Miércoles, 24 de julio de 2019

Religión en Libertad

El actor Lembit Peterson, criado en la Estonia comunista

Nadie le habló de Dios, pero rezaba de niño y oraba a Jesús; el teatro le llevó al bautismo y la fe

Lembit Peterson es uno de los artistas teatrales más reconocidos en Estonia
Lembit Peterson es uno de los artistas teatrales más reconocidos en Estonia

Pablo J. Ginés/ReL

Lembit Peterson es uno de los actores más reconocidos de Estonia. También es uno de los primeros católicos del país: cuando se bautizó en 1982 los católicos estonios podían contarse con los dedos de una mano.

Sin embargo, Peterson, que nunca fue educado en la fe, sentía ya de niño a Dios, y de adolescente, aunque nadie le enseñó a rezar y no sabía nada de Jesús, repetía su nombre (el Nombre sobre todo Nombre, decía San Pablo) porque le daba paz.

Una infancia de miedo y secretismo
En la casa de Lembit, cuando era niño, el miedo lo cubría todo “como un barro pegajoso, como esa oscuridad en la sala de teatro antes de una representación”, dice. A su abuelo lo deportaron los soviéticos en vagones de ganado en los años 40, como a otros 200.000 bálticos. No volvió: lo mataron cerca de Moscú.

El padre de Lembit tenía 14 años cuando mataron al abuelo. El miedo y el frío se aposentaron en su corazón y su casa. Aunque estaba bautizado como ortodoxo, nunca ya habló de religión, nunca encendió luces en un árbol de Navidad. “A los niños nos contaban pocas cosas porque los maestros hacían preguntas capciosas en clase para descubrir familias de contrarrevolucionarios”, explica Lembit.

En su infancia, dice, nunca escuchó hablar del cristianismo, excepto por alguna conversación aislada con la abuela materna, “que era bastante agnóstica”.

El Dios que acompaña
Sin embargo, el joven Lembit tenía sed de Dios. “De una forma misteriosa le sentía a mi lado. Dios permanecía en el back-stage, esa zona del escenario no visible para el público. Desde allí me acompañaba, de eso yo no tenía duda”.



Escena de Lembit Peterson en los años 70 como actor

En 1971 se matriculó en la Escuela de Arte Dramático de Tallin y entró en contacto con los clásicos del barroco, como Shakespeare y Molière. “Hamlet” fue su primera obra de teatro. “Por medio de ellos conocí a Jesús y el cristianismo”.

De Jesús sólo sabía su nombre, pero el simple hecho de pronunciarlo me daba paz. Jesús, Jesús, repetía muchas veces en mi corazón. Sin saber cómo, empecé a rezar”.

Como vivir del teatro no era fácil, Lembit trabajó en varias ocupaciones: bibliotecario, editor de una publicación técnica, redactor de una revista, obrero de la construcción…

“Me casé muy joven a comienzos de los setenta, lleno de dudas sobre el sentido de la vida, sobre el amor y el dolor. Atravesé una larga noche oscura de la que no quiero hablar. Solo diré que en aquellos momentos de zozobra recurrí a Dios con todas mis fuerzas y me respondió”.

Era muy joven, era padre de familia, cada vez podía trabajar más en el teatro, y le costaba combinar su vida en casa y su “segunda vida” en el escenario. Una era apacible y sencilla, otra agitada y tensa, llena de las emociones teatrales.

Teatro que socava el materialismo
En el teatro encontraba obras que, con sus preguntas e incertidumbres, debilitaban las certezas del régimen. En 1979 estrenó la obra “Woyzeck”, de Büchner, precursora del expresionismo alemán. Un personaje, el feriante, planteaba: “Has sido creado del polvo, la arena y el barro. ¿Quieres ser algo más que polvo, arena y barro?” Era un torpedo contra la línea de flotación del materialismo.



Lembit Peterson en "El maestro de Korboja" en 1979

En 1979 se hizo famoso en todo el país con la película “El maestro de Korboja”. Ese mismo año, le permitieron salir a Suecia con su grupo de teatro. Conoció allí estonios exiliados… Era la primera vez que conocía compatriotas que podían hablarle de la fe con libertad. “Desde entonces mi alma se fue agrandando espiritualmnte”.

Firmó una carta contra el control soviético
En 1980, harto de décadas de control del régimen sobre la cultura, firmó la famosa “Carta de los Cuarenta”, con ese número de escritores, historiadores, lingüistas, físicos, biólogos…

No era una llamada a la disidencia, y se presentaba como una “carta abierta de la República Socialista Sviética de Estonia”, pero criticaba el control soviético y eso ya era demasiado.

Aunque la enviaron al “Pravda” y otros diarios soviéticos, no se publicó, pero sí se difundió en el extranjero. Era un escándalo mayúsculo y las represiones de distinto nivel no se hicieron esperar entre muchos autores.

Lembit pensaba que le detendrían y encarcelarían en cualquier momento, pero lo cierto es que se demoraban en hacerlo. “Mientras tanto, el deseo de bautizarme, de recibir a Jesús y pertenecer a su Iglesia se iba haciendo cada vez más fuerte. El 10 de mayo de 1982, después de largos años de profundización en el cristianismo me bauticé en una iglesia católica de Paberze, un pueblecito al norte de Vilnius, en Lituania”.

“Era uno de los pocos católicos nacidos en Estonia de mi país. ¿Cuántos seríamos entonces? No lo sabía con exactitud. ¿Tres, cuatro, cinco? El resto procedían de Polonia o de Lituania. Durante esa década y la siguiente hubo numerosas conversiones y bautismos de estonios. La mayoría eran intelectuales, escritores, pensadores o artistas, como yo, que encontrábamos en el catolicismo fuerza y aliento para nuestras vidas; libertad e inspiración interior”.

Por ejemplo, a Lembit y muchos estonios les asombraba el sindicato polaco Solidaridad, su capacidad para mover multitudes, para organizarse, su constancia. Lembit sabía que la fe católica de sus líderes y militantes era una clave de su fuerza, porque vencía al miedo, tan grande en Estonia. “Comprendí que la fe genera fuerzas para vivir y luchar por la libertad”.

Otro materialismo
Finalmente llegó la caída del Muro. Fue un tiempo de esperanza, “como abrir las ventanas en una habitación de aire irrespirable, mucho tiempo cerrada”.

Como profesor de teatro y formador de actores, Lembit ha visto pasar muchas hornadas de jóvenes que pese a la libertad política viven esclavizados “en un estado de confusión personal y espiritual”. Intenta ayudarlos desde el teatro y el arte.

Después de liberarnos del materialismo marxista estamos sucumbiendo ante las seducciones del otro materialismo venido de Occidente”, lamenta.



Ha podido crecer en la fe y en “El tío Vania”, de Chéjov, encuentra palabras que expresan su esperanza cristiana en la vida eterna, las que pronuncia Sonia en la escena cuarta.

“Al otro lado de la tumba, diremos que hemos sufrido, que hemos llorado, que hemos padecido muchas amarguras… Dios se apiadará de nosotros y entonces, tío, querido tío, conoceremos una vida maravillosa, ¡descansaremos! ¡Creo apasionadamente! ¡Ardientemente! ¡Descansaremos! Oiremos a los ángeles, contemplaremos un cielo cuajado de diamantes y veremos cómo, bajo él, toda la maldad terrestre, todos nuestros sufrimientos, se ahogan en una misericordia que llenará el Universo!”

(Este testimonio, redactado por ReL, lo tomamos del recomendable libro de José Miguel Cejas "El baile tras la tormenta; relatos de disidentes de los países bálticos y Rusia").

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