Miércoles, 29 de junio de 2022

Religión en Libertad

San Agustín y el matrimonio

Contraluz de una pareja de recién casados.
San Agustín ve en el matrimonio tres bienes: los hijos, la fidelidad mutua y el sacramento. Foto: Jonathan Borba / Unsplash.

por Pedro Trevijano

Opinión

En el siglo V, San Agustín presenta una doctrina bastante elaborada. Su pensamiento sobre el amor es muy rico. Al encarnarse Cristo no tomó tan solo el alma humana, sino también el cuerpo. Contra los maniqueos afirma que los miembros de los santos, incluidos los genitales, no son deshonestos, aunque sí lo es su uso ilegítimo. El amor es la máxima apetencia del alma y la fe nos hace amar a los demás hombres no sólo como personas, sino sobre todo como hijos de Dios. El matrimonio lo considera como la comunión del hombre y la mujer en virtud de su diversidad sexual y con el fin de continuar la vida, es decir algo bueno, situado en el orden de la creación, y por tanto no una consecuencia del pecado original, sino bendito por Dios y elevado por Cristo al papel sublime de representar su propia unión con la Iglesia.

Alabar la virginidad no es condenar el matrimonio, sino colocarla por encima de otra cosa buena. La bondad del matrimonio proviene de sus fines: proles, fides, sacramentum, que aún hoy se siguen considerando como los elementos o propiedades esenciales del matrimonio.

Para él, proles es la generación y educación de los niños; fides, la fidelidad de los esposos en la castidad y amor mutuo que excluye todo adulterio y endereza el instinto sexual; sacramentum es el valor simbólico del matrimonio en relación a Cristo y su Iglesia, simbolismo que lleva consigo la unidad e indisolubilidad del matrimonio. No cabe duda de que para él el matrimonio es un sacramento en sentido largo, puesto que es una cosa santa y signo de una realidad sagrada. Pero en ninguna parte dice que sea fuente de gracia.

Con respecto al acto conyugal, tiene una concepción severa. Desde la caída, este acto es inseparable de la concupiscencia, que es siempre un mal. Esto no significa que el acto sexual lo sea necesariamente también, pero sí da al sexo una tonalidad pesimista, pues sólo encuentra sentido en la finalidad procreadora. Cuando los esposos se proponen como fin la procreación, el acto conyugal es sin pecado, legítimo, honroso, incluso un deber. Es pecado venial por el contrario si los esposos mezclan con este fin legítimo la intención voluptuosa o si buscan sólo el placer. El motivo es fundamentalmente la pasión que lo envuelve y que priva al ser humano de la racionalidad y libertad que configuran y definen su humanidad. (Hoy en día se considera perfectamente lícito el acto sexual bien hecho, incluso por placer, siempre, naturalmente, que no haya abuso. Esta afirmación de Agustín nos enseña sin embargo que en el sexto siempre ha habido faltas que se han considerado pecados leves. No tenemos por qué presuponer que todo es pecado mortal).

Tampoco llega a descubrir que el significado intrínseco del acto sexual es encarnar el amor conyugal, permaneciendo por tanto con una concepción pobre y excesivamente biológica de este acto, lo que originará una moral sexual demasiado rígida y negativa.

La concepción excesivamente fisicista del hombre y de los actos matrimoniales lleva a Agustín a no diferenciar la sexualidad del hombre de la del animal. Ésta no tiene otra razón de ser sino la continuación de la especie: por consiguiente el orden en toda relación sexual deberá seguir el orden de la naturaleza, que no sólo significa acomodarse a las leyes biológicas del acto, sino realizarlo buscando la procreación. Por lo mismo, usar del acto cuando la generación no es posible, es un desorden: “Dar el débito conyugal no constituye crimen alguno; pero exigirlo ultra generandi necesitatem constituye una falta venial” (El bien del matrimonio 7,6; PL 40,378).

Esta doctrina tendría profundas repercusiones a lo largo de la historia de la espiritualidad cristiana. Llevada a su extremo, desembocó en el jansenismo de la Edad Moderna, que es incapaz de concebir la vida sexual en otros términos que no sean los deberes conyugales. Pero también explica lo que se ha llamado el natalismo católico: el matrimonio es valorado en función de los hijos, olvidándose de la dimensión de la pareja.

Esto no quiere decir que haya que rechazar toda la teología agustiniana del matrimonio. Agustín tuvo una percepción muy justa del peligro de una vida sexual centrada en la búsqueda del placer por el placer, con el riesgo de cerrarse a la dimensión espiritual de la relación conyugal y de la apertura a Dios.

Podemos decir que la literatura cristiana de los primeros siglos reconoce que el matrimonio cristiano tiene un sentido y unas exigencias a la luz de la fe. Parte del principio de que el matrimonio es obra de Dios, recibe la influencia de la gracia de Jesucristo y está destinado al bien de la pareja y de la especie humana, si bien sufre las consecuencias del pecado original, especialmente en lo que se refiere a las dificultades del hombre para dominar el instinto carnal.

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