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¿Muerte digna?

Si el aborto pone a los padres contra los hijos, la eutanasia pone a los hijos contra los padres.

La legalización de la eutanasia y el suicidio asistido pretende hacer cómplices de homicidio a sanitarios y familiares.

La legalización de la eutanasia y el suicidio asistido pretende hacer cómplices de homicidio a sanitarios y familiares.Anirudh / Unsplash.

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Francia inició el año bajo la tétrica sombra de la muerte, con la revisión del proyecto de ley que incorporaba la "asistencia médica para morir" (eutanasia) al código de salud pública, aprobado a finales del pasado mayo por la Asamblea Nacional.

Afortunadamente, en un giro totalmente inesperado, los senadores franceses modificaron radicalmente el borrador inicial para reafirmar la prohibición del suicidio asistido y la muerte por motivos médicos. Dicho giro no solo se debió a los votos de los conservadores sino al desacuerdo de la izquierda, la cual consideró el proyecto de ley “demasiado tímido” por limitarlo solo a los pacientes "en la etapa final de la vida", excluyendo con ello a los pacientes que se encuentran "en una etapa avanzada" de la enfermedad.

No obstante, ésta ha sido solo una victoria en la gran batalla por la vida, pues el texto volverá a la Asamblea, donde se cree muy probable que sea reescrito por completo a fin de favorecer la aprobación de la eutanasia. Además, dicho proyecto cuenta con el total apoyo del gobierno de Macron quien, no satisfecho con haber elevado a “derecho” constitucional el crimen del aborto, tiene la intención de hacer de Francia uno de los países más permisivos en este ámbito. Tan es así que contempla la posibilidad de un referéndum en caso de que el proyecto quede bloqueado en el parlamento.

Es importante señalar que, aun cuando se eliminasen los puntos más extremos de dicho proyecto a fin de hacerlo más “aceptable”, la legalización de la eutanasia (al igual que la del aborto) tiene un efecto de “pendiente resbaladiza”. En los países donde se legalizan la eutanasia y/o el suicidio asistido solo para 'circunstancias extremas', éstas se van ampliando rápidamente una vez que se 'normaliza' la práctica. 

  • Esto llega a tal punto que, en Bélgica y en los Países Bajos, donde el derecho a la “muerte digna” ya se extiende a los menores (bajo ciertas 'circunstancias'), se discute desde hace años la conveniencia de introducir en la legislación la eutanasia para personas mayores de 70 años que, en ausencia de enfermedades graves, opten por la “muerte digna” debido a que simplemente están “cansados de la vida”. 
  • Por otra parte, en Canadá, la muerte por eutanasia, en 2024, ascendió a 5,1% del total de muertes.

A esto se une el creciente apoyo social, en algunos lugares, a la llamada muerte digna. Pues, de acuerdo con la última encuesta de Gallup, en los Estados Unidos el 71% de los adultos cree que los médicos deberían estar "autorizados a poner fin a la vida del paciente por algún medio indoloro si el paciente y su familia así lo solicitan".

Si el suicidio es, al decir de Chesterton, "el Pecado”, puesto que expresa el desdén por la vida y por toda la existencia, el suicidio asistido es aún más dañino y destructor, pues convierte en cómplices a quienes deberían cuidar y curar (el personal de salud) y a quienes deberían proteger y amar (la familia), ya que no en pocas ocasiones los pacientes, cuyo estado los hace sumamente vulnerables, son presionados a optar por la llamada “muerte digna” por el personal médico y en ocasiones hasta por los propios hijos. Si el aborto pone a los padres contra los hijos, la eutanasia pone a los hijos contra los padres.

Nuestro mundo materialista y hedonista rechaza la compasión cristiana y, en su lugar, promueve la eliminación de sus miembros más vulnerables, a quienes trata como si fuesen una carga o un estorbo. Además, al más puro estilo orwelliano, enmascara la eutanasia y el suicidio asistido detrás de atractivos conceptos tales como “atención médica”, “ayuda para morir” y “muerte digna”.

Mas las palabras pueden enmascarar la realidad, pero no cambiarla, por lo que nuestra sociedad, con su abierto y constante rechazo a la ley natural, se está suicidando moral y físicamente. Al despreciar lo trascendente hemos terminado por negar lo natural, al rechazar el alma hemos acabado por despreciar el cuerpo y, al apartarnos de Dios y de su ley, estamos destruyendo al hombre mismo.

Aunque la experiencia del sufrimiento propio o de nuestros seres queridos puede ser sumamente difícil y hasta extenuante, acabar con la vida, ya sea propia o ajena, nunca es la solución. La vida es un don preciosísimo y ni la dependencia, ni la vulnerabilidad, ni el sufrimiento debe llevarnos a buscar adelantar la cita con la muerte, decidiendo algo que sólo le corresponde a Dios.

Asimismo, se olvida que, especialmente ante circunstancias difíciles, el paciente necesita medicamentos y tratamientos, sin duda fundamentales, pero sobre todo requiere el consuelo y el auxilio espiritual que lo ayuden a fortalecer su fe y su esperanza. Ante el sufrimiento, la fragilidad o la incapacidad, el hombre, no solo no pierde su dignidad, sino que tiene la oportunidad de crecer y santificarse. Pues el mayor de los sufrimientos, la peor de las incapacidades, la más dolorosa y devastadora de las enfermedades, tienen un poder salvífico enorme si se unen los padecimientos a la cruz de Cristo.

Como nos recuerda San Francisco de Asís, en el sufrir con paciencia está la perfecta alegría. Así pues, busquemos ahora a Cristo sufriente, para que un día también nosotros podamos unirnos con Él y gozar de la dicha de la bienaventuranza celestial.

Pidamos a San José, patrón de los moribundos, que en nuestras postreras horas contemos con los santos sacramentos y nos conceda la gracia de una buena muerte, de tal forma que ésta sea, no el final, sino el comienzo de la vida eterna.

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