Jueves, 02 de julio de 2020

Religión en Libertad

Un sacerdote que muere al pie del cañón


por Carmelo López-Arias

Opinión

Don Urbano amaneció el 1 de enero preparándose para cumplir con su deber: decir la primera misa de 2020. No llegó a hacerlo. Una caída en las escaleras del despacho parroquial le produjo graves lesiones y, tras dos semanas de ingreso hospitalario, la muerte. Tenía 85 años y podría haberse jubilado mil veces, pero no quería ser otra cosa que párroco, ni dedicarse a nada que no fueran las obligaciones parroquiales. A ellas se siguió entregando, a base de fuerza de voluntad, cuando era evidente que las piernas ya no le respondían.

En sus últimos años no pudo seguir viviendo solo y encontró la acogida de un hogar amigo, sin el cual tal vez habría tenido que ceder a las exigencias de la edad y de sus graves dolencias. Así evitó rendirse y pudo seguir al pie del cañón. No entendía el cuidado de las ovejas que le habían sido encomendadas como un funcionariado del que puede uno declararse exento una vez cumplidos determinados requisitos, sino como un compromiso de vida del que responder cada noche ante Dios. Ese Dios a cuyo altar se había acercado por primera vez en 1960 para consagrarle, como dice el salmista (cfr Sal 43, 4), "la alegría de su juventud".

Lo del compromiso de vida con la parroquia fue, en su caso, no un ideal sino una realidad biográfica. Tras algunos destinos en su Galicia natal, Don Urbano Rodríguez fue párroco de la iglesia de San Pedro en Ponferrada durante 48 años. No es frecuente una permanencia tan prolongada, ni ser despedido con el llanto unánime de una comarca, la berciana, que le tenía casi como un referente de identidad. 

El enorme templo que rigió durante casi medio siglo solo ha conocido llenos similares a los de su funeral en las multitudinarias misas del Domingo de Ramos, tras su querida procesión del borriquillo, que ya no presidirá más. Miles de personas agradecieron así haber recibido de él el bautismo, la formación cristiana, la primera confesión, la primera comunión, la bendición matrimonial, el consuelo y la oración postrera en entierros siempre amargos...

Concelebraron la misa de exequias casi medio centenar de sacerdotes. Vacante la sede de Astorga tras el inesperado fallecimiento en mayo de monseñor Juan Antonio Menéndez, pronunció la homilía el administrador diocesano, Don José Luis Castro, quien destacó precisamente esa entrega cotidiana de Don Urbano a sus feligreses, literalmente hasta el último suspiro: "Lo quiso hacer por amor al Señor y a la diócesis, a la que veía tan necesitada de sacerdotes. Entendía que un sacerdote debe caminar hasta el final en su ministerio sin dejar de luchar ni dejar de querer ser un instrumento fiel en las manos de Dios, aunque las fuerzas no acompañaran como cuando era joven".

Pero, añadió, había algo por lo que "sufría mucho más... Cuando notaba la indiferencia religiosa y el alejamiento de Dios de los que el Señor le había confiado y confesaba no saber muy bien cómo atraerlos o ilusionarlos".

Hoy que la Iglesia parece tambalearse, cuando inminentes nubes negras se ciernen incluso sobre la propia identidad sacerdotal, y cuando parece llegado ese momento que temía Hugo Wast en el que, acosadas y menguadas las filas de los hombres que sirven al altar, "se conmoverán los cielos y estallará la Tierra, como si la mano de Dios hubiera dejado de sostenerla", los jóvenes seminaristas y los nuevos párrocos precisan modelos que no sean puramente teóricos. Se puede hablar hasta el infinito de cómo organizar una parroquia, de si su pastor ha de ser de esta manera o de aquélla, de por qué la casa de Dios se vacía, de qué resortes pulsar para colmarla de nuevo, de cómo evitar que el mundo agoste la semilla de la fe o de si el problema es que la semilla de la fe estaba mal plantada. Pero todo ello serán solo discursos vacíos (el "humo, polvo, sombra, nada" de Góngora) si al frente del rebaño no está un hombre dispuesto a consagrarle cada minuto de su vida a sus fieles y que, con sus aciertos y errores, viva solamente con el deseo, sentido como responsabilidad esencial, de llevarlos de la mano hasta las puertas del cielo.

Ése fue Don Urbano, y ese recuerdo queda. Pese a todo lo padecido, morir dejando esa huella no es mal morir.

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