Sal de tu tierra, y déjate mirar

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El Señor nos hace una invitación y nos dice: Sal de tu tierra (cf. Gn 12). Como a Abraham, Dios a ti y a mí nos pone en camino, sin conocer la ruta del viaje.
En tu jornada cotidiana, conoces a grandes rasgos lo que puede pasar. Sabes, más o menos, lo que puede ocurrir, pero Jesús te dice una mañana: Sal. Esa invitación es algo incomoda. Sorprendente, quizás. Te puedes decir, pero si voy a salir. Cada mañana me preparo para atravesar la puerta de la casa. La cierro y me voy. Entonces, cuando te dice sal, ¿Qué te quiere decir?
Pues, desde mi experiencia personal, salir, puede ser, que en 20 pasos, recibas un mensaje, que cambie toda la ruta del día. Sales a trabajar, pero empiezan a ocurrir cosas nuevas, sorprendentes, impactantes, emocionantes… o quizás son las mismas cosas, que ves todos los días, pero que justo ese día, reciben de ti, una nueva mirada.
Una mañana, te puedes levantar mirando alrededor, y solo ves cabezas bajas, mirando el suelo, o cabezas pegadas a una pantalla, o miradas que se pierden en el horizonte. Muchas miradas tristes, o con miedo. Gentes que caminan sin rumbo, o solo hablan con un perro. Personas, que se sobresaltan por casi todo.
Pero, en un momento de tu existencia, recibes un mensaje, que puede provenir de un libro, de algo que has escuchado y leído cientos de veces. Un lenguaje que te resulta muy conocido. Pero, justo esos días, algo pasa, que de repente se abre algo dentro de ti, y no sabes que te ocurre, pero es como si todo empezara de nuevo.
Es una experiencia que quiero hacerte participe. Un libro, una historia, un texto, un mensaje que he oído cientos de veces. Hoy tienen un valor nuevo para mí. Me ayudan a salir. Es como si empezara de nuevo la carrera. Sigo caminando, porque no se para. Pero, tienes medios nuevos, o quizás los mismos, pero todo es distinto.
Lees: gratitud, humildad, confianza, oración, obediencia, vivir el presente, desprendimiento…Estas cosas, estos temas, los he escuchado cientos de veces, miles, en toda mi vida.
Pero, son nuevos, porque me dejado tocar otra vez, por la mirada de Jesús, que todo lo hace nuevo. Solo desde su mirada, puedes ponerte en salida. Porque él te dice: sal, pero conmigo.
Cuando sales, entonces cada día, vas con alguien. No vas solo. No necesitas bajar la cabeza porque Jesús te mira de frente, no necesitas mirarte dentro, porque el Señor, te invita a mirar hacia fuera. Entonces, puedes descubrir a una persona a la que le entregas un rosario, y le sacas una sonrisa, o le colmas un deseo, o le anuncias el encuentro con una Madre. Si te dejas mirar por Dios, trataras con cuidado y cariño a un enfermo, le animaras y levantaras, por un momento, en su fragilidad. Veras, que aunque tú no tengas fuerzas, al que tienes a tu lado, también le faltan las suyas, y podéis hacer un camino juntos. Cada uno llevando su cruz, que quizás la tuya, es la única con la que puedes cargar.
También, la mirada del Señor, te cubrirá de su belleza. Te sentirás acogida, nunca juzgada, amada… Cuantas cosas que ya sabes, que has oído cientos de veces, y que te gusta saborearlas. Y son también, para quien tienes cerca, o lejos, o amas, o te cae bien, o te cae mal. Muchas veces las palabras bonitas del evangelio son para ti, para mí y para cada uno. Aunque muchas veces, no resulte llamativo, pero es entonces, cuando escuchas de nuevo: Sal de tu tierra.
Pero, si sales de tu tierra, de ti mismo, es para entrar en algún otro sitio, en alguna situación, en algo que te incomoda, para poner en ello a Jesús. Puedes pensar que son palabras bonitas las que te digo, qué cómo van a tocar la situación que vivo. Pero, te lo puedo asegurar. No hay nada más hermoso, que la mirada de Jesús, en tu vida.
Entonces, cuando él te mira, como a los Apóstoles en el Tabor, estás llamado a ver un rostro resplandeciente, lleno de luz para ti. Eres iluminado por una presencia que lo transforma todo. Eres escuchado como nadie lo ha hecho en tu vida. Te dicen desde lo alto, eres mi hijo amado, en quien he puesto todo mi amor, esperanza y anhelo de santidad. Una nube se abre para ti, y te regala una lluvia inmensa, que te deja totalmente empapado de bendición. (cf. Mt 17, 1-9).
Sobre todo, puedes escuchar del Señor, el ánimo a no tener miedo, porque él está ahí, donde menos te lo esperas. Cuando tienes sueño por la mañana, cuando un amigo se desvive por ti, cuando empiezan de nuevo a surgir oportunidades, cuando estás solo y parece que el mundo se ha caído. Tranquilo, no se cae, porque aunque no lo veas, está Dios. Dios está cuando te echan del trabajo, y te pasas media vida buscando uno nuevo; cuando un familiar cercano se pone enfermo y hay que dedicar tiempo a cuidarlo; cuando te multan, o se ríen de ti… ¿Cómo está?, es un misterio. Pero, te aseguro que lo está. Solo cuando pasan los años y ves el fruto de esas experiencias, puedes ver que Jesús ha seguido y sigue mirándote, como lo hizo, en el Tabor, pero quizás mejor, porque ha resucitado.
Dios está resplandeciente para ti, ¿pero, estás dispuesto a dejarte mirar por Aquel, que es el más hermoso de los hijos de los hombres? Si lo haces podrás salir de tu tierra, hacer un camino, y entrar con Él, en tu vida, de un modo pleno.
Belén Sotos Rodríguez