La eutanasia, plano inclinado: el caso de la madre que lo logró tras perder a su hijo en accidente
Wendy Duffy ha puesto de nuevo de manifiesto que, si se asume socialmente el derecho a matarse, no hay límite posible.

Wendy Duffy acudió al lugar donde podían matarla legalmente para librarse del dolor por la muerte de su hijo.
Wendy Duffy, una mujer británica de 56 años, falleció recientemente en Suiza por suicidio asistido. Una decisión que tomó tras perder a su hijo en un accidente y que suscita consternación.
Pero si se acepta el criterio erróneo de que es lícito quitarse la vida, el resto es una consecuencia y lo empuja a más y más. Tommaso Scandroglio cuenta el caso, la valoración que merece y cómo luchar contra él en La Nuova Bussola Quotidiana:
El plano inclinado de la eutanasia
Cada uno debe decidir cuándo su vida ya no merece la pena ser vivida. Es el manido eslogan que en el mundo occidental se repite desde hace años, si no décadas, para difundir el veneno de la eutanasia. La historia de Wendy Duffy, una mujer inglesa de 56 años, encarna a la perfección este eslogan. Hace cuatro años, la señora Duffy perdió a su hijo de veintitrés años por un accidente trivial: murió asfixiado por un tomate cherry que estaba comiendo.
Nunca se recuperó de ese duelo. "Ya no siento ninguna alegría, no tengo ningún deseo de seguir viviendo", declaró al Daily Mail: "No cambiaré de opinión. Alégrense por mí. Sé que moriré con una sonrisa en los labios". Infeliz de vivir, pero feliz de morir. Y así, dado que en el Reino Unido la ley sobre el suicidio asistido está estancada en la Cámara de los Lores, la señora Duffy decidió volar a Suiza, donde el 24 de abril encontró la muerte.
Cerró los ojos para siempre en la clínica Pegasos, tras algunas evaluaciones psiquiátricas -porque ya no es cierto que todo suicidio sea un acto de locura- y, sobre todo, tras haber desembolsado diez mil libras.
"La clínica es muy bonita, desde la habitación hay unas vistas espléndidas al jardín", comentó la señora Duffy. Pidió que la puerta de su habitación permaneciera abierta para evitar que su espíritu quedara atrapado entre esas cuatro paredes.
Antes de viajar a Suiza, esperó a que murieran sus dos perros y, cuando supo el día y la hora en que fallecería, puso en marcha una cuenta atrás en su teléfono. Ya había intentado quitarse la vida, pero corrió el riesgo de quedar inválida, por lo que se decantó por este método más científico, más organizado y menos improvisado: "Me parece una forma más tranquila y ordenada de proceder". Además, la señora Duffy demostró tener un gran tacto: "Podría tirarme desde un paso elevado o desde un edificio, pero eso dejaría a quienquiera que me encontrara lidiando con esa escena para el resto de su vida".
Sorprende, aunque solo sea una sorpresa relativa, que en los medios de comunicación se siga repitiendo que este caso ha reabierto el debate sobre la eutanasia y el suicidio asistido en el Reino Unido. Sorprende porque, en realidad, la plebe inglesa, al igual que la europea, hace tiempo que ha aceptado la idea de que uno tiene derecho a quitarse la vida cuando y como quiera. El debate, en realidad, ya concluyó hace tiempo. El debate existe, pero no tendría razón de ser, solo sobre los motivos para acceder al suicidio asistido y a la eutanasia.
En resumen, la consternación de la gente se refiere únicamente al motivo que llevó a la señora Duffy a quitarse la vida: quiso morir no porque estuviera enferma físicamente, sino porque estaba enferma del alma. Pero, dadas las premisas, esta reacción emocional es injustificada. Partiendo de la base de que, socialmente, la mayoría de la gente piensa que es justo quitarse la vida o dejar que te la quiten cuando la propia vida pierde sentido, no se entiende la razón para excluir algunos motivos para morir frente a otros. Si le corresponde a la persona decidir el motivo para dejar de ser una carga, cualquier motivo es legítimo. Así lo expresó de manera elocuente la propia señora Duffy: "Es mi vida, es mi elección".
