Viernes, 14 de agosto de 2020

Religión en Libertad

Tenemos razón en sentir un anhelo de belleza


por Anthony Esolen

Opinión

Solemos decir que no hay que juzgar un libro por su portada para decir que no hay que juzgar a un hombre por su apariencia, o por su comportamiento. En parte es así. "'¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento?'", pregunta Jesús, refiriéndose a Juan el Bautista (Mt 11, 7-8). Deberíamos pensar menos en la forma y más en el fondo. "Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos" (Mt 6, 28-29).

Sin embargo, cuando el Señor subió a la montaña con Pedro, Santiago y Juan, sus vestidos fue la primera cosa que ellos observaron: "Y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo" (Mc 9, 2-3). Ningún batanero podría hacerlo, pero hay una lejía que penetra en la suciedad y la porquería de nuestra vida y hace que nuestros vestidos resplandezcan. "'Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero'", dice el apóstol Juan en el Apocalipsis (7, 14). Cuando el hijo pródigo vuelve a casa y reconoce sus pecados, el padre le viste: "'Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies'" (Lc 15, 22). Y acordémonos del hombre que fue a la fiesta del rey sin un vestido adecuado y cuando el rey le preguntó por qué, "el otro no abrió la boca" (Mt 22, 12).

Es muy fácil para nosotros leer estos versos de manera alegórica y olvidarnos de la carne y los vestidos. Es evidente que hay cosas que son llamativas, pero otras están realmente iluminadas por la calidez. Algunas personas se ocultan bajo un manto de respetabilidad; otras, en cambio, están cubiertas por la vestidura de la nobleza que surge de ellas. No tenemos elección, juzgamos por lo que vemos. El remedio para nuestra tendencia a mirar mal es aprender a ver bien. El remedio para la estridencia no es el aburrimiento o el desaliño, sino la belleza.

Algo del alma que deseamos ver se abrirá camino resplandeciendo y tejerá los lineamentos de su vestido. Así sucede con las almas bendecidas en la obra de C.S. Lewis El gran divorcio, que descienden las montañas del cielo para invitar a las almas perdidas a nacer de nuevo: "Unos estaban desnudos, otros vestidos. Pero los desnudos no parecían menos engalanados, y las túnicas no disimulaban en quienes las llevaban la maciza grandiosidad de los músculos y la refulgente lisura de la piel".

En Esa horrible fortaleza, Lewis viste a su héroe, Ransom, de azul y con una pequeña diadema mientras conversa con el mago Merlín, "para honrarlo", dice, porque en los días de Merlín "salvo por necesidad, los hombres no se vestían con informes sacos de tela ni el pardo era el color favorito". La vestimenta revela la realidad que hay dentro. Sucede lo mismo cuando las mujeres del St. Anne se visten para un banquete, y cada una acepta que otra le elija el vestido. La corpulenta Mrs. Dimble, de mediana edad, se pone un vestido que nunca habría elegido para sí, pero que resulta el apropiado para ella: "Porque aquella esposa provinciana de un obscuro profesor, aquella mujer respetable y estéril de cabello gris y doble papada estaba delante de ellas, inconfundible, como una especie de sacerdotisa o sibila, sirvienta de alguna diosa prehistórica de la fertilidad, vieja matriarca de una tribu, madre de madres, grave, formidable y augusta... '¿No estoy horrible?', preguntó Mrs. Dimble... 'Está usted terrible, en el viejo sentido de la palabra; este es su verdadero aspecto'".

Ahora debería hablar de portadas y atuendo y esplendor, ya que tienen que ver con formas de belleza propias del hombre o de la mujer; de la inocencia de los niños, que debe ser venerada, con reserva; del uso del cuerpo humano para el amor sexual y la procreación; de la diferencia entre una máscara y un velo, una "fachada" y un rostro; de la nobleza, la sencillez, la claridad, la exuberancia, la austeridad y la gloria y de sus imposturas, a saber; la pomposidad, la visión simplista, el vacío, el ruido, la mezquindad y la estridencia.

El salmista anhela "habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo" (Sal 27, 4). Nuestro deber es educar a un pueblo para que pueda sentir ese anhelo. Debería ser fácil. Estamos sedientos y hambrientos de belleza. Cada una de las artes ha traicionado su alma al elegir la fealdad y llamarla honestidad, cuando no es más que una hipocresía tras otra, sierva del vicio. La belleza debería ganar cuando despareciera la rivalidad.

Debería. Pero hacemos caso omiso.

Publicado en Catholic Herald.

Traducción de Elena Faccia Serrano.

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