«El algoritmo moldea deseos y nos empuja a una soledad más profunda», alerta Feliciana Merino
Soledad, algoritmos y miedo: Feliciana Merino explica por qué la sociedad actual vive cada vez más aislada.

Feliciana Merino es profesora de Antropología Filosófica en el Departamento de Humanidades de la Universidad Cardenal Herrera-CEU (Elche).
En esta serie de entrevistas de Religión en Libertad -conversaciones con pensadores y profesores que intentan leer el presente sin consignas ni anestesia- abordamos una de las heridas más silenciosas y decisivas de nuestro tiempo: la soledad. No como un simple estado psicológico, sino como un fenómeno cultural que se disfraza de autonomía, empobrece la capacidad de amar y, finalmente, erosiona la vida pública.
Nuestra entrevistada es Feliciana Merino: doctora en Filosofía del Derecho, Moral y Política por la Universidad de Valencia y profesora de Antropología Filosófica en el Departamento de Humanidades de la Universidad Cardenal Herrera-CEU (Elche).
Ha sido también profesora invitada en la Universidad Johannes Gutenberg de Mainz (Alemania).
Es reconocida especialista en Edith Stein, con numerosos artículos y capítulos de libro, y traductora al español del volumen de Alasdair MacIntyre Edith Stein, un prólogo filosófico. 1913-1922 (Nuevo Inicio, 2008).
Es coautora de Francisco, el Papa manso (Planeta, 2013) y Mayo del 68. Cuéntame cómo te ha ido (Encuentro, 2018), y autora de Otro modo de pensar. Mujer, filosofía y cultura contemporánea. Colabora habitualmente en El Debate.
Merino sostiene un diagnóstico sencillo, pero de grandes repercusiones, la soledad no es natural; es herida, y el gran error de nuestra época ha sido convertir esa herida en destino. Esta premisa sirve para recorrer la caricatura moderna del amor, la pérdida del telos o finalidad, la secularización interior, la fragilidad de la palabra pública y el impacto del algoritmo en los jóvenes, para concluir en una tesis central: sin vínculo verdadero, sin escucha y sin horizonte común, la democracia se vacía por dentro.

Julio Borges entrevista a Feliciana Merino, profesora de Antropología Filosófica en el Departamento de Humanidades de la Universidad Cardenal Herrera-CEU (Elche).
Contra la caricatura del amor
- Es verdad que hay críticas legítimas, y tenemos mucha experiencia histórica en materia amorosa. Esas críticas nacen cuando el amor se reduce a una dependencia tóxica que normalmente nace de la idealización. Idealizamos mucho, pero ese no es el problema; el problema es cuando la idealización lleva al abuso.
La cuestión surge cuando, en lugar de que esa experiencia nos ayude a purificar la propia experiencia del amor desde ella y aprendiendo desde ella, se niega la posibilidad misma del amor. Muchas veces esa cruzada no combate el amor real, sino caricaturas que nacen del resentimiento o del miedo a la herida, porque hay mucha herida.
Pero el amor no es una fusión ni tampoco es dominio. Es la apertura al otro como otro. Es una tensión: el deseo de conocer y fundirse con el otro, pero que nunca se resuelve del todo. Es una danza que implica aprender los pasos del otro sin perder el propio compás. Y en los giros y tropiezos inesperados de esa danza se revela un amor más grande que nos invita a bailar.
Por tanto, negar el amor no libera: solamente empobrece. Nosotros, sin amor, la soledad deja de ser una herida que nos llama a abrirnos y se convierte en encierro.
Y es que, en realidad, toda pasión abre a la trascendencia. También el amor: toda pasión abre a la trascendencia. Pero si le quitamos el fin, si le quitamos el objeto, se convierte en algo que nos encapsula y que nos vuelve cada vez más egoístas.
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El dolor que no destruye: la herida que abre
- Yo creo que el amor siempre implica algo de dolor. Un amor que no ha vivido lo que es el dolor del amor no ha bajado a las profundidades —no digo yo muchas veces ni para rescatar a Perséfone ni para rescatarse a sí mismo—. El dolor no es malo. La tristeza no es mala. La conciencia del dolor no impide abrirse a una experiencia más luminosa.
Por eso heridas siempre hay. Y la soledad siempre es una herida. Pero estar solo se puede estar de muchas formas. No toda soledad tiene la misma causa. Hay soledades físicas, afectivas, espirituales. Algunas son elegidas, otras son padecidas. Incluso soledades en las que podemos estar solos en medio de la multitud.
