Jueves, 29 de octubre de 2020

Religión en Libertad

Miedo a morir y miedo a vivir

La pandemia de coronavirus, con la difusión del miedo, ha desvelado mucho sobre lo que se piensa de la vida y de la muerte.
La pandemia de coronavirus, con la difusión del miedo, ha desvelado mucho sobre lo que se piensa de la vida y de la muerte.

por Miguel Ángel Martínez López

Opinión

El miedo a morir y el miedo a vivir acaban caminando juntos de forma inevitable. Lo hemos visto en la pandemia del coronavirus, pero se da en otras muchas situaciones.

Un extremo lo encontramos en aquellos que, bloqueados por el miedo, se encierran para evitar todo riesgo posible. En este caso, es claro como el miedo a morir les lleva a temer vivir. Su vida se convierte en una reclusión, en una especie de huida hacia el interior de la cueva. El miedo a vivir se hace patente en este caso. ¿Vale la pena evitar la muerte si a cambio se renuncia a vivir la vida?

El otro extremo lo encontramos en los que niegan el peligro. El miedo a morir les lleva a rechazar esa posibilidad. Se dicen: «No voy a morir nunca» o «Poco me importa morir», y desprecian todo tipo de precaución. Descartan la muerte de sus vidas, ignoran lo que ocurre a su alrededor y ponen en peligro a sus semejantes. ¿Puede llamarse vida a ese vivir temerario de espaldas a la muerte? Porque la vida de verdad incluye la muerte, se vive y se muere al mismo tiempo, y por tanto vivir incluye la prudencia, la precaución, la responsabilidad y la generosidad. ¿Vivir en la frivolidad no es una forma de temer la vida verdadera?

Esta posición frívola recuerda aquella deliciosa escena de Ratatouille, cuando el farsante chef Linguini reprocha al crítico Anton Ego que no puede gustarle la comida porque está muy flaco, a lo que el ampuloso crítico responde: “No me gusta la comida, la adoro, y si no la adoro no me la trago”. Vivir frívolamente es como comer cualquier cosa, y el que come cualquier cosa es porque no aprecia el valor de la comida. Vivir frívolamente es una forma de despreciar la vida.

Otros, podrían llevar el planteamiento de Anton Ego a otro extremo: renunciar a comer para siempre. Eso es el suicidio. De nuevo aparece el miedo a la vida. Se rechaza la vida por lo que tiene de muerte continua. Se prefiere morir de golpe.

Por todas estas razones, en estos momentos de incertidumbre, muchos se replantean el valor de sus vidas y se ven apremiados a tomar decisiones importantes. Ante la amenaza de la muerte, el valor de la vida recupera su protagonismo. Ni la huida, ni la frivolidad, ni el suicidio son opciones satisfactorias para el deseo de vivir en plenitud. ¿Qué hacer entonces si mi vida no me satisface?

Entonces nos interpelan aquellas palabras misteriosas de Cristo: “Yo soy el camino y la verdad y la vida” (Jn 14, 6).

Miguel Ángel Martínez es escritor, editor en Ediciones Trébedes (donde mantiene un blog de Literatura Cristiana) y colaborador de Escritores.red

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