de Colonia.

No es este santo un santo fácil “de tragar”, un santo del que se lee sin sentir que se queman las entrañas, que nos levanta del cómodo sofá de la cómoda fe. Un simple “no”, o, por el contrario, un pequeño asentimiento y no habría padecido el martirio, acaso ni siquiera hoy sabríamos de él.

San Juan de Colonia, presbítero dominico y mártir. 9 de julio.

Juan vivió en el siglo XVI, profesó en la orden dominica, y aunque de origen alemán, estaba destinado en el convento de los dominicos de Horn, Holanda. Son los tiempos de las guerras religiosas, de la reforma protestante, en este caso, llevada a cabo por los calvinistas. Reforma religiosa, pero sostenida y alentada por intereses políticos y económicos. Verse libre del “papismo” era verse libre del emperador y su vasallaje, a lo cual anhelaban los príncipes del Imperio. A esto nos había llevado la unión Iglesia-Imperio, lamentablemente: papas guerreros, economistas, más interesados en la voluptuosidad del renacimiento que en la santidad cristiana. Mucho se demoró la Reforma del Concilio de Trento y, cuando se hizo, ya era tarde, al menos para reconciliar a las partes.

En Horn, Juan era amado por sus feligreses y gozaba de fama de virtuoso y caritativo, por ello no es extraño que, arriesgando su vida, se decidiera a visitar a católicos, fieles y religiosos, prisioneros. Hoy muchos dirían que fue imprudencia, temeridad, falta de sentido práctico… y tal vez fue un poco de todo, pero hay algo que apremia aún más que la razón; y esto es la caridad, el cumplimiento del deber (¿veis como no es un santo fácil de tragar?). En esta visita, al no ocultar su condición de sacerdote y religioso dominico fue apresado junto a los que ya estaban allí, y fueron sus compañeros de sufrimientos: dos religiosos premonstratenses, dieciséis franciscanos, cuatro presbíteros diocesanos y un canónigo regular de San Agustín. Aunque no todos lograron la gloria, tres franciscanos y un diocesano se echaron atrás en el último momento. En la prisión, además de los vejámenes comunes que se cometen cuando se tiene toda la libertad para ello, acrecentados cuando los castigados son inocentes y desgarran con sus miradas limpias, nuestros mártires son sometidos a las promesas de libertad por unas “pequeñas concesiones”: Negar el primado del Papa y la presencia Real de Jesucristo en la Eucaristía. ¿Quizás los carceleros, antiguos católicos, creían aún en lo que pretendían que otros negaran? ¿Qué gusto sentirían en que renegasen de su fe? ¿Que les aportaría a su nueva fe la renuncia de los otros, lograda por la fuerza? Son preguntas que sólo los verdugos (los de todos los tiempos) sabrían responder, porque Juan y los demás, no las respondieron: permanecieron firmes.

Burlas, castigos, amagos de matarlos en el momento, nada pudo hacer que los religiosos condescendieran a negar su fe. Cansados los verdugos, desmoralizados, decidieron pasarlos a la “justicia” y que juzgase sus crímenes de “romanismo”. Fueron llevados a Brila, atados con cadenas y casi desnudos, pues los hábitos les habían sido arrancados a la fuerza, porque ni esto quisieron permitir los mártires. Unos a otros se animaban, se consolaban y se ayudaban: dar el alimento al desfallecido, sostener la cabeza de uno para que pudiera orar… y otras muestras de caridad. Al llegar a Gorkum, destino final de su calvario, ya estaban preparadas las horcas, a la que Juan se subió sin esperar la sentencia, ni las últimas promesas de libertad si renegaba de su fe católica. Fueron ahorcados y allí, según la piadosa leyenda, que no falta en ninguna vida de santo que se precie, con el tiempo creció un precioso árbol con tantas flores como mártires fueron.

En 1675 Clemente X los beatificó a todos juntos, como juntos habían dado testimonio, y alcanzados el premio, y así mismo fueron canonizados por Pío IX en 1867. Juan de Colonia y compañeros no son del siglo XVI, son de hoy, de cada día. Es el santo de decir “sí”, aún cuando un simple “no” podría salvarnos, no ya de la horca, pero sí de la cuerda que ata la libertad.

Sus atributos: hábito blanco y negro dominico, una soga al cuello, la palma de martirio, una custodia o copón con el Santísimo, que proclaman su afirmación de la Presencia Eucarística. Un libro con una tiara pontificia o una pequeña iglesia (su fidelidad al papa y la Iglesia).

Estos fueron además sus compañeros mártires:

San Nicolás Pieck, presbítero franciscano, guardián de su convento. Fue ahorcado con su propio cordón del hábito, y como no murió, le quemaron la boca y nariz, pudo librarse, por influencia de sus parientes, pero se negó a hacerlo sin su comunidad.
San Jerónimo de Weert, su vicario.
San Nicasio de Heeze, presbítero franciscano.
San Teodoro van der Eem, presbítero franciscano.
San Willehald de Dinamarca, presbítero franciscano.
San Godofredo de Melveren, presbítero franciscano.
San Antonio de Weer, franciscano.
San Antonio de Hoornaert, presbítero franciscano.
San Francisco de Rooy, presbítero franciscano.
San Pedro de Assche, religioso franciscano.
San Cornelio de Wyk-by-Duurnstende, religioso franciscano.
San Juan de Oosterwyk, canónigo regular de San Agustín.
San Andrés Wouters, presbítero.
San Nicolás Poppel, presbítero.
San Godofredo de Duynen, presbitero
San Leonardo Veghel, presbítero
San Santiago Lacops, premonstratense. Este había apostatado seis años antes, para hacerse pastor protestante, pero había vuelto a la fe católica y hecho religioso.
San Adrián de Hilvarenbeek, premonstratense.

Fuentes:
-"Legends of the Blessed Sacrament". EMILY MARY SHAPCOTE. Burns and Oates, 1877.
-"Vies des saints de l´Ancien et du Nouveau Testament". Volumen 8. PAUL GUÉRIN. París, 1888.

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