Miércoles, 19 de junio de 2024

Religión en Libertad

La verdadera libertad de expresión, a la luz de una metodología rigurosa

Una mujer en la calle con un megáfono.
La libertad de expresión no es solo una libertad de maniobra: en el nivel relacional, ha de estar al servicio del bien de la comunidad. Foto: Maayan Nemanov / Unsplash.

por Alfonso López Quintás

Opinión

Lo dicho en los artículos anteriores nos ayuda a tratar con la debida profundidad un tema que, por falta de lucidez, está causando daños graves a la sociedad: la "libertad de expresión". Veámoslo con la metodología rigurosa que estamos aplicando en esta “batalla de las ideas”.

Recordemos que estamos analizando cómo conciliar la libertad y la obediencia.

Sabemos que la palabra obediencia procede del verbo latino ob-audire, oír con atención, escuchar para comprender a fondo. Suele decirse que la libertad y la obediencia se oponen. Agucemos la mente y advertiremos que la libertad más elemental (la "libertad de maniobra", la de hacer sencillamente lo que uno desea) rehúye obedecer a las normas que son meros mandatos.

Esto sucede en el nivel 1, el del trato con objetos, pero todo cambia si subimos al nivel 2, el del trato con “ámbitos”, es decir, con personas y con las obras culturales que ellas generan. En este nivel la libertad de maniobra se convierte en libertad creativa, libertad de crear relaciones de encuentro con personas y con obras culturales. Ambos tipos de realidad nos ofrecen posibilidades creativas, por ejemplo, crear un verdadero diálogo con una persona o dar vida a un poema o a una obra musical. Este tipo de diálogos nos imponen unas normas -respeto, voluntad de colaboración…-, y estas normas no son meros mandatos sino cauces de nuestra creatividad.

Asumir creativamente estos cauces convierte nuestra libertad de maniobra en "libertad creativa". Ya estamos de lleno en el nivel 2, el de la creatividad.

Conviene, por tanto, ser diligentes en la práctica de los análisis que juzguemos necesarios. La luz que ellos irradien nos ayudará a enriquecer nuestra vida interior, el poder de nuestra facultad cognoscitiva y la prontitud de nuestra voluntad para buscar el bien y procurar nuestro ascenso formativo. Figurémonos los horizontes de crecimiento personal que se abren cuando nos afirmamos en la convicción de que en la vida podemos adquirir modos distintos de libertad y nos esforzamos en vivirlos con toda su riqueza.

Qué significa la “libertad de expresión”

Recordemos que, en un momento muy delicado de Europa, el renombrado filosofo Karl Jaspers nos hizo esta advertencia: “La libertad es la victoria aplicada sobre el arbitrio. Pues la libertad coincide con la necesidad de la verdad” (El espíritu europeo, Guadarrama, Madrid, 1957, pág. 291). Estoy de acuerdo en lo que quiere decir. Pero, si deseamos hablar con precisión, hemos de advertir que Jaspers se refiere aquí a la libertad creativa, que es la modalidad que debe adquirir nuestra libertad cuando nos movemos en el nivel 2 por hallarnos en relación con otras “realidades abiertas” o "ámbitos", es decir: otros seres humanos y las obras culturales.

La libertad creativa es la propia de los seres humanos cuando se tratan entre ellos y con obras culturales. Y como ellos son “seres de encuentro”, el ejercicio de su libertad debe dirigirse a promover el encuentro, que es el primer gran hito del proceso humano de crecimiento. Por serlo, la relación de encuentro constituye un gran bien del hombre. Esto explica que -según la más lúcida antropología filosófica actual- la libertad creativa esté siempre orientada a hacer el bien. Podemos, por ello, afirmar que la libertad creativa es dirigida al bien por el dinamismo del proceso humano de crecimiento, propio de un ser relacional como es el hombre.

Esto supone ensanchar su alcance, resaltar su valor y su dignidad. Por tanto, si se utiliza la libertad de expresión –mal entendida como mera “libertad de maniobra”– para dañar injustamente a una persona inocente, se comete el grave error de devaluar la libertad humana, que en el nivel 2 –el de la creatividad y el encuentro personal– está llamada a favorecer la convivencia de quienes nos definimos como "seres de encuentro".

La "libertad de maniobra" es un gran don y ha de ser altamente valorada, pero, cuando la aplicamos a realidades del nivel 2, ha de convertirse –por el dinamismo del proceso humano de desarrollo– en libertad creativa, y ser dirigida, por tanto, al bien de las personas y al de la comunidad en la que se hallan activamente insertas.

