Jueves, 22 de octubre de 2020

Religión en Libertad

Sin ese anuncio, ¿cómo será convincente, por ejemplo, la cultura de la vida?

Aldo Trento: «El hombre necesita el encuentro con Jesús, pero para ello es necesario anunciarlo»

En la Fundación San Rafael del padre Aldo Trento, el acompañamiento de los enfermos y moribundos siempre empieza por el Señor.
En la Fundación San Rafael del padre Aldo Trento, el acompañamiento de los enfermos y moribundos siempre empieza por el Señor.

ReL

Si no predicamos a Jesús, ¿sirven de algo nuestros argumentos contra el aborto o la eutanasia? "No hay 'valor' que aguante cuando la Iglesia se avergüenza de Cristo", afirma, siguiendo a Luigi Giussani, el padre Aldo Trento, alma de la Fundación San Rafael. Él sabe lo que es acompañar en el dolor y la muerte de la mano de Dios, y explica esta idea en un reciente artículo en la publicación apologética Il Timone:

Dostoyevsky escribió que si Dios no existe, todo es lícito. Por lo tanto, si Dios no existe, el aborto, como la eutanasia y cualquier otra forma de corrupción son razonables. "Padre, estoy muy enfermo, los médicos me han dicho que mi situación es irreversible. No tengo a nadie, soy ateo, quiero la eutanasia porque estoy harto de sufrir". He escuchado, desconsolado, estas palabras en silencio, pero dentro de mí sentía que si la situación de esa persona no cambiaba, estaría de acuerdo con su decisión. Si Dios no existe, ¿por qué nacer, vivir, sufrir y morir? Estamos hartos de tantos sacerdotes y teólogos que hablan y escriben libros sobre el dolor, y malgastan su aliento en defensa de la vida y contra la eutanasia, pero no anuncian a Cristo, el único que da sentido a la vida y que nos da la gracia de vivir plenamente, ya estemos sanos o enfermos. Cuando uno enferma se da cuenta de que la vida, sin Dios, sin Jesús, es absurda.

La respuesta a todas las perversiones que caracterizan nuestro tiempo no es, primero de  todo, la denuncia, sino el anuncio de Jesús. Si yo soy lo que soy, es sólo gracias al encuentro con Jesús, que se hizo visible en el abrazo humano de don Luigi Giussani. Sin ese abrazo me pregunto cuánto me interesaría el dilema aborto sí/aborto no, eutanasia sí/eutanasia no. O mejor, en este último casi habría pensado: eutanasia sí. He acompañado a morir con serenidad a más de dos mil personas, y a morir realmente con dignidad, pero he podido hacerlo sólo porque Jesús me aferró y vivo mi enfermedad -es duro decirlo- como una modalidad del amor de Jesús y de mi amor a Jesús.

San Gregorio Nacianceno preguntaba: ¿qué diferencia hay entre un animal y yo? Ninguna: nacemos como los animales, crecemos como ellos, comemos como ellos, sufrimos más que ellos y al final morimos como ellos. "Si no fuera tuyo, oh Cristo, sería una criatura finita". Por esto, en un mundo descristianizado, sin Jesús, sin Dios, es inútil la defensa de los valores que derivan del encuentro con Cristo. En este contexto, es un sufrimiento ver a pastores preocupados por problemáticas que no tienen nada que ver con su misión. No existe ética sin ontología, no existen valores sin Cristo y hoy, la Iglesia, decía don Giussani, "se avergüenza de Cristo".

Nosotros, los misioneros que vivimos en Paraguay desde hace muchos años, recordamos las homilías de los obispos durante el novenario en honor de la Virgen de Caacupé, patrona de la nación guaraní; homilías cuyo contenido dominante era la denuncia de la corrupción de los políticos de turno, definidos "hombres basura", olvidándose de que Jesús se hizo carne por ellos, o mejor, por todos nosotros, corrompidos por la naturaleza al ser hijos de Adán y Eva. Y esto vale también para los obispos. No es casualidad si la Iglesia se define "casta meretrix". El hombre necesita realmente el encuentro con Jesús, pero para ello es necesario anunciarlo y los obispos son los primeros que han sido llamados a esta tarea. A un hijo no lo educas con el bastón, sino con el amor, mostrándole un horizonte mejor, como siempre recuerda el Papa Francisco hablando de la misericordia. En caso contrario, dice el apóstol, "¿quién nos salvará de este cuerpo de muerte?".

El padre Aldo Trento, junto con el Papa Francisco.

Esta timidez en el anuncio de Jesús nos recuerda lo que decía San Pablo VI, el papa de la gran encíclica Humanae Vitae, sobre el "humo de Satanás" y el "pensamiento no cristiano", que puede incluso dominar en la Iglesia, pero que "nunca será el pensamiento de la Iglesia".

Que estamos corrompidos, es algo que ya sabíamos

"Agere sequitur esse" ["El obrar sigue al ser"], nos enseñaban cuando estudiábamos filosofía. Si no tenemos clara esta posición, nuestra batalla contra el aborto, el divorcio, la ideología de género y la eutanasia es como la batalla de Don Quijote contra los molinos de viento. Si Dios no existe, todo es lícito, nos divertimos hasta que la salud nos lo permita y, después, bienvenida eutanasia, que abre las puertas a la oscuridad de la nada. Si Dios no existe, tiene razón Sartre: el hombre es "una pasión inútil". O es "un ser para la muerte" (Heidegger). ¿Quién nos salvará de este abismo? Sólo el encuentro con el acontecimiento de Cristo que se ha hecho carne ofreciéndose a cada uno como "Camino, Verdad y Vida".

Hoy como nunca antes, el mundo necesita pastores y laicos totalmente comprometidos con el anuncio apasionado de Cristo. No necesitamos pastores que nos digan, casi exclusivamente, que estamos corrompidos: lo sabemos puesto que somos hijos del pecado original. Necesitamos pastores y laicos que testimonien la belleza de Jesús y de una vida llena de Jesús.

La Fundación San Rafael, en la que brilla la perla de su clínica, y en la que acompañamos a los enfermos terminales pobres a morir convencidos del Paraíso, no tiene su origen en una denuncia, sino en el apasionado anuncio de Jesús. Lo mismo podemos decir de las otras obras: el Instituto Politécnico, la Escuela Pa'i Alberto, la Casa Chiquitunga, el Policonsultorio y las Casas para ancianos son la única y verdadera respuesta ante la cultura de la muerte, pero estas obras no nacen ni se mantienen en pie sin personas enamoradas de Jesús.

El hombre necesita ver que existe un modo humano de morir y, antes, de sufrir, y este modo es el gran amor de quien está cerca de ellos, cogiéndoles y acariciándoles la mano. No se trata de asistir a quien sufre, sino de ser una sola cosa con el enfermo, como Jesús, que se hizo uno de nosotros, mostrándonos que no sólo vale la pena vivir, sino que no hay corrupción que le impida abrazar al hombre que huele mal.

Traducido por Elena Faccia Serrano.

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