Martes, 22 de octubre de 2019

Religión en Libertad

HEMEROTECA Dos veces sintió que la vida se hundía bajo sus pies

Buscaba a hombres que la despreciaban y pensó suicidarse: un día escuchó a gente feliz cantar a Dios

La confesión de sus pecados y vivir el amor de Dios trajeron a la vida de Martine el amor que buscaba desde su juventud.
La confesión de sus pecados y vivir el amor de Dios trajeron a la vida de Martine el amor que buscaba desde su juventud.

ReL

Una cita tras de la otra, las decepciones se sucedían en cada una de las aventuras amorosas -que siempre resultaban no serlo- de Martine. La invitación que recibió un día parecía romper esa tónica. Ella misma lo contó en L'1visible:

Yo buscaba el amor

Cuando era niña, soñaba con encontrar un joven rubio y de ojos azules con quien casarme y tener muchos hijos, y dedicar a mis hijos y a mi marido todo el amor que yo no había recibido.

Y, efectivamente, encontré a ese joven rubio de ojos azules, pero nuestra aventura solo duró seis meses. Después de nuestra ruptura, mi vida se hundió por completo. Buscaba sin cesar una solución para salir de ella, para ser feliz, pero no encontraba nada.

Me casé para salir de casa de mis padres y me divorcié al cabo de un año y medio porque no era amada ni reconocida por lo que era, y porque mi marido se burlaba constantemente de mí. Decidí vivir como me diese la gana, ser libre y buscar el amor y el reconocimiento que nunca había tenido.

Encontré muchos hombres, pero no el amor. Se me quería por mi cuerpo y por mi personalidad. Caí en la seducción y en la adicción a los hombres. Me divertía, me aprovechaba de los hombres, de su dinero, pero en lo más profundo de mí yo veía que mi vida pasaba y no encontraba el amor y seguía sin tener un hijo. Era la única cosa que quería, dado que no tenía el amor.

Pero un día, un médico me dijo que no podría tener hijos a causa de una malformación. Mi vida se hundió por segunda vez. Y yo me lancé a fondo a esa vida sin objetivo, a aprovecharme de los hombres, de los buenos ratos, de los favores, diciéndome que ya solo me quedaba eso.

Un día quedé embarazada. Tenía 39 años. El padre no quiso quedarse con nosotros. No me importó, iba a tener un hijo… ¡el sueño de mi vida! Eduqué yo sola a mi hijo. Trabajaba mucho, viajaba mucho por mi trabajo, tenía una buena niñera. Mi vida era mi hijo. Viví seis recortes plantilla y me levanté cada vez como un león.

Cuando mi hijo tenía diez años, encontré a un hombre a quien ya conocía y en quien no confiaba, pero mi adicción al sexo se reavivó, y yo tenía necesidad de amor. Le seguí y empezamos a vivir juntos. Al cabo de seis meses le eché, tras descubrir en él perversiones sexuales. Me encontraba en una región que aborrecía, no conocía a nadie, estaba en paro, arrastraba un crédito enorme y mi familia me daba la espalda. Pensé suicidarme.

Hasta que un día una amiga me propuso una peregrinación. Acepté. Realmente no sabía a dónde iba ni qué iba a hacer. Cuando llegué al lugar, vi mucha gente cantando y alabando a Dios con gran alegría, con una inmensa felicidad en el corazón. Y esa felicidad realmente me captó. Decidí introducirme yo también ese océano de felicidad y cantar con ellos, sin saber verdaderamente a quién ni por qué.

En ese lugar de peregrinación, una tarde, hubo una vigilia de oración, acudí y nos propusieron que nos confesáramos. Para quienes no sabían cómo, el sacerdote nos hizo una lista de pecados… ¡y yo me reconocí en todos ellos! Así que decidí confesarme, cosa que no había hecho desde mi infancia. Fui también llevando a cuestas una adicción a los hombres que tenía desde hacía 25 o 30 años.

Cuando ya estaba ante el sacerdote, alguien vino a decirme que ese sacerdote se tenía que ir. Justo en ese momento sentí que caía ante mí un telón de acero. E instantáneamente me sentí curada de mi adicción.

Me dirigí a otro sacerdote llevando en el fondo del corazón todas esas tinieblas, todos esos pecados, toda esa degradación, y se la expuse tal cual. No dejó de decirme que Dios me amaba tal como yo era, que yo era su hija, que me amaba tanto como podía, con todo su amor. Rompí a llorar, y pude volcar toda mi oscuridad y toda mi degradación y toda mi tristeza a los pies del Señor.

A partir de ese momento, mi vida se transformó. Hoy hablo de Dios a todas las personas con quienes me encuentro, para compartir con ellos esta felicidad que he recibido y que puedan beneficiarse de ella.

Traducción de Carmelo López-Arias.

Publicado en ReL el 7 de diciembre de 2108.

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