Jueves, 14 de noviembre de 2019

Religión en Libertad

Por qué los armarios son también para los adultos


El valor de los cuentos de hadas se descubre en la forma en la que reflejan esta realidad celestial. Sirven como lentes a través de las cuales lo celestial puede verse en la tierra, una lente que permite captar las realidades más profundas y más importantes. Nos permiten juzgar el mal desde la perspectiva del bien, y lo imperfecto desde la perspectiva de la perfección.

por Joseph Pearce

Opinión

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Por todos los conceptos y bajo cualquier criterio, Las crónicas de Narnia figuran entre los libros más populares jamás escritos. Numerosos e importantes estudios sobre los bestsellers de todos los tiempos sitúan El león, la bruja y el armario [Narnia 1] en el Top Ten, unos pocos puestos por debajo de El Señor de los Anillos, de J.R.R. Tolkien, amigo de C.S. Lewis. Fue votado entre las diez novelas más populares de todos los tiempos en un importante estudio nacional realizado por la BBC en el Reino Unido en 2003.  Dos estudios distintos publicados en 1971 y 1994 sobre los autores favoritos de los niños mostraban que “C.S. Lewis mantiene de forma consistente un lugar destacado a lo largo de dos décadas” [1]. Si en 1971 Lewis era el octavo en una lista de trece autores, en el estudio de 1994 se había alzado hasta el segundo puesto de la lista de los mismos trece autores, sugiriendo que su estrella no era de las que declinan con las modas del momento, sino que seguía en línea muy ascendente. Igualmente significativo es el hallazgo, en el estudio de 1994, de que chicos y chicas escogían a Lewis “más o menos por igual”, y “aproximadamente igual” en los tres tramos de edad (diez, doce y catorce años) [2]. Aunque es difícil contrastar cifras globales exactas de ventas, se calcula que se venden al año en todo el mundo 3,5 millones de ejemplares de El león, la Bruja y el Armario, en ediciones publicadas en 33 idiomas, y estas cifras no incluyen los millones de ejemplares de los otros seis títulos de la serie [3]. Claramente no es exagerado hablar del fenómeno C.S. Lewis o de la industria C.S. Lewis.
 
Tan extraordinario éxito no sirve para aplacar el desprecio con el que contemplan estos libros aquellos que consienten que la arrogancia de la ignorancia nuble su juicio. La respuesta de esa gente tuvo como exponente la forma en la que el éxito de El Señor de los Anillos fue saludado después de que en 1997 fuese votado como “el más grande libro del siglo” en una encuesta nacional en el Reino Unido. “Tolkien… eso es infantil, ¿no? O de adultos retrasados”, se burló el escritor Howard Jacobson: “Esto muestra la estupidez de estas encuestas, la estupidez de enseñar a la gente a leer. Que cierren todas las bibliotecas. Dedicad el dinero a otra cosa. Es otro día negro para la cultura británica” [4]. Griff Rhys fue igualmente despectivo en el programa Bookworm de la BBC, afirmando que la epopeya de Tolkien no iba más allá que “los entretenimientos y rituales infantiles” [5], un juicio que sin duda extendería a Las Crónicas de Narnia.
 
Y, sin embargo, a pesar de sus arrogancias, a pesar de su orgullo y su prejuicio, ¿no tienen razón los críticos, al menos en lo que a Narnia se refiere? Incluso si concedemos que El Señor de los Anillos es para adultos, seguramente no puede decirse lo mismo de los libros de Narnia. A diferencia de El Señor de los Anillos, los siete libros que componen Las Crónicas de Narnia fueron escritos específicamente para niños. Seguramente son solo para niños.
 
Pues no, dice alguien capaz de ver el auténtico valor de los cuentos de hadas. G.K. Chesterton, por ejemplo. Aunque nunca tuvo el placer de introducirse en Narnia, pues murió antes de que Narnia naciese, podemos estar seguros de que habría sido uno de sus mayores entusiastas. “Los cuentos de hadas son tan normales como la leche o el pan”, escribió Chesterton. “La civilización cambia: pero los cuentos de hadas no cambian nunca. Algunos de los detalles del cuento de hadas pueden parecernos extraños a nosotros; pero su espíritu es el espíritu del folk-lore; y el folk-lore es, en una traducción estricta, el sentido común germánico… Los cuentos de hadas transmiten cosas extraordinarias vistas por gente corriente. El cuento de hadas está lleno de salud mental… A todos los efectos, el asunto de los cuentos de hadas es simplemente el antiguo y perdurable sistema de la educación humana. Un dragón de siete cabezas es, quizá, un monstruo muy terrorífico. Pero un niño que nunca ha oído hablar de él es un monstruo mucho más terrorífico que él” [6]. ¡Sí, así es! Uno piensa en ese monstruo terrorífico, Eustace Clarence Scrubb, en el principio de La Travesía del Viajero del Alba [Narnia 3], mucho más terrible como niño que cuando se transforma en un dragón, más adelante en la historia.
 