Pero lo importante es que la soledad no es algo natural: no pertenece al origen del ser humano y tampoco pertenece al destino. Aparece como consecuencia de una fractura.
El error cultural más grave es haber convertido la herida en destino: haber normalizado la soledad y los límites y las heridas como si fueran la forma adulta de existir, como si no necesitar a nadie fuese un signo de madurez o de libertad.
Pero el ser humano no fue creado para estar solo ni para bastarse a sí mismo. Por eso, cuando la soledad se vuelve norma, deja de ser un espacio fecundo y se nos transforma todo en intemperie. No nos duele porque sea nuestra condición, sino precisamente porque contradice aquello que somos.
Cuando se pierde el telos: dispersión y fatiga
- Una vida sin telos es una vida desorientada, aunque pueda estar llena de actividad. Hoy hay personas muy ocupadas, muy informadas, hiperconectadas, pero profundamente dispersas. El deseo no se ordena a un fin: va saltando de estímulo en estímulo.
Cuando no existe un fin que unifique nuestra existencia, nuestras decisiones se convierten en tácticas, en estratégicas, pero no nacen de un fondo vivido. Por eso podemos estar optimizando siempre el bienestar o anestesiando el malestar, pero sin una dirección que dé sentido a cosas como el sacrificio, la espera, la entrega, el compromiso.
Es curioso que estos elementos —que solo se entienden desde el telos— hayan desaparecido de la reflexión y de la vida. Ya no esperamos nada. No entendemos qué significa el sacrificio. No entendemos qué significa comprometerse, porque el ser humano ya no piensa que deba cumplir sus promesas.
Eso es muy indicativo de la transformación en el modo de concebirse el ser humano desde esa fractura. Y el resultado no es ni más libertad ni más amor, sino un profundo cansancio: una fatiga existencial que no sabe nombrarse.
Cultura
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Adán y Prometeo: dos soledades contemporáneas
- Yo creo que ambas soledades están muy presentes.
La soledad del avergonzado, la soledad de Adán, nace del miedo a ser visto tal y como uno es: con su pecado, con su grandeza, pero también con su límite. Vivimos escondidos tras máscaras de éxito, autosuficiencia o corrección moral. Es una soledad muy extendida y muy silenciosa.
Y tiene que ver con Narciso. Narciso es alguien incapaz de ver al otro. No es por orgullo: es que no puede. No cree que pueda ser amado incondicionalmente y por eso se vuelve incapaz de amar otra cosa que no sea él mismo.
Eso genera otro tipo de persona: el que vive precisamente a través del narcisista. Eso no puede verse a sí misma sino a través de la dependencia que ha generado su amor por Narciso; por tanto, también se esconde y no puede salir para ser ella misma.
La del disidente, la del Prometeo, quizá es menos frecuente, pero empieza a serlo y es más visible: es la del que paga un precio muy alto por amar la verdad, por amar el bien en nuestra cultura. Esto se traduce en lo que llamamos ideología woke: quien no casa con el discurso hegemónico enseguida es cancelado, desterrado de lo público.
Sin embargo, el mentiroso, el manipulador, el falso es el que tiene éxito; el honesto, el coherente, el virtuoso o el santo es perseguido y sufre en silencio.
Y es que tanto la búsqueda de la verdad como el escándalo del mal han sido desterrados de nuestras sociedades. Por eso ambas cosas nos descolocan. Hemos roto el vínculo que las sostenía.
Secularización interior: vivir sin horizonte
- La secularización más profunda no es institucional. Esa empezó mucho antes y está a todos los niveles. Pero la más profunda es la secularización interior, y ocurre cuando Dios deja de ser el horizonte de sentido de las cosas que hacemos y de las cosas que nos pasan. Entonces la vida queda obligada o condenada a sostenerse sola.
Eso tiene consecuencias en todas las actividades cotidianas. En el trabajo, cuando la persona se mide solo por el rendimiento. En los afectos, cuando el otro se convierte en objeto de consumo emocional. No hay más que ver el incremento del uso de la pornografía, cada vez a edades más tempranas. Hemos hecho del amor un consumo más: igual que en el trabajo producimos y nos medimos por rendimiento, en los afectos convertimos al otro en un objeto de consumo.
