Domingo, 17 de noviembre de 2019

Religión en Libertad

Nosotros, los niños de la guerra


De la Guerra Civil española, se entiende, de los que vamos quedando ya pocos. Somos, como se dice en la Administración pública cuando se liquida una función cuyos servicios ya no son necesarios, un cuerpo a extinguir. Sin embargo, esta generación de los “niños de la guerra”, que ya hemos alcanzado la fecha de caducidad, aún podemos contar muchas cosas dignas de tenerse en cuenta simplemente acudiendo a nuestro particular baúl de los recuerdos.

Incluyo en esta generación a los que nacimos entre el final del reinado de Alfonso XIII y principios de los cuarenta. Algo más de una década en la que pasó de todo en España, y de la cual el que más y el que menos de aquellos niños que aún vive y conserva una cierta lucidez mental puede relatar episodios y situaciones de una época tremenda.

Personalmente mantengo viva en la memoria la detención del jefe local de la Derecha Regional Valenciana, integrada en la CEDA, el señor Gil, de sobrenombre “Pedasín”, sacado en mangas de camisa a empellones de su casa, cerca de la mía, por un grupo de anarquistas de la Columna de Hierro, que lo fusilaron la madrugada del día siguiente. El señor Gil, casado pero sin hijos, agricultor, era un hombre de Iglesia consecuente con sus creencias y, por tanto, hombre bueno que hacía muchos favores a las personas que llamaban a su puerta.

También presencié, porque mi calle estrecha y antigua partía de la calle mayor del pueblo, el macabro desfile de una “columna” de sayones de la FAI, llevando preso y maniatado al oficial jefe del puesto de la Guardia Civil, teniente Muñiz, para fusilarlo a pleno sol ante la fachada de la iglesia parroquial, a la que habían prendido fuego días antes. Se dijo entonces, según me enteré de mayorcito, que se había comprometido con la sublevación militar, cosa que no me sorprendió cuando lo supe, porque en Valencia hubo mucha gente dispuesta a salir a la calle, pero el General Jefe de la Tercera División Orgánica de la República –antes y después Capitanía General–, Martínez Monje, masón pero que había dado su palabra de seguir a los compañeros que querían dar un golpe de estado para liquidar el caos que reinaba en España, a la hora de la verdad se echó atrás, propiciando un matanza espantosa de clérigos, religiosos, monjas y gentes de derechas, entre ellos todos los carlistas que hallaron a mano y los pocos falangistas que entonces había en la región. Luego brotaron como rovellons tras las lluvias de otoño.

Durante la guerra pasamos hambre, como todo el mundo, sobre todo en la zona mal llamada republicana, donde únicamente los milicianos encargados del orden público y la represión en la retaguardia gozaban de la abundancia que no alcanzaban al común de la población, sometida a un régimen de racionamiento escaso y de mala calidad.

Cuando mi padre vio que el frente lo teníamos encima y aparecieron las pavas nacionales bombardeando las poblaciones y todo lo que se movía bajo sus alas, aparejó la caballería y el carro cargado con el escaso equipo que pudimos llevar con nosotros, y emprendimos la marcha de refugiados, con la familia de la novia de mi hermano mayor, hacia la provincia de Valencia, atravesando la sierra Espadán por caminos inverosímiles. Mi padre dijo que en la zona que estuvieran algunos de nosotros, estaríamos los demás. Como tres de mi hermanos habían sido movilizados, la opción a seguir estaba clara. Después de un largo rodeo por la provincia de Valencia de habla castellana, terminamos en un pueblo llamado Pedralba, ribereño del Turia, donde nos asentamos durante diez meses hasta el fin de la guerra. Atrás habían quedado la casona en la que vivíamos, las vacas de la lechería –acabarían seguramente en la cacerola de alguno de los ejércitos enfrentados–, las tierras, la carnicería y todo lo que era nuestra vida, pero gracias a Dios, no tuvimos que llorar ninguna baja.

Al terminar los tiros, la situación nacional no mejoró de inmediato y el país sufrió una hambruna bíblica. De nuevo volvimos a las cartillas de racionamiento, incluso para comprar tabaco, como antes. El tejido productivo interior quedó muy dañado por el conflicto armado, y hasta que se logró repararlo pasaron unos años. Además el gobierno de la época tenía que pagar a Italia y Alemania el material bélico que recibió durante la guerra, y como no había de dónde, hubo que hacerlo sirviendo productos básicos –aceite, cereales, conservas de pescado, etc.– sustraídos al mercado nacional. El gobierno republicano de Negrín hizo frente a sus deudas con la Unión Soviética, proveedora de las armas servidas al Frente Popular, depositando en Moscú el oro cuantioso existente en el Banco de España, oro del que nunca más se supo.

Los españoles mitigaban la hambruna, al menos en la zona de Levante en la que yo vivía, hartándose de boniatos, llamados el salvador de España, y hasta de algarrobas que, molidas y asadas al horno, hacían las veces de galletas, a falta de las marías de siempre. El mercado negro o “estraperlo” se extendió por todas partes, y gracias a él la gente no terminó de morirse de hambre.

El país prosperaba, pero a causa de los bajos salarios de la época, para sobrevivir había que buscarse empleos secundarios que añadir al trabajo principal, lo que dio lugar al famoso pluriempleo, recurso generalizado en ese tiempo. También tuvimos que compaginar libros y clases con algún empleo que nos permitiera sobrevivir. Yo hice todos mis estudios de Comercio (antecedente de Ciencias Empresariales) y Periodismo de ese modo. Lógicamente no tuve tiempo para la holganza, ni money para cervecitas, cafelitos y bocadillos, ni para ver cine –y mucho menos teatro– en patios de butacas. Y como yo, millones de jovencitos que intentaban salir del agujero de nuestros ancestros.

Luego vino en 1959 el plan de estabilización de Alberto Ullastres, ministro de Comercio, porque España se iba al garete toda ella, por el fracaso de la economía autárquica que impusieron Girón y sus colegas azules. Millones de españolitos tuvieron que hacer el petate y emigrar a los países vecinos europeos para ganarse los garbanzos y hasta enviar su buen dinerito para sostener a la familia que había quedado aquí. Lo mismo que hacen ahora los emigrantes que llegan a nuestras costas, con la diferencia de que aquella fue una emigración ordenada y protegida por los gobiernos, y la de ahora… bueno la de ahora tiene sus pelendengues, así que lo dejamos para otra ocasión.

En fin, a qué seguir, si todos los jóvenes de ahora habrán oído hablar a sus padres o abuelos de aquellos tiempos, en ciertos períodos terribles y espantosos. Pero una cosa deben tener presente: que el bienestar que ahora alcanza a casi todos –a pesar de los problemas que nunca faltarán– debe agradecerse al esfuerzo que hicimos nosotros y las generaciones que nos siguieron, y los sacrificios de nuestros padres y hermanos mayores. Despilfarrar lo que hemos ahorrado entre todos es un crimen social. Que lo tengan en cuenta los Gobiernos, las autonomías, muchos ayuntamientos y ciertas ONG que se tienen por solidarias, entre otros manirrotos.

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