Domingo, 01 de noviembre de 2020

Religión en Libertad

Familia, demonio y libertad

El demonio aprovecha el señuelo de la «libertad» para esclavizar al hombre. Foto: estatua del Ángel Caído en el Parque del Retiro de Madrid.
El demonio aprovecha el señuelo de la «libertad» para esclavizar al hombre. Foto: estatua del Ángel Caído en el Parque del Retiro de Madrid.

por Pedro Trevijano

Opinión

Si tuviese que resumir el cristianismo en sólo dos palabras, pienso que éstas serían Cristo y Amor. Dado que Satanás es lo contrario a Cristo, aunque es sólo una criatura, creo que la palabra más adecuada pata expresar lo que él pretende, es lo que es lo contrario al amor, es decir el Odio.

El matrimonio entra desde el principio en el plan de Dios, constituyendo amar y ser amado el sentido de nuestra vida: “Por eso dejará el hombre a sus padre y a su madre; y se adherirá a su mujer y serán los dos una sola carne” (Gén 2, 24), versículo que supone una unión estable y fecunda. Se trata de la comunión más íntima posible de pensamiento, voluntad y amor, pero también este “una sola carne” se realiza en los hijos, cuya carne es fruto de ambos, en una unión indisoluble.

La familia, por tanto, ha sido creada para el amor, y es un lugar donde normalmente uno no es querido por lo que es, sino simplemente porque es. La familia resulta del matrimonio entre un hombre y una mujer que se comprometen a compartir sus vidas y están dispuestos a tener hijos y a educarlos. Es el principal escudo del amor, el refugio al que se recurre cuando las cosas van mal. Lo vemos por ejemplo en nuestro país, donde los lazos familiares atenúan las consecuencias de las crisis económicas. Y como es el lugar por excelencia del amor y de la entrega gratuita de uno mismo, al demonio le resulta insoportable una realidad como ésta e intenta destruirla.

Pero el odio del demonio necesita encarnarse y apoyarse en realidades concretas. Se sirvió y se sigue sirviendo del marxismo en que la lucha de clases, el odio y la violencia son el motor de la Historia. Más recientemente, con la ideología de género y el feminismo radical, ya no se tratará de la lucha entre el burgués capitalista y el obrero proletario, sino que la lucha de clases pasa a ser la lucha de sexos, donde el varón pasa a ocupar el lugar del burgués capitalista opresor, y la mujer el de la esclava oprimida.

Es decir, se trata ya de un ataque directo a la familia, y por eso para él el medio de conseguir la destrucción del matrimonio y la familia, es facilitar una serie de prácticas y leyes antivida y antifamilia, como el divorcio exprés, el aborto, las relaciones sexuales extraconyugales, la fornicación, la sodomía, el matrimonio homosexual, la eutanasia, la educación afectivo sexual basada en la ideología de género, la dictadura del lobby LGTBI y, muy especialmente, el quebrantamiento de la fidelidad sexual y de la monogamia. Y es que el odio no construye, sino destruye.

Pero como todo esto no puede presentarse como algo malo, necesita una apariencia de bien. Este bien es el de la libertad. Cada uno es dueño absoluto de su vida y, en parte, también de la de los demás, como ocurre en los casos de aborto y eutanasia. El demonio nos ofrece la libertad absoluta, sin limitaciones naturales o morales, pero para alcanzarla hemos de seguir estas tres reglas: 1) Haz todo aquello que quieras; 2) No debes obedecer a nadie, es decir no te sometas a Dios; 3) Sé tu propio dios.

Ahora bien, como nos dice Jesucristo, el demonio es el “padre de la mentira” (Jn 8, 44). Nos ofrece la libertad, pero su realidad es la esclavitud. Hacer el mal no nos hace precisamente ser más libres ni los que hacen el bien lo son menos.

El conocido filósofo francés Gabriel Marcel habla de dos estadios de libertad: el primero, el más bajo, es el de la libertad de escoger o decidir, por ejemplo decido cometer adulterio o no. Es evidente que se trata de una libertad muy imperfecta y que si me dejo llevar por el mal, terminaré siendo esclavo de mis pasiones y hasta puedo llegar a perder mi libertad, como sucede por ejemplo con la drogadicción. Se trata de un individualismo exagerado, en el que pierdo la dimensión relacional, que es parte de nosotros, y que necesitamos para realizar nuestra personalidad. El segundo estadio es el de la libertad de amar: estoy tan enamorado de mi mujer, que ni se me ocurre engañarla. Es indudable que este segundo grado es mucho más perfecto y mi libertad mucho más valiosa que si me quedo en el primero. Éste segundo tipo de libertad, al servicio del amor, es el que nos conduce a Jesucristo.

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