Martes, 20 de octubre de 2020

Religión en Libertad

Reflexiones sobre la enfermedad y la fe


por Pedro Trevijano

Opinión

Estos días de forzoso confinamiento son unos días muy aptos para la lectura. Acabo de leer el libro Requiem por Nagasaki de Paul Glynn, en Ediciones Palabra, en el que narra la vida del Dr. Nagai, médico y radiólogo católico japonés que contrajo por su profesión leucemia y fue también víctima de la bomba atómica sobre Nagasaki, a la que sobrevivió seis años, en los que escribió varios libros, entre ellos el primero sobre los efectos de la bomba atómica en las personas. Algunas de sus consideraciones sobre la enfermedad me han llamado la atención.

Escribe:

-“La enfermedad y los problemas no son señal de que nos encontramos lejos de Dios o que Él nos rechaza, como lo muestran la vida de grandes santos como Santa Teresa de Lisieux o Santa Bernadette”.

-“Nadie diría que los enfermos y los que no se valen son ‘útiles’. Pero es que no es la utilidad lo que importa. Nuestras vidas adquieren su valor si aceptamos de buen grado la situación en la que nos ha colocado la Providencia y si seguimos viviendo en el amor. El enfermo que lo haya entendido así vivirá una vida tan plena que no habrá ocasión de morbosos deseos de muerte”.

-”Nuestros talentos y nuestros defectos pueden ser muy distintos, pero hay algo en lo que todos somos iguales: cada uno de nosotros hemos nacido para manifestar la gloria de Dios”.

-“Una vez muertos, todos hemos de rendir cuentas de nuestra vida y a Dios no le importará quiénes o qué somos. No, sólo le importará esto: ¿cómo ha sido nuestra vida? Esa será la única materia de juicio”.

Este médico japonés tenía muy claro para qué estamos en este mundo y cuál es el sentido de la vida, cosas que tanta gente ignora.

Una pregunta que podemos hacernos es: ¿hay relación entre fe y salud? Nagai nos contesta así: “A menudo os encontraréis con personas enfermas que saben cómo rezar y mejoran: lo cual, lejos de constituir necesariamente un milagro, suele ser consecuencia natural de una vida en gracia y en paz”. Estoy totalmente de acuerdo. Muchos sacerdotes pueden contarte que cuando un enfermo grave se confiesa, recibe la Unción de Enfermos y la Sagrada Comunión al haberse puesto en paz con Dios, se quita una angustia de encima y ello repercute favorablemente en su estado de ánimo y salud, al hacerle la enfermedad más llevadera, aunque por supuesto ello no suponga que va a recuperar forzosamente la salud. Esto es natural y hay un ejemplo que lo demuestra: en un hospital con los mismos médicos y tratamiento los soldados del ejército vencedor curan antes que los derrotados. 

Lo saben también todos esos miembros del personal sanitario que actualmente, a falta de sacerdotes, están ayudando a los enfermos a bien morir.

Recordemos finalmente que en el Credo profesamos nuestra fe “en la resurrección de la carne y en la vida eterna”, vida eterna feliz, que sucederá cuando tras nuestra muerte se realice en nosotros la palabra del evangelio “entra en el gozo de tu Señor” (Mt 25,21), que supondrá nuestro encuentro definitivo con el Dios que es Amor. Si en esta vida hemos realizado el mandamiento del amor a Dios, al prójimo y a mí mismo, mi vida habrá estado llena de sentido y no tendré por qué temer ese encuentro con un Dios que me ama infinitamente y podré ir hacia Él lleno de paz y serenidad. Varios textos bíblicos nos hablan de la hermosura de ese encuentro: “Preciosa es a los ojos del Señor la muerte de los justos” (Sal 116,15); “El testimonio de los profetas es unánime, que los que creen en Él (Jesús) reciben por su nombre el perdón de los pecados” (Hch 10,43); “Dichosos desde ahora los que mueren en el Señor” (Apoc 14,13); “Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed...” (Mt 25,34-35). Porque mi amor sólo alcanzará, lo mismo que mi realización personal, su plenitud en el Reino de los cielos, que es el lugar donde se realizará plenamente nuestro amor a los demás y donde también nos sentiremos totalmente amados, con una completa reconciliación incluso con aquellos que nos ofendieron y a los que ofendimos.

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