Prisionero en un horno: la fuga que convirtió a un joven cristiano en todo un símbolo de resistencia
«Perdono a quienes me hicieron daño», asegura el joven Adil Masih, de Pakistán.

El joven Adil (en el centro, de amarillo) junto a miembros de su familia.
Durante ocho meses, la familia Masih vivió una angustia insoportable. No sabían si Adil, un joven cristiano de 22 años, seguía con vida, si había logrado escapar o si permanecía retenido en algún lugar sin que nadie pudiera ayudarle. Asianews cuenta su testimonio.
Su desaparición coincidió con el trabajo que había aceptado en un horno de ladrillos de Raiwind, en la región de Lahore (Pakistán), donde buscaba un salario con el que mantener a su esposa y a sus dos hijos —el menor nacido mientras él seguía cautivo—. Lo que encontró allí fue un sistema de explotación que organizaciones locales describen como una forma de esclavitud moderna.
Sin luz ni ventilación
Adil había pasado seis meses cargando ladrillos para el propietario del horno, Khalid Gujjar. Nunca recibió el sueldo prometido. Cuando reclamó el dinero para poder alimentar a su familia, fue citado por el dueño con la excusa de resolver el pago. En lugar de ello, lo encerraron. "Me llevaron a una habitación sin luz, sin ventilación, sin nada", relató tras su liberación. "Allí me tuvieron cuatro meses".
El joven asegura que apenas recibía una comida al día: un trozo de pan, chile triturado y agua. En ocasiones, ni siquiera eso. Cuando pedía beber, le arrojaban el agua al suelo. Por las noches, él y otros trabajadores retenidos eran encadenados de manos y pies. Las marcas aún son visibles en su cuerpo. Durante el día, los obligaban a trabajar bajo vigilancia para evitar cualquier intento de fuga. Nadie podía hablar con nadie. Nadie podía pedir ayuda.
Su situación era aún más delicada debido a su salud: Adil solo tiene un riñón funcional. Sin atención médica, sin descanso y con una alimentación mínima, cada jornada suponía un riesgo real para su vida. A ello se sumaba la humillación constante. Según su testimonio, cuando intentaba rezar o hacer la señal de la cruz, era golpeado. Su fe cristiana se convirtió en motivo de burla y agresión.
Mientras tanto, su familia, de origen humilde y sin recursos, intentaba desesperadamente encontrarlo. Viven en una casa alquilada y dependen de trabajos precarios. El propietario del horno llegó a exigir 350.000 rupias —unos 1.070 euros— para liberarlo, una cantidad imposible para ellos. La desesperación aumentó cuando nació el segundo hijo de Adil, sin que él pudiera conocerlo.
La situación cambió cuando la familia acudió a la Fundación The Edge, que activó un equipo legal para localizar al joven. Tras varias gestiones y la intervención de la policía, Adil fue encontrado y llevado ante un tribunal, que ordenó su inmediata entrega a su padre. La escena, según los presentes, fue un momento de alivio y conmoción.
Lejos de mostrar rencor, Adil expresó un mensaje sorprendente: "Perdono a quienes me hicieron daño. Rezo para que nadie vuelva a pasar por algo así". También aseguró que jamás volverá a trabajar en un horno de ladrillos: "Es una esclavitud disfrazada".
Ahora, su objetivo es reconstruir su vida. Tiene conocimientos básicos de mecánica de motocicletas y espera poder trabajar en ese ámbito para mantener a su familia con dignidad.
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Desde The Edge Foundation, su copresidente, Malik Azhar Saeed, advierte que el caso de Adil no es aislado. "Detrás de muchos hornos de ladrillos hay historias de hambre, cadenas y miedo", denuncia. La mayoría de las víctimas, recuerda, pertenecen a comunidades cristianas pobres, especialmente vulnerables a este sistema de explotación.
La liberación de Adil es una buena noticia, pero también una llamada de atención: en Pakistán, miles de trabajadores siguen atrapados en un modelo laboral que convierte la pobreza en cautiverio.