Pocos años después, Chesterton volvió al tema de los cuentos de hadas en el maravilloso capítulo "La ética en tierra de duendes" de su libro Ortodoxia, un capítulo que influiría enormemente tanto en Tolkien como en Lewis: “El reino de las hadas no es más que el luminoso reino del sentido común”, escribió. “No toca a la tierra juzgar al cielo; pero sí al cielo juzgar la tierra. Pues igualmente me parecía que la tierra no podría criticar el reino de las hadas, sino éste criticar a la tierra” [7]. Chesterton no está diciendo, por supuesto, que el cielo y las cosas del cielo son meros cuentos de hadas. (¡No lo quiera Dios!) Lo que está diciendo es que el cielo y las cosas del cielo, y específicamente el Dios del cielo, precedieron a las cosas de la tierra. Primero fueron las cosas celestiales. Las realmente celestiales. Las cosas de la tierra fueron creadas. Puesto que lo sobrenatural precede a lo natural, y lo natural procede de lo sobrenatural, es obvio que lo sobrenatural prevalece sobre lo natural. Por eso es el cielo el que juzga a la tierra y no es la tierra la que juzga al cielo. El valor de los cuentos de hadas se descubre, pues, en la forma en la que reflejan esta realidad celestial. Sirven como lentes a través de las cuales lo celestial puede verse en la tierra, una lente que permite captar las realidades más profundas y más importantes. Nos permiten juzgar el mal desde la perspectiva del bien, y lo imperfecto desde la perspectiva de la perfección. Por eso Tolkien insistía en que los cuentos de hadas “está claro que no se refieren primordialmente a la posibilidad, sino a la deseabilidad” [8]. Nos muestran lo que es desde la perspectiva de lo que debería ser.
 
“Aquí solo me propongo tratar”, escribió Chesterton, “de la ética y la filosofía que la educación de los cuentos de hadas engendra”: “Si me pusiera a describir en detalle los cuentos de hadas, más de un principio noble y saludable pudiera extraer de ellos. Recuérdese, por ejemplo, la caballeresca lección de Juanito el Matador de Gigantes: hay que matar a los gigantes porque son gigantes; es una rebelión varonil contra el orgullo injustificado… Recuérdese también la lección de la Cenicienta, que es la misma del Magníficat: exaltavit humiles. O la generosa lección de La Bella y la Bestia: hay que amar las cosas antes de que sean amables. O véase la terrible alegoría de La Bella Durmiente, donde se cuenta cómo la criatura humana, al nacer, entre los dones de bendición recibió la maldición de la muerte; y cómo la misma muerte puede desvanecerse hasta transformarse en un sueño. Mas no me propongo examinar cada una de las estatuas que pueblan el jardín de los elfos, sino el espíritu conjunto de sus leyes, que antes de saber hablar aprendí y que retendré cuando ya no sepa escribir. Me propongo examinar cierta interpretación de la vida que brotó en mí al arrullo de los cuentos de hadas, y que, más tarde, los hechos han ido corroborando poco a poco” [9].
 
En otras palabras, reitero, los cuentos de hadas nos ofrecen el marco moral necesario para ver el mundo tal como es (con todas sus gloriosas elevaciones y sus más crueles abismos) desde la perspectiva de la forma en la que debería ser. Aprendemos a valorar a los desamparados y a despreciar a los tiranos; aprendemos que las pequeñas cosas deben ser defendidas del poder de los poderosos, que es el principio de subsidiariedad tal como lo consagra la doctrina social católica. Aprendemos a amar a los pobres y a gozar con la exaltación de los humildes; aprendemos que los feos, los deformes y los discapacitados deben ser amados y no rechazados; aprendemos que incluso el poder de la muerte puede ser derrotado. Tales lecciones no son solo valiosas y deseables, son incalculables y necesarias. No recibir esos regalos no solamente nos empobrece: nos deshumaniza. Nos hacemos menos de lo que deberíamos ser, menos de lo que se supone que debemos ser. Nos convertimos en dragones que devoran a los inocentes y asolan el mundo que nos rodea.

[1] Christine Hall y Martin Coles, Children’s Reading Choices, Londres: Routledge, 1999, pp. 45-6.

[2] Ibid.

[3] Michael Ward, Planet Narnia, Nueva York: Oxford University Press, 2008, p. 224.

[4] Sunday Times, January 26, 1997.

[5] Bookworm, BBC1, July 27, 1997.

[6] G.K. Chesterton, “Education by Fairy Tales” en Illustrated London News, 18 de noviembre de 1905; recogido en The Chesterton Review, Vol. XXVIII, números 1 & 2 (Febrero/Mayo 2002), p. 9.

[7] G.K. Chesterton, Orthodoxy, San Francisco: Ignatius Press, 1995, p. 54.

[8] J.R.R. Tolkien, “On Fairy-Stories,” en J.R.R. Tolkien, Tree and Leaf, Londres: Unwin Paperbacks, 1988, p. 39.

[9] Chesterton, Orthodoxy, p. 55

Publicado en The Imaginative Conservative.
Traducción de Carmelo López-Arias.
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