Lunes, 23 de septiembre de 2019

Religión en Libertad

Las raíces cristianas del liberalismo


por Vicente Alejandro Guillamón

Opinión

El liberalismo no goza de buen crédito en determinados círculos católicos. Sobre todo en aquellos que se tienen por progresistas o socialmente avanzados, es decir, como si quisieran competir o convivir con las corrientes políticas más o menos socialistas o socialdemócratas, estas últimas arreligiosas o abiertamente antirreligiosas, especialmente anticatólicas. Al menos así parece deducirse de las controversias de nuestro tiempo que pueden observarse en España. Es decir, que tienen un santo pavor a que los califiquen de carcas o de derechas. Sin embargo, no les importa que los consideren de izquierdas o, como digo, progres, muy progres. Efecto de la contaminación marxista que padecen, aunque tal vez no se den cuenta de ello.

Ahora con frecuencia suelen referirse a esta corriente de pensamiento llamándola neoliberal, si bien no sé a qué clase de liberalismo se refieren. Al político, actualmente en franca decadencia en todas partes, o al económico, que, a diferencia del anterior, cada vez goza de más aceptación a lo largo y ancho del mundo.

Sea como fuere, lo cierto es que el liberalismo, sobre todo el económico, nació en cunas católicas, españolas por más señas. El precursor de esta corriente de pensamiento fue el jesuita talaverano Juan de Mariana (1536-1624), erudito, teólogo, docente y escritor profuso. Entre sus grandes aportaciones está la defensa de la propiedad privada frente a los impuestos depredadores del poder político y la condena de la adulteración (depreciación) de la moneda, de los monopolios y de la guerra injusta. Al mismo tiempo defendió el equilibrio presupuestario y una moneda saneada. Exactamente lo contrario de lo que ahora quieren hacer Pedro Sánchez y su socio preferente, empeñados en llevar España a la ruina. Advierta el lector la enorme actualidad de este clérigo benemérito.

A Juan de Mariana le siguieron muy de cerca los teólogos humanistas –dominicos y jesuitas– de la llamada Escuela de Salamanca en pleno Siglo de Oro (Francisco de Vitoria, Domingo de Soto, Martín de Azpilicueta, Tomás de Mercado, Luis de Molina, Francisco Suárez, etc.), época de grandes glorias españolas, no sólo en el saber, sino en las letras, en la pintura y en todo aquello que engrandece al hombre.

Al sobrevenir la decadencia española con los últimos Austrias, surge un siglo después una nueva propuesta de humanizar y racionalizar la política, formulada por el puritano inglés, pacífico y modesto, John Locke (1632-1704), al que puede considerarse el padre intelectual de la democracia moderna. Cristiano ferviente –aunque latitudinario, esto es, expansivo– si bien, como buen británico, antipapista, dijo aquello de vive y deja vivir, esencia de la tolerancia. El gobierno absoluto no podía ser legítimo, porque no había obtenido el consentimiento del pueblo, otorgante del contrato civil, o sea, en los tiempos actuales, la Constitución, aprobada por amplia mayoría en referéndum general de 1978.

Casi un siglo más tarde de Locke, otro clérigo significativo, Adam Smith, teólogo moralista de la Iglesia escocesa, publicó su famosísimo tratado Investigación sobre la naturaleza y las causas de la riqueza de las naciones (1776), preocupado por el bienestar de las personas. Dicho de otro modo, buscando fórmulas racionales que sirvieran al progreso general de las gentes. Única forma, añado por mi cuenta, avalada por los hechos históricos, de erradicar la pobreza general de los países.

A estas filosofías “civiles” se les llamó inicialmente principios de tolerancia, pero a partir de la Guerra de la Independencia española una serie de escritores ingleses que anduvieron por estos pagos generalizaron el término liberal, así en español, para referirse a los hasta entonces llamados tolerantes. El español creaba escuela, igual que en otros tantos términos, como el de guerrilla y guerrillero, aunque ahora traten de destruir nuestro idioma los necios de TVE, mezclando, por ejemplo, topónimos de las lenguas regionales con los términos castellanos. ¡Si me suena a mí ese patois, que soy bilingüe de nacimiento!

Cierto que, durante el siglo XIX, la masonería colonizó y deformó los orígenes humanistas y humanizadores de aquel incipiente liberalismo, tanto político como después económico; pero aquella sumisión al relativismo ético de la fraternidad es ya pura historia. Hoy los mandiles intentan pescar en otros caladeros que les sean más provechosos. Por lo tanto, no nos confundamos de enemigo, combatiendo fantasmas del pasado. Hoy los enemigos de la fe y de la Iglesia están perfectamente definidos: son la masonería y el marxismo, que expanden el indeferentismo religioso (mundialismo, laicismo, esos minutos de silencio para honrar a las víctimas de cualquier tragedia), el hedonismo, la lucha de clases ahora entre sexos (feminismo radical) y la descomposición moral que propaga la dictadura LGTBI. Ahí están nuestros enemigos.

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