Religión en Libertad

Blanco Sarto: Ratzinger fiel al logos eterno

Contra el mito del giro: hermenéutica, kenosis y purificación en la nueva Biblioteca Ratzinger

P. Pablo Blanco Sarto con

P. Pablo Blanco Sarto con "Benedicto XVI" (San Pablo, 3.ª ed. actualizada 2023), su biografía previa a la Biblioteca Ratzinger 2026.

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Pablo Blanco Sarto —sacerdote, filólogo, doctor en filosofía y teología, profesor de antropología y teología en la Universidad de Navarra, vocal patrono de la Fundación Ratzinger, premio Ratzinger 2023 y miembro de la comisión editora de las "Obras completas de Joseph Ratzinger" para BAC— es una de las máximas autoridades españolas en el pensamiento del papa emérito. En vísperas del centenario de su nacimiento (2027), presenta su "Biblioteca Ratzinger" (San Pablo, 2026), una biografía crítica en tres volúmenes que trasciende la mera crónica para integrar ensayo teológico, contexto histórico-filosófico y geografía espiritual: el primero abarca infancia, formación y Vaticano II (1927-1965); el segundo, de Tubinga a Roma (1966-2005); anunciando un tercero que completará el pontificado.

En esta entrevista profunda, el autor desvela fuentes inéditas como apuntes cristológicos de Tubinga, donde la kenosis ratzingeriana resiste el hegelianismo posbélico, y enfatiza la continuidad pensante del teólogo: hermenéutica estética de Pareyson que evita dogmatismos y relativismos, refugio bávaro en liturgia y verdad contra la "dictadura del relativismo" ideológica, paso de Múnich a la "atalaya" doctrinal de la CDF, fidelidad pre y posconciliar frente al mito del "gran giro", influencias literarias como Karl Valentin en su optimismo antropológico y teodicea agustiniana para la purificación eclesial de abusos —oro en el crisol del eros hacia ágape—. Su lectura experta ilumina el legado del papa del logos para nuestra posmodernidad.

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-¿Cómo influyó la hermenéutica estética de Pareyson, que usted estudió en su doctorado, en la visión ratzingeriana de la belleza como vía purgativa hacia el logos divino durante su formación preconciliar?

-Es una buena pregunta que nunca me había planteado. El pensamiento hermenéutico que estudié en mi tesis en filosofía me ayudó a entender el pensamiento de Ratzinger, que no es dogmático en el mal sentido de la palabra. Para él, el conocimiento del logos —con mayúscula y con minúscula— no es un conocimiento absoluto, que agote lo conocido. Es un conocimiento que se da a través de perspectivas que sintonizan con la verdad. Esto deja intactas ambas instancias: la verdad y la persona. Pienso que el modo de entender la verdad y su lugar en el mundo en el Vaticano II tiene que ver con esto. Ratzinger se daba cuenta de la dimensión histórica y personal del conocimiento, sin caer en el historicismo, el subjetivismo y el relativismo. Esto aparece desde el principio de su pensamiento y lo conservará hasta el final.

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-En el volumen II, ¿qué fuentes inéditas de Tubinga revelan tensiones entre la cristología kenótica de Ratzinger y las corrientes hegelianas predominantes en la posguerra alemana?

-Existen unos apuntes de cristología no publicados que he podido utilizar, pero su cristología es tan kenótica como anabática, es decir, es tan ascendente como descendente. La cristología de Ratzinger en Tubinga es esencialmente la misma que aparece en 'Jesús de Nazaret', la obra de su vida.

-¿De qué modo la experiencia bávara de la juventud de Ratzinger —entre el nazismo y la posmodernidad incipiente— moldeó su rechazo a la 'teología de la liberación' como gnosticismo secularizado?

-El contacto con la verdad y la liturgia fue el mejor refugio contra la tiranía, contra la "dictadura del relativismo", dirá después, pues las ideologías primero niegan la verdad para imponer la propia. La ideología no busca la verdad, sino tan solo el poder. Y por eso impone su propia verdad. Es la verdadera inventora de la posverdad.

-¿Cómo dialoga su análisis del arzobispado en Múnich con la noción ratzingeriana de 'Iglesia sin geografía', anticipando su prefectura en la CDF?

-De lo local va a ir a lo global, a lo universal. La Iglesia en este mundo siempre tendrá geografía, pero también la trascenderá. En este sentido, su experiencia como prefecto para la Congregación para la Doctrina de la Fe le ofrecerá un punto de vista privilegiado —una atalaya— desde donde poder conocer la Iglesia desde dentro y en toda su amplitud. Pudo así pasar de lo local, bávaro y alemán, a una Iglesia mucho más amplia y con muchos más matices.

-¿Qué paralelos encuentra entre el 'Informe sobre la fe' (1970) y las alocuciones redactadas por Ratzinger para Frings en el Vaticano II sobre la Revelación como evento histórico-salvífico?

-Todos: lo que decía el Ratzinger preconciliar —por así decirlo— es lo mismo que dice el posconciliar, con los necesarios matices de la imprescindible evolución personal a lo largo de los años. El mito del 'gran giro' con motivo del Vaticano II o de la revolución del 68 se desmonta y soluciona leyendo sus textos. Ratzinger se mantiene fiel a sus ideas y a su visión teológica a lo largo de los años, aunque lo que sí cambió tremendamente fue la Iglesia y algunos de sus protagonistas.

-En el marco del centenario, ¿qué aportes artísticos y literarios bávaros —quizá de autores como Jünger o Guardini— nutrieron la antropología teológica de Ratzinger en su infancia?

-Aunque parezca un poco paradójico —y dicho un poco en broma—, influyó bastante en su modo de ver la vida y la persona el cómico bávaro Karl Valentin. Este artista fue capaz de hacer chistes contra los nazis y el mismo Ratzinger asistió a su entierro. Con el tiempo, le concederán a Ratzinger el Premio Karl Valentín por su sentido del humor, faceta tal vez no muy conocida de su personalidad. Pienso que es también una dimensión poco conocida de su optimismo antropológico.

-¿Cómo evalúa la influencia de la teodicea agustiniana en la respuesta de Benedicto a los abusos eclesiales, vista como 'pecado interno' que exige purificación sacramental más allá de lo jurídico?

-Sí, abordó los abusos no solo desde el punto de vista legal, sino también teológico. Para Benedicto XVI, la purificación es necesaria para la reforma de la Iglesia, a la vez que considera que el eros requiere de un proceso de limpieza para convertirse en verdadero ágape cristiano. Es como el oro en el crisol —nos dicen los teólogos— que se somete a altas temperaturas para quemar las impurezas, y así se obtiene oro de mucha pureza. Así funciona el corazón humano.

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