En el ocio, buscamos distracción permanente, porque el silencio se vuelve insoportable. Los otros se vuelven insoportables. Y se ve en la política: crece la desconfianza. Cuando no hay un suelo común, solo quedan intereses enfrentados. Cuando se pierde el fundamento, todo vínculo se vuelve frágil y por tanto mucho más expuesto a la manipulación y a su perversión.
La soledad como mercancía moral
- La interioridad auténtica, o la libertad auténtica, abre al otro en su totalidad. Mientras que la autosuficiencia narcisista lo cancela, lo elimina. Esa es la diferencia clave.
El neoliberalismo ha convertido la soledad en mercancía moral porque nos dice que no necesitar a nadie es signo de libertad cuando en realidad es aislamiento. El sistema nos propone que todo aquello que nosotros podemos desear nos lo va a ofrecer: entonces todo se convierte en objeto de comercio, hasta las relaciones humanas, desde las más superficiales hasta las más íntimas, porque pierden su carácter sagrado y se convierten en un mero intercambio.
La razón de esto —evitar el conflicto— crea otros problemas: desaparición de vínculos, planicie emocional y narcisista, egoísmo e individualismo. A la larga genera muchos conflictos.
La interioridad verdadera reconoce el límite, la dependencia y la vulnerabilidad, y entiende que eso no es un fracaso: es condición de posibilidad del vínculo. El límite nos abre más a conocer más y a amar más.
La autosuficiencia absolutiza el yo y termina dejando a la persona llena de cosas materiales, de experiencias, satisfecha del placer efímero de lo que consume, pero sola, vacía, cansada y fácilmente manipulable. Cuanto más aislada, más manipulable.
El ser humano vinculado es mucho más fuerte: su interioridad no está encapsulada, sino abierta al otro, a los otros, a las correcciones del otro y a la grandeza y límites que el otro también tiene.
Democracia sin vínculos: el gobierno del miedo
- Una democracia difícilmente puede sostenerse en una sociedad de mónadas aisladas. La democracia presupone confianza, presupone palabra compartida, presupone un horizonte común. Y cuando la soledad se generaliza, lo que crece no es tanto la libertad como la desconfianza; y sin confianza mutua, la vida política se convierte en mera gestión de intereses y miedos.
La soledad contemporánea no es solo un fenómeno psicológico y afectivo; no es algo privado solamente: es también una realidad estructural. El modelo económico y cultural dominante tiende a generar individuos productores y consumidores. Cuanto más tiempo y energía se dedican a producir, menos espacio queda para el vínculo gratuito; y cuanto más débiles son esos vínculos, más fácilmente se desplaza el deseo hacia el consumo.
Necesidades humanas profundas —ser reconocido, ser amado, pertenecer a una historia común— se transforman entonces en productos, experiencias efímeras o sucedáneos emocionales que prometen satisfacción del deseo, pero sin exigir entrega.
El conflicto humano real —entre personas que deben aprender a convivir— acaba sustituyéndose por una pacificación artificial basada en estímulos y distracciones. A la política le interesa mucho: el ser humano vinculado es imprevisible; el ser humano aislado es muy fácil de gestionar.
De este modo, la soledad deja de ser solo una herida y se convierte en un recurso funcional: individuos solos consumen más, trabajan más y cuestionan menos cosas; buscan menos la verdad, el bien o la belleza.
Esa fragmentación no es solo económica o cultural; es política. Una sociedad de individuos aislados es especialmente vulnerable al miedo, y el miedo es hoy uno de los principales motores de la movilización política.
Con frecuencia, la tragedia nacional se utiliza como mito identitario, no para comprenderla, sino para mantener abiertas las fracturas: bandos irreconciliables. Cuando la memoria deja de ser un lugar de verdad compartida y se transforma en memoria sectaria que aspira a volverse hegemónica, ya no ayuda a comprender el pasado y construir el futuro: sirve para vigilar el presente.
En lugar de generar comunidad, produce aislamiento; en lugar de reconciliar, separa. Por eso vivimos tan polarizados. La política corre el riesgo de convertirse en una mera administración emocional del miedo: el otro deja de ser interlocutor y pasa a percibirse como amenaza moral; entonces se cancela y se destierra.
En ese contexto la soledad se vuelve todavía más profunda: ya no afecta solo a individuos, sino al cuerpo social. Una sociedad dividida y desconfiada es, en el fondo, una sociedad sola.
¿Cuál es la esperanza? No puede ser sentimental ni ingenua. No consiste en negar el conflicto ni en olvidar la historia, sino en reconciliarla con la verdad. Solo cuando la memoria deja de ser un arma política y vuelve a ser aprendizaje, puede abrirse un futuro compartido.
