987 misas como monaguillo en 75 años: Helmut sueña con volver a ver Iglesias rebosantes en Alemania
Pese a su avanzada edad, cada martes sirve puntualmente como monaguillo, además de dirigir oraciones y devociones de los fieles durante la semana.

Helmut Kewitsch lleva 75 años sirviendo en el altar de San Ciriaco en Bottrop.
Mientras que muchos definen sus largas vidas por el numero de guerras transcurridas, de regencias o incluso de pontífices, Helmut Kewitsch, de Bottrop (Alemania) lo hace con el número de misas en las que ha participado como monaguillo mayor durante sus 86 años de vida. Hasta el punto de llevar la cuenta exacta, un total de 987 celebraciones, a las que se han de sumar aquellas en las que ayudó hasta 2003, cuando comenzó su registro.
En una reciente entrevista concedida a Katolisch, el monaguillo de 86 años recuerda que su servicio ante el altar comenzó hace 75, cuando no tendría más de 11, junto a su hermano pequeño.
El principio de toda una vida en la parroquia
“Así era entonces, no había discusión”, relata Helmut, que siempre vio su dedicación “como un grupo de jóvenes”. “Siempre lo disfruté”, remarca.
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Entonces comenzaba la década de los 50, Kewitsch acababa de hacer su primera comunión y cada viernes el grupo de niños se reunía para ensayar su relevante papel de la misa dominical, el orden y oraciones ante el altar. Recuerda que entonces aún se celebraba la misa hoy conocida como “tridentina”, que ilustra recitando el “introibo ad altare Dei” que da comienzo a la celebración. “En aquel entonces, todo se hacía en latín y los domingos teníamos cinco o seis [misas]”, relata.
Su padre falleció en 1959. Buscando ayudar a su madre, Kewitsch se graduó en magisterio y decidió quedarse acompañando a su familia en su ciudad natal, compaginando su trabajo como profesor de secundaria mientras daba rienda suelta a su pasión por el latín como profesor particular.
A los 24 años se casó con Hildegard, a quien conoció en la misma iglesia de San Ciriaco, donde servía como monaguillo, y donde también bautizó a sus dos hijos. San Ciriaco, dice, “fue y es mi hogar”.
Tras la reforma litúrgica continuó su servicio, que ahora complementaba como lector y ministro de la Eucaristía, reconociendo que, de alguna forma, se incorporó a ello por casualidad.
La parroquia, su segundo trabajo
Por si su relación con la parroquia de San Ciriaco no fuese suficiente, esta comenzó a ser también parte de su vida profesional en 1978, cuando fue elegido presidente del consejo parroquial, cargo que ocupó durante los próximos 16 años. “La parroquia era mi segundo trabajo”, dice el octogenario, que recuerda que en todo momento tuvo el apoyo de su esposa. “Sin ella no lo habría logrado”, confiesa.
Si durante aquellos años servía como monaguillo prácticamente a diario, a partir de 1975 tuvo que reducir la frecuencia, manteniendo su participación continuada en los ministerios del lectorado y ministro.
Desde entonces, ha sido testigo de como grandes hitos históricos han afectado a la parroquia, desde el mismo Concilio Vaticano II a los escándalos de abusos o la misma pandemia de COVID.
“Hoy la Iglesia está casi vacía. Antes se notaba si no acudías a los servicios, ahora es al revés”, expresa confiado en que pronto se de un regreso a la Iglesia en Alemania.
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Su avanzada edad no le impide continuar llevando una involucrada participación en la vida parroquial. Tampoco la soledad, habiendo pasado 17 años desde que falleció su esposa. “Estuve presente cuando se durmió plácidamente; no tenía miedo; eso me lo hizo más fácil”, relata.
La misa del martes sigue siendo para él una cita fija, pero no la única. También dirige el rezo del rosario, el Vía Crucis y demás oraciones, y por el momento no tiene intención de dar un paso atrás.
“Seguiré mientras pueda”, concluye sonriendo.