Domingo, 18 de agosto de 2019

Religión en Libertad

Una muerte impuesta por el Estado


por Michel Houellebecq

Opinión

El Estado francés ha logrado imponer lo que perseguía con ahínco y desde hace unos años también varios familiares, la muerte de Vincent Lambert.

Debo confesar que cuando la ministra de “Solidaridad y Salud” (en este caso valoro mucho la solidaridad) presentó un recurso de casación me quedé estupefacto. Estaba convencido de que el gobierno permanecería neutral en este caso. Después de todo, Emmanuel Macron había declarado poco antes que no tenía ninguna intención de implicarse. Pensé, estúpidamente, que sus ministros seguirían la misma línea.

Tendría que haber sospechado de Agnès Buzyn. A decir verdad, no me fiaba demasiado de ella desde que declaró que la conclusión que podemos sacar de las tristes historias parecidas a esta es que nunca hay que olvidarse de dejar por escrito, y con tiempo, las últimas voluntades (en realidad, hablaba como cuando uno recuerda a los niños que tienen que hacer sus deberes y ni siquiera se preocupó de precisar en qué sentido podían ir estas voluntades, como dándolo casi por descontado).

Vincent Lambert no había dejado ninguna disposición escrita. Circunstancia agravante, era enfermero. Debería saber, mejor que cualquier otro, que el hospital público tiene otras muchas cosas de las que ocuparse que de mantener con vida a los incapacitados (gentilmente recalificados como “vegetales”).

La sanidad pública está al límite y, si hay demasiados Vincent Lambert, corremos el riesgo de perder un montón de dinero (a propósito, me gustaría saber por qué: una sonda para el agua, otra para la alimentación, no me parece que eso suponga una intervención de alta tecnología, se podría hacer en el domicilio, se hace en la mayoría de los casos, y es lo que siempre han reclamado, a voces y con gran insistencia, sus padres).

Vincent Lambert vivía en un estado mental particular. Y no, no fue el centro universitario hospitalario quien le abandonó a su suerte, me sorprende darme cuenta. De hecho, Vincent Lambert no sufría dolores insoportables, no sufría en absoluto. Ni siquiera estaba al final de su vida. Vivía en un estado mental particular, sobre el que sería mucho más honesto admitir que aún no tenemos conocimientos precisos. No era capaz de comunicarse con los que le rodeaban, o lo hacía de un modo casi imperceptible (tampoco en esto hay nada extraño, su estado era parecido al que nos adentramos cada uno de nosotros al caer la noche). Su condición (esto es más raro) parecía irreversible. Escribo “parecía” porque he hablado con muchos médicos, por mí mismo y por otras personas (algunas agonizantes) y nunca, en ninguna circunstancia, un médico ha sido capaz de afirmar estar seguro, con una seguridad del cien por cien, de lo que iba a suceder. Pero también puede ser. Puede suceder que todos los médicos consultados, sin excepción, se hayan mostrado de acuerdo para formular un pronóstico idéntico: pero en mi experiencia nunca ha sucedido.

En esta circunstancia, ¿era necesario que muriera Vincent Lambert? ¿Y por qué justo él, entre los miles de pacientes que en este momento se encuentran en las mismas condiciones en Francia? Me cuesta mucho quitarme de encima la desconcertante sospecha de que Vincent Lambert ha muerto por una excesiva mediatización, por haberse convertido, a su pesar, en un símbolo. Para la ministra de Salud y “de Solidaridad”, se trataba de dar ejemplo. De “abrir una brecha” en la mentalidad para hacerla “evolucionar”. Dicho y hecho. La brecha se ha abierto, no cabe duda. En cuanto a la mentalidad, no estoy seguro. Nadie quiere la muerte, nadie quiere el sufrimiento. En esto consiste, por lo que parece, “la mentalidad”, por lo menos desde hace varios milenios.

Hay un descubrimiento extraordinario, que proporcionaría una solución elegante a un problema que nos acosa desde los orígenes de la humanidad, y que tuvo lugar en 1804: la morfina. Unos años más tarde se empezó a explorar seriamente entre las sorprendentes posibilidades de la hipnosis. En breve, el sufrimiento dejaría de ser un problema y eso es lo que hay que repetir, incesantemente, al 95% de la gente que se declara favorable a la eutanasia. Yo también, en ciertos momentos (afortunadamente raros) de mi vida, he estado dispuesto a todo, a implorar la muerte, las inyecciones, cualquier cosa que me quitara el dolor. Pero luego me ponían una inyección (de morfina) y mi perspectiva cambiaba inmediata y radicalmente. Bastaban unos minutos, apenas un puñado de segundos. Bendita seas, hermana morfina. ¿Cómo se permiten ciertos médicos rechazar la morfina? ¿Acaso temen que los agonizantes puedan caer en la drogodependencia? Es tan ridículo que me cuesta escribirlo. En general es ridículo pero también terriblemente asqueroso.

Decía que nadie quiere la muerte, nadie quiere el sufrimiento. Una tercera exigencia ha surgido desde hace unos años: la dignidad. Este concepto siempre me ha parecido un poco brumoso, a decir verdad. Yo también tengo mi dignidad, sin duda, lo pienso de vez en cuando, aunque tampoco muy a menudo, pero no creo que esta pueda ascender al primer puesto de las preocupaciones “de la sociedad”. Por escrúpulos de conciencia, he consultado el diccionario Le Petit Robert (edición 2017). Esta es su sencillísima definición de dignidad: “Respeto debido a alguien”. Los ejemplos que siguen, en mi opinión, enmarañan la cuestión, revelando que Camus y Pascal, aun compartiendo el concepto de “dignidad humana”, no lo apoyan sobre las mismas bases (como era obvio imaginar).

En cualquier caso, parece evidente para ambos pensadores (y diría también para la mayoría de los individuos) que la dignidad (es decir, el respeto debido), aunque pueda verse lesionada por acciones moralmente reprensibles, no puede sufrir el más mínimo rasguño debido al declive, aunque sea catastrófico, del propio estado de salud. Si pensamos de otro modo, significa que efectivamente ha habido una “evolución de la mentalidad”, y no creo que sea un motivo para alegrarse.

Publicado en Le Monde.

Traducción tomada de Páginas Digital.

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