La terrible tragedia que marcó la vocación de Paul Coakley, nuevo presidente de los obispos de EE.UU.
El arzobispo de Oklahoma participó de joven en un viaje en el que murieron dos amigos
Dos compañeros de Coakley salieron a caminar por la costa de la isla de Inishbofin y no regresaron.
La vocación sacerdotal suele nacer de historias muy distintas: algunos la intuyen desde la niñez, otros la descubren en plena juventud, y hay quienes llegan a ella casi por sorpresa.
El arzobispo de Oklahoma City Paul Coakley, hoy presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos, pertenece a este último grupo. Su testimonio, compartido en el podcast Shepherd Circle Priest del Instituto Napa, revela un camino inesperado que comenzó sin grandes señales. National Catholic Register cuenta su historia.
El accidente que cambió todo
Aunque su familia jamás faltaba a la misa dominical —"nunca, nunca", recuerda—, la idea de convertirse en sacerdote no formaba parte de sus planes.
En la secundaria, cuando sus padres le preguntaban si alguna vez había pensado en el sacerdocio, él cambiaba de tema de inmediato. "No estaba en mi radar. No me interesaba en absoluto", admite.
Todo empezó a cambiar cuando ingresó en la Universidad de Kansas (EE.UU). Allí se inscribió, junto a su amigo de la escuela (hoy obispo James Conley) en el Programa de Estudios Integrados. Al principio, su práctica religiosa se volvió irregular: su fe, dice, parecía tener poca relevancia más allá de las obligaciones culturales. Sin embargo, la vida universitaria y la convivencia con otros jóvenes católicos despertaron algo nuevo.
Puedes escuchar aquí el testimonio del obispo Coakley.
El programa, centrado en los Grandes Libros y en una formación humanística poco convencional, marcó profundamente a Coakley. "Memorizábamos poesía, observábamos las estrellas, leíamos obras clásicas… era una experiencia educativa extraordinaria", recuerda. Esa comunidad intelectual y espiritual se volvió aún más importante durante su tercer año de estudios, cuando el grupo viajó a Irlanda para un semestre completo.
Coakley tenía 20 años y esperaba una aventura sencilla, casi un simple paseo por los condados irlandeses. Pero la realidad fue muy distinta. En la primera semana, dos compañeros salieron a caminar por la costa de la isla de Inishbofin y no regresaron. La mañana siguiente, tras asistir a misa, Coakley informó al párroco local, el joven padre Martin O’Connor, quien inmediatamente movilizó a la comunidad.
Junto al sacerdote, Coakley y otros estudiantes pasaron horas recorriendo los acantilados en busca de alguna señal. Al final del día encontraron un fragmento de una chaqueta atrapado entre las rocas. Comprendieron entonces que sus amigos habían caído al mar. La Guardia Costera recuperó los cuerpos al día siguiente. Todo indicaba que uno de ellos resbaló y el otro intentó ayudarlo, sin conocer los peligros del Atlántico Norte en pleno febrero.
La tragedia sacudió profundamente al grupo. Ambos jóvenes eran católicos: uno desde la infancia y el otro recién convertido, apenas un mes antes. Para los 150 estudiantes que participaban en el programa, aquel acontecimiento se convirtió en un punto de inflexión espiritual. Muchos redescubrieron la fe durante ese semestre.
Para Coakley, ese tiempo junto al padre O’Connor fue decisivo. El sacerdote los acompañó con una cercanía que él nunca había experimentado. "Fue entonces cuando entendí por qué llamamos 'Padre' a los sacerdotes", explica.
Comenzó a visitarlo en la rectoría, no por obligación, sino movido por una necesidad interior. Aquellas conversaciones terminaron en una confesión general que marcó su vida. Por primera vez, el sacerdocio dejó de parecerle algo ajeno.
USA - Edición Hispana
Coakley, nuevo presidente de los obispos de EE.UU., fue discípulo de John Senior y bendice su legado
Carmelo López-Arias
Ese despertar vocacional no fue inmediato, pero sí profundo. Años después, Coakley ingresaría en el seminario, donde descubriría la importancia de la fraternidad sacerdotal y la figura inspiradora del beato Stanley Rother, mártir de Oklahoma. Su ordenación, recuerda, fue la confirmación de un camino que jamás había imaginado en su adolescencia.
En la entrevista, el arzobispo continúa relatando cómo esos años de formación, las amistades forjadas en la universidad y la experiencia en Irlanda moldearon su identidad sacerdotal. Su historia, como tantas otras, demuestra que la llamada de Dios puede surgir en los momentos más inesperados y a través de personas que aparecen justo cuando más se necesitan.