Y así, mi vida -desde esta perspectiva distorsionada- podría dejar de tener sentido si padezco una enfermedad terminal, si tengo ELA, si estoy en coma. Y del mismo modo, podría perder valor si mi novia me ha dejado, si saco una mala nota en el colegio, si mi empresa quiebra, si tengo un hijo drogadicto y si, como en el caso inglés, no consigo superar una pérdida. El motivo fundamental para decir "sí" a la eutanasia es el sufrimiento. La naturaleza de este sufrimiento es irrelevante: puede ser, por tanto, físico o psicológico, sensible o moral. Excluir algunos dolores de la lista de aquellos que justifican el gesto extremo sería discriminatorio, irracional y contradictorio. En resumen: o bien cada elección es incuestionable, o bien todas las elecciones pueden ser criticables. No se puede estar a medio camino.
Esta conclusión cobra sentido, además, si pensamos que, al fin y al cabo, incluso los dolores físicos, las discapacidades, las enfermedades graves y aquellas que tienen un desenlace fatal se traducen siempre en un sufrimiento psicológico, en un sufrimiento moral. Cuando un enfermo terminal decide poner fin a su vida, lo hace porque es infeliz. Esto significa que el criterio definitivo es el estado de ánimo de la persona, su condición interior. Y, por lo tanto, entre un paciente con ELA que quiere morir y una madre que ha perdido a un hijo y quiere morir no hay diferencia, porque el paradigma de referencia, el criterio de elección a favor de la eutanasia, es el mismo: el sufrimiento interior. Solo que en un caso se debe a la condición patológica y en el otro a la condición de duelo. Pero, en la perspectiva individualista en la que vivimos, nadie puede juzgar la calidad de los sufrimientos, afirmando que, objetivamente, el sufrimiento moral derivado de la ELA tiene mayor peso y, por tanto, mayor dignidad que el sufrimiento moral derivado de la pérdida de un hijo.
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La incidencia del sufrimiento depende de muchísimos factores. Un niño de seis años, al levantar diez kilos, realiza el mismo esfuerzo que un adulto al levantar cincuenta. Y así, el sufrimiento psicológico causado por un tumor incurable puede ser subjetivamente igual al que se padece por la muerte de un hijo, o incluso menor. Pero, aunque resulte trivial añadirlo, sea cual sea el sufrimiento padecido, nunca es lícito suicidarse o pedir que se le mate. El dolor padecido no legitima el mal moral.
Por lo tanto, incluso las polémicas en torno al proyecto de ley que está examinando el Parlamento británico -que excluiría casos similares al de la señora Duffy por no tratarse de una paciente terminal- parecen inútiles, ya que carecen de fundamento. De hecho, una vez aprobada una norma de este tipo, dentro de unos años incluso las personas fisiológicamente sanas pero infelices podrán morir de la mano del Estado.
Es la historia de Bélgica y de los Países Bajos, que inicialmente no permitían el acceso a la eutanasia a los enfermos psiquiátricos y ahora sí lo permiten.
Es la historia de España, donde recientemente la joven Noelia murió por eutanasia estatal porque estaba deprimida, pero en otro tiempo no se habría permitido.
Es la historia de Canadá, donde se está debatiendo si ampliar el grupo de candidatos a la muerte para incluir también a quienes sufren el mal de vivir.
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Es, en definitiva, la historia del plano inclinado, que no deja de ser una regla universal sin excepciones. O mejor dicho, no. Gracias a la fe, ese plano inclinado puede volver a alcanzar el equilibrio perfecto. Esta es la única salida: señalar la muerte en la cruz de Cristo sufriente para impedir la muerte por eutanasia de quien está crucificado por sus propios sufrimientos.