Martes, 22 de septiembre de 2020

Religión en Libertad

Anclados en la pandemia, para liberarnos


por Jordi-Maria d´Arquer

Opinión

“El verdadero peligro que se cierne sobre la vida no es la amenaza de muerte, sino la posibilidad de vivir sin sentido, de vivir sin tender hacia una plenitud mayor que la vida y una salvación mayor que la salud. Esta pandemia (...) es entonces una oportunidad para que todos nosotros nos detengamos realmente, no solo porque estamos forzados, sino porque hemos sido invitados por el Señor a estar ante Él (...), que permanece y camina con nosotros”. Lo afirmaba el Abad General de la Orden Cisterciense, una congregación especialmente comprometida con la penitencia de la Cruz.

Lo afirmaba de otro modo el Papa Francisco en la homilía preparatoria de la oración para la bendición Urbi et Orbi del 28 de marzo de este año 2020. Una bendición que sólo se imparte en Navidad y Pascua, además de alguna ocasión muy especial. “Esta es la fuerza de Dios: convertir en algo bueno todo lo que nos sucede, incluso lo malo. Él trae serenidad en nuestras tormentas, porque con Dios la vida nunca muere”.

Examinémonos, que ya toca. ¿De verdad soportamos la Cruz con esa solidez de espíritu? ¿Somos capaces de ver lo bueno detrás o, incluso, dentro de lo malo? En realidad, así es como evoluciona el ser humano hacia la meta que es el Cielo, cuando hace ese descubrimiento, que es un Cielo anticipado. Remarquemos que, al margen de si en el sufrimiento vemos la Cruz cristiana o no, el sufrimiento “optimista” es un descubrimiento que pueden hacer y hacen tantas personas de buena voluntad que no creen en Dios, pero que saben valorar el mensaje de nuestro Redentor como proveniente de un guía y testigo excepcional.

Así es. La Cruz se presenta sin avisar en toda persona humana. Pero señalemos que solo los cristianos, más bien los católicos, sabemos ver -si obtenemos esa merced de Dios- la Cruz en todo sufrimiento. Porque la Cruz, vista así, es lo positivo de nuestras vidas, porque nuestro Salvador la venció con su crucifixión. “Mirad el árbol de la Cruz donde estuvo clavada la salvación del mundo. Venid a adorarlo”, cantamos con el oficiante en los Oficios del Viernes Santo.

Cruz: sufrimiento “positivo”. ¿Por qué? Porque sabe ser árbol: vida, nacimiento, crecimiento, frutal, semillero. Salvación: Cielo, bienaventuranza eterna. Adoración: reconocimiento de Dios como Creador y Señor, como Autor de Amor de todas y sobre todas las cosas.

Lo dibujó el Papa Francisco poéticamente en su oración previa al Urbi et Orbi: “Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados, para que nada ni nadie nos separe de su Amor redentor”.

Nuestro peligro está en no ver ese lado bueno que nos trae la Cruz. Entonces caemos, como caen los cabellos muertos. En esa sanación que nos regala esa bendición, en ese saber advertir la voz en la brisa está la salvación en la Cruz. Es entonces cuando encaramos el norte, cuando mantenemos firme el rumbo sin desfallecer en la tormenta, ciertos de que por esa ruta llegamos a nuestro puerto, que es el Cielo.

“No somos autosuficientes; solos nos hundimos. Necesitamos al Señor como los antiguos marineros las estrellas”, sentenció el Papa en la misma ocasión. Y no lo hizo en un  día cualquiera, sino en su intercesión como Cabeza de la Iglesia, Patrón de la Humanidad, ante Dios nuestro Señor.

Llegamos a establecer, así, un diálogo con nuestro Creador. Porque, como remarcó aún el Papa, “El Señor nos interpela desde su Cruz a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la llama humeante (Cfr. Is. 42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza”. “Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza”.

Ya vemos. Con este descubrimiento, en efecto, llegamos a advertir como estamos advirtiendo en esta pandemia, si nos abrimos a la Voz de Dios, que la vida es un don, un regalo de nuestro Creador, y no una potencia en competencia con otras para hacer lo que nos plazca a costa de lo que sea y quien sea, y mucho menos para imponernos a nuestros semejantes. Si lo vemos, si lo oímos, cantemos juntos. Seamos coherentes.

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