Lunes, 03 de octubre de 2022

Religión en Libertad

Vida recibida, y por ello cuidada

Varias personas juntan las manos.
El hombre es un ser constitutivamente vulnerable y limitado, necesita a los demás. No puede ni siquiera nacer ni morir por sí mismo. Foto: Hannah Busing / Unsplash.

por José F. Vaquero

Opinión

“Vulnerable, y a mucha honra”. Así iniciaba y concluía un experto bioeticista su análisis de la vulnerabilidad del hombre. Somos limitados, débiles, vulnerables, incompletos, y por ello llamados a la comunión, a caminar con los otros. Sin embargo, esta cualidad casa muy mal con nuestro concepto actual de progreso. Todo mejora, cada vez más, y estamos rozando la perfección, la plena mejoría. ¿Tiene razón este progreso perfeccionista, o la tozuda realidad de nuestra vulnerabilidad y limitación? Creo que se impone lo evidente.

La vulnerabilidad nos recuerda la necesidad del otro, necesidad en lo más inmediato (comida, vestido, calzado…) y necesidad en lo más profundo (afecto, cuidado, amor). Es un fenómeno que constatamos desde el mismo inicio de nuestra vida, desde el nacer. Yo no nazco, no puedo traerme a mí mismo del no ser al ser. En latín no existe el verbo nasco, nacer, sino nascor. Esa “r” nos indica que el verbo está en voz pasiva. No puedo nacer, sino “ser nacido”. Yo no realizo la acción (voz activa) sino que la padezco, me beneficio de ella (voz pasiva).

En español existe la expresión “mirarse el ombligo”. Generalmente suele usarse en sentido negativo, para expresar de modo gráfico un egoísmo en el que no tengo ojos para nada ni nadie fuera de mi yo. Sin embargo, indica de un modo muy hermoso mi dependencia de otro, o mejor dicho, de otros, mi padre y madre. El amor de estos dos seres, la mutua entrega, permitió que mi existencia empezase, en un momento muy concreto. Y este ombligo me recuerda también que durante nueve meses dependí muy mucho de mi madre. El ombligo, y el cordón umbilical, fue el medio por el que pude crecer como pequeño embrión, que poco a poco iba multiplicando sus células y tejidos.

Mi vida viene de otros, y por eso tengo el deber de respetarla, de cuidarla. No puedo hacer con ella lo que yo quiera, porque no es plenamente mía. Esto se aplica a mi propia vida y a la de quienes me rodean. Con frecuencia recuerdo a los padres de mis catecúmenos (mis catecúmenos tienen pocos meses…) que ellos no ponen el nombre a sus hijos. Al inicio de la celebración del Bautismo el sacerdote les pregunta: "¿Qué nombre habéis elegido para vuestro hijo?" Ellos no controlan totalmente a su hijo, no le dominan, y por eso tampoco deben “poner” el nombre; sólo Dios, último Creador de la vida, puede “poner” el nombre. Él es completo Señor, aunque por su inmenso amor siempre va a respetar nuestra libertad. En el Bautismo el sacerdote “impone” el nombre al bautizado actuando in persona Christi, en representación real del mismo Cristo Jesús.

Esta vida que se nos da al inicio de nuestra existencia, que debemos respetar, no está a mi libre disposición para decidir cuándo la termino. Igual que no existe el verbo nasco, nacer, en latín, tampoco existe el verbo moreo, morir. Existe el verbo moreor, soy muerto, me muero. No tengo derecho a suicidarme, ni asistido por alguien ni sin esa asistencia. Ambos casos son un suicidio, un arrebatarme algo que me ha sido dado y no me pertenece. No pretendo con esto condenar a los suicidas; en muchos casos el suicidio es la terrible consecuencia de una grave enfermedad. Caso aparte es el suicidio asistido, donde previamente un médico ha certificado que el paciente toma esa decisión libre y conscientemente. ¿Libremente, o presionado por el ambiente, la familia, el dolor mal controlado…?

En este ámbito se encuadra el gran don del cuidado, dado y recibido. Un cuidado que debe estar especialmente presente en la profesión médica, aunque no es exclusivo de los médicos y sanitarios. El Ilustre Colegio de Médicos de Madrid ha dado un paso importante en esta línea: recientemente ha fundado un comité científico para instaurar la cultura del cuidado y detectar las necesidades de la población vulnerable.

Los miembros que forman este equipo multidisciplinar buscan como propósito mejorar la conciencia cuidadora y el autoconvencimiento de todos los médicos de su rol como cuidador, además de promover la adquisición de competencias cuidadoras para todos los médicos, desde la enseñanza en el grado hasta la formación especializada. Lo han denominado #CódigoCuida2

"Si lo que buscamos es un cambio de cultura, este debe ejecutarse desde todos los ámbitos. Queremos ir de la mano de muchas organizaciones y colaborar con otras instituciones”, ha recalcado María Ángeles Gómez Mateos, jefa del Área de Coordinación de Proyectos de Humanización de la Comunidad de Madrid.

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