Consiguientemente, si alguien quiere delatar, con pruebas, una actividad dañina para el bien común tiene derecho a disponer de libertad de expresión para hacerlo. Tal libertad será creativa. Pero, si se limita a insultar a una persona honrada para descalificarla, comete un atropello injustificado.

Sostener que, cuando alguien desea públicamente la muerte violenta de una persona honorable, “realiza un acto amparado por la libertad de expresión”, implica un fallo metodológico grave: confundir el nivel 1 –el de los meros objetos– con el nivel 2, el de las personas y la creatividad. La capacidad fisiológica de expresar algo la tenemos siempre. La libertad moral de expresar públicamente algo que compromete a otra persona gravemente solo surge cuando uno actúa en virtud del bien común. El hombre es un ser relacional y debe tener siempre en cuenta el bien de la comunidad en que se halla inserto. No le es lícito, por no adecuarse a la lógica del nivel 2, actuar en virtud de sus intereses individuales con el solo fin de saciar un impulso de autoafirmación. 

Los derechos son concedidos para practicar el bien

Rectamente entendida, la libertad de expresión es un derecho del ser humano, ciertamente, pero los derechos se nos otorgan para hacer el bien, no el mal. El ser humano es libre, tiene conciencia clara de que es un yo, dotado de independencia y autonomía, pero, en el nivel 2, esta autonomía y esa independencia deben realizarse de tal manera que se complementen con la colaboración y la solidaridad. Sencilla y brillantemente, como pasa a diario en un canto coral. Los cantores son tan independientes como solidarios, hacen lo que quieren con toda decisión, pero quieren lo que les marca la partitura, interpretada por el director, que dispone de todos, pero no posee a nadie, los dirige como quiere, pero quiere lo que deseó en su día el autor de la obra, con un sentido implacable de lo que es la independencia y lo que es la solidaridad.

La forma óptima de mejorar la calidad de nuestra libertad es transformar nuestra posible actitud egoísta en una actitud generosa. Así, los buenos intérpretes obedecen a la partitura porque la interiorizan y la aman tal como es.

Si nuestra generosidad no sólo nos lleva a crear diálogos fecundos con personas y obras culturales, sino que nos dispone el ánimo para incluso dar la vida para salvar la de un desconocido padre de familia, nuestra libertad alcanza las cimas de la sublimidad, que tanto hemos admirado en el ejemplo del padre Maximiliano Kolbe en el infierno de Auschwitz.

Ya tenemos cuatro formas de libertad: libertad de maniobra, libertad creativa, libertad creativa interior y amorosa, libertad sublime.

Fecundidad de este análisis de la libertad de expresión

Este análisis ponderado puede resultar, al principio, un tanto arduo, pero luego se vuelve leve y reconfortante, porque las realidades muestran toda su riqueza, permiten superar falsas paradojas y oposiciones al ver que ciertos conceptos que aparecen como opuestos en el nivel 1 -libertad y normas, independencia y solidaridad…- aparecen en los niveles superiores como complementarios. Descubrir el carácter complementario de muchos términos aparentemente opuestos es el gran camino para construir hoy una antropología relacional fecunda y fuente de felicidad.

El análisis que ofrezco de la libertad de expresión tal vez parezca a algunos lectores, antes de meditarlo bien, negativo y reductor de los derechos humanos, pero pueden estar seguros de que es sumamente positivo y fuente de felicidad. Las últimas experiencias en el centro de Europa nos invitan, sin la menor duda, a seguir este camino que he escogido: realizar un análisis serio, iluminado por una "mirada profunda".

Lo que sí es propio de la mejor cultura europea desde sus comienzos es la capacidad de verificar sus propias convicciones y saber corregir a tiempo posibles fallos. Al hacerlo, avanza hacia la plenitud y la dicha. Obstinarse en repetir un viaje hacia una meta falsa no es sino fomentar una amarga melancolía. Europa fue grande cuando reconoció que "la verdadera tolerancia es buscar la verdad en común".

Cuando esa búsqueda es verdadera, acaban a menudo los contrincantes por reconocer que todos deben enderezar su camino para encontrarse en la verdadera vía hacia la concordia. Para llegar a esta vía de la conciliación auténtica, unos tendrían que reconocer su error -por ejemplo, en el caso de Charlie Hebdo- de hacer objeto de mofa a una figura venerada por millones de creyentes, y éstos aceptar que el camino para superar un error no es el de la violencia, sino el incremento de la sabiduría, que es el amor a la verdad. Y donde se alían la verdad y el amor reina la armonía, que es fuente eterna de belleza.

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