Viernes, 27 de enero de 2023

Religión en Libertad

Totalitarismo e ideología de género

Persona votando en una urna.
Si no se reconocen principios superiores y trascendentes arraigados en Dios y en la dignidad del hombre hecho a su imagen y semejanza, la libertad individual se transforma en la obligación de someterse a los dictados de la mayoría. Foto (contextual): Arnaud Jaegers / Unsplash.

por Pedro Trevijano

Opinión

La Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU del 10 de diciembre de 1948 fue escrita poco después de la Segunda Guerra Mundial, bajo el horror de los crímenes que un gobernante, Hitler, llegado legítimamente al poder, había cometido. La promulgación de esta Declaración ha sido uno de los grandes momentos de la Historia, pues en ella la democracia encuentra una de sus mejores expresiones. Los derechos humanos basados en la dignidad humana y en la Ley Natural son algo que atañe a todo ser humano. Interesan, por tanto, a la Iglesia y al Estado, así como a cada ser humano en particular, no siendo en consecuencia algo exclusivo de los gobernantes, sino de todos. Con ella, no sólo las legítimas reivindicaciones de la libertad individual, sino también las de la justicia económica y social pueden apoyarse en un texto concreto y de alcance mundial.

No nos extrañe, por tanto, que todos, incluso aquellos abiertamente totalitarios, como son los comunistas, nos digan que ellos, por supuesto, son demócratas. Ejemplo manifiesto de esto fue la Alemania comunista, que se hacía llamar República Democrática de Alemania.

El ideal democrático consiste en proteger y respetar los derechos humanos que posee el hombre por su dignidad intrínseca. Muchos de estos derechos son valores fundamentales. Actuar contra la Declaración Universal de Derechos Humanos es no sólo ponerse del lado del Mal, sino también negar la democracia. No basta con hablar de democracia, hay que practicarla. Una democracia sin valores es un totalitarismo visible o encubierto. La pregunta es: ¿quién es el que no respeta los valores humanos y por tanto no es demócrata?

Entre los no creyentes, algunos afirman que si no se es agnóstico o relativista, no se es un verdadero demócrata, porque el pensar que hay una Verdad y un Bien objetivos imposibilita el diálogo sincero entre las personas. La postura laicista tiene al menos el mérito de la claridad: para ser demócrata hay que ser laicista y el que no opina así sencillamente no es demócrata, con lo que estamos ante el pensamiento único obligatorio y políticamente correcto, lo que es obviamente totalitario. Es decir, buscan una libertad ilimitada, con plena autonomía moral, o sea poder obrar según el propio albedrío, desvinculada de toda norma, porque la dignidad de la persona humana exige que ésta no deba aceptar ninguna norma que le venga impuesta desde fuera. Hago lo que quiero, y soy yo quien decide.

Pero si todos hacemos lo que nos da la gana, es el caos. Por ello éstos opinan: “Como somos demócratas, el fundamento de todas nuestras leyes y de nuestra convivencia debe ser la voluntad popular”. ¿Y cómo sabemos cuál es la voluntad popular? “Pues muy fácil, lo que decida el Parlamento”. Con lo cual, evidentemente, ya no soy yo quien decide y mi libertad plena y total desaparece, e incluso no se me admite la objeción de conciencia. Es curioso cómo los defensores de la libertad a ultranza acaban destruyendo la libertad que me requiere mandar en mí mismo para actuar con responsabilidad. ¿Pero esto no es totalitarismo? ¿Y en qué consiste éste? Veamos lo que nos dice la Iglesia.

San Juan Pablo II, en su encíclica Centesimus Annus, nos lo expresaba así: “Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana… El totalitarismo nace de la negación de la verdad en sentido objetivo. Si no existe una verdad trascendente, con cuya obediencia el hombre conquista su plena identidad, tampoco existe ningún principio seguro que garantice relaciones justas entre los hombres: los intereses de clase, grupo o nación [hoy añadiríamos también 'sexo': la encíclica es de 1991, n.n.] los contraponen inevitablemente unos a otros. Si no se reconoce la verdad trascendente, triunfa la fuerza del poder, y cada uno tiende a utilizar hasta el extremo los medios de que dispone para imponer su propio interés o la propia opinión, sin respetar los derechos de los demás… La raíz del totalitarismo moderno hay que verla, por tanto, en la negación de la dignidad trascendente de la persona humana, imagen visible de Dios invisible y, precisamente por esto, sujeto natural de derechos que nadie puede violar: ni el individuo, ni el grupo, ni la clase social, ni la nación o el Estado” (nº 44).

La ideología de género es una concepción equivocada de la vida, al no creer en Dios, en la Verdad y en el Amor.

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