Eso solo puede hacerse cuando recuperamos el vínculo, cuando volvemos a reconocer que no nos bastamos a nosotros mismos; cuando la soledad deja de ser destino y la reconocemos como herida que puede sanar.
En el fondo, la democracia depende de algo muy sencillo y muy difícil a la vez: la convicción de que el otro no es un obstáculo ni una amenaza, sino alguien con quien vale la pena construir un mundo común. Sin esa convicción solo hay miedo. Y donde solo hay miedo, la comunidad se disuelve y la soledad se convierte en norma.
Quizá la primera tarea política hoy sea la más antigua: volver a responder a la pregunta que Dios le dirigió a Adán cuando se escondió: “¿Dónde estás?” Responder a esa pregunta nos constituye, no como individuos aislados, sino como hombres y mujeres llamados a construir un mundo más habitable, más humano.
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El algoritmo que educa el deseo
- Es verdad que el algoritmo no solo ordena contenidos: moldea deseos. Nos acostumbra a la inmediatez, a la sustitución rápida, a la incapacidad de permanecer. Por eso todo es efímero. Y al ser efímero, vuelve al corazón ansioso: ansioso de más y de más, como que nada le basta. Y además ansioso y utilitario.
Esto es un problema en los jóvenes. No sabría decirte cómo salir de ahí, pero quizá solo podamos defender más y más lo que significa la experiencia del amor. Porque el amor requiere tiempo, requiere silencio, requiere fidelidad a la presencia.
Cuando hablamos del matrimonio, de la familia como hogar, donde la virtud crece a fuego lento si se cultiva con paciencia, con tiempo, con escucha, con entrega duradera, para mí sigue siendo verdad. Mientras que el algoritmo caduca: es tan efímero que nos educa en la dispersión y en lo irreal.
No diría que lo virtual elimine la capacidad de amar, pero claramente la debilita porque dificulta el aprendizaje de otras cosas: la espera, el cuidado de lo frágil, la aceptación del límite propio y ajeno. Una red social no te educa en eso.
Por eso la palabra pública se ha vuelto tan reactiva que ha dejado de ser contemplativa. Es más estratégica y mucho menos dialógica. Todo se convierte en monólogos que cansan o en mera propaganda.
La esperanza está en volver a poner el tú en primer lugar, a la persona en el centro de una educación verdadera, verdaderamente humana. Y mostrarle al joven que no todo es lo que se dice y se muestra en YouTube o Instagram, sino que trate de dar un sentido, de pensar verdaderamente, de ser crítico, de seguir reflexionando; no vivir a base de bombas comunicativas.
Ahí la función del maestro, del profesor, del educador, sigue siendo un eje vertebrador: una educación que ponga en primer lugar a la persona, pero también la haga consciente de todos los peligros que la tecnología implica.
Yo veo otra cosa muy importante: el corazón humano está bien hecho. Cuando estoy con mis alumnos en clase, les hago pensar y reflexionar; les abro el abanico de las posibles formas de mirar las cosas. En cuanto lo haces, reaccionan y responden porque también están cansados: su corazón está ávido de otra cosa. Quieren palabras de verdad. Quieren palabras que les ayuden a dirigir sus vidas.
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Corolario final
La conversación con Feliciana Merino deja una certeza incómoda: la soledad contemporánea no es solo un estado de ánimo, sino una arquitectura cultural. Cuando el amor se caricaturiza, el telos se evapora y Dios deja de ser horizonte interior, la vida se queda condenada a sostenerse sola: el trabajo se vuelve rendimiento, el afecto consumo, el ocio anestesia y la política deriva hacia desconfianza. En ese escenario, el gran engaño es llamar “libertad” a lo que en realidad es aislamiento.
Merino va más lejos: una democracia hecha de individuos aislados termina gobernada por el miedo. Sin vínculo gratuito, la palabra se degrada, la escucha desaparece, la memoria se vuelve arma y el otro deja de ser interlocutor para convertirse en amenaza. Por eso su esperanza no es ingenua: consiste en reconocer la herida, reconciliar la historia con la verdad y recuperar el vínculo que vuelve habitable la vida común. En definitiva, volver a responder a la pregunta originaria —“¿Dónde estás?”— para salir del escondite, dejar de vivir como mónadas, y atrevernos de nuevo a construir un mundo compartido.