Cristo no llamó a una fe cómoda… tampoco a un periodismo cómodo
La comodidad es el enemigo más eficaz. La tensión de mantener la verdad, incluso en silencio, define quiénes somos realmente

La prensa
Durante años ejercí el periodismo con una certeza incómoda: decir la verdad es una forma de combate. No una metáfora elegante, sino un hecho. La verdad nunca se dice desde un lugar seguro. Siempre expone. Siempre incomoda. Siempre tiene un coste. Por eso el periodismo, cuando es real, no puede ser neutro ni decorativo. Es una manera de estar en el mundo con la conciencia despierta… o no es nada.
Al comenzar, todo tenía algo de épica juvenil. La libreta como salvoconducto. El micrófono como frontera. Quería estar donde dolía, donde la realidad no se maquillaba, donde las palabras tenían consecuencias. Y conviene decirlo sin rodeos: no entré en esta profesión solo por vocación informativa o afán de denuncia. Entré por Cristo. Por su amor insobornable a la verdad. Por su forma peligrosa de llamar a las cosas por su nombre, aunque eso incomodara al poder, a la multitud o incluso a los suyos.
Quería contar el mundo desde ahí.
Durante años viví con la sensación de estar en un frente permanente. No siempre había titulares ni urgencias, pero siempre había tensión. La tensión de dar voz a los silenciados, de no pasar de largo, de no mirar hacia otro lado. La tensión de saber que alguien sin voz dependía de que yo no me callara. Y eso me urgía. Aprendí pronto que el periodismo no consiste en opinar mucho, sino en no mentir. Y que eso exige vigilancia constante. Como los corresponsales de guerra veteranos: observar, discernir, no bajar la guardia.
Y un día cambié de escenario.
Un despacho.
Un ritmo distinto.
Una aparente retaguardia.
Al principio lo viví como una retirada. Como si hubiera abandonado el frente justo cuando todavía había batalla. Me pregunté si seguía siendo periodista, si seguía ilusionada, si la vocación resistía lejos del ruido y de la urgencia.
La respuesta no fue inmediata. Las guerras importantes nunca lo son.
Con el tiempo comprendí algo esencial: los frentes decisivos no aparecen en los mapas. No generan titulares. No otorgan prestigio. Son espacios discretos donde cada gesto pesa, donde la fidelidad se juega en lo pequeño y donde la fe no se proclama: se sostiene.
Hablar de Cristo aquí —entre agendas, protocolos y silencios educados— no es cómodo ni rentable. Es una forma de combate silencioso. No hay épica. No hay aplausos. Solo perseverancia. Y una conciencia que no permite acomodarse del todo.
Antes pensaba que la batalla estaba siempre fuera. Hoy sé que muchas veces está dentro. Que el enemigo más eficaz no es el miedo, sino la comodidad. Callar para no incomodar. Rebajar el mensaje para no quedar fuera. Convertir la fe en algo correcto, privado, irrelevante.
Eso no es prudencia.
Es renuncia.
¿Sigo ilusionada con el periodismo? Sí. Pero no con la ilusión ingenua de quien cree que una crónica cambia el mundo. La que queda es más sobria y más exigente: saber que cada palabra compromete, que cada silencio también habla y que ninguna decisión es neutra.
Cristo no prometió una vida cómoda ni espectacular. Llamó a la verdad. A la coherencia. A cargar con la cruz de cada día. Y quien se toma eso en serio descubre algo incómodo: vivir así se parece mucho al periodismo auténtico. El que no busca aplauso, sino fidelidad a lo real.
No abandoné el frente.
Solo cambié de posición.
Porque al final, las guerras que deciden quiénes somos no se libran bajo las bombas, sino en los lugares donde nadie mira.
Y quizá la pregunta no sea si el periodismo sigue teniendo sentido.
La pregunta es si todavía estamos dispuestos a pagar el precio de la verdad…
o si preferimos llamarla prudencia para no llamarla renuncia.