Jueves, 23 de mayo de 2019

Religión en Libertad

Pecar está bien visto, hablar del pecado no


por Dale Ahlquist

Opinión

El pecado es problemático. Hace algunos años di una charla en una universidad cristiana. No era católica, pero su identidad era claramente cristiana y tenía fama de ser fiel a las enseñanzas y tradiciones de su denominación. Hablé en una clase de teología sobre mi escritor favorito, y cité una frase de Chesterton en Ortodoxia sobre que el pecado original es la única doctrina que podemos demostrar. Todo lo que tenemos que hacer es mirar a nuestro alrededor, las pruebas están por todas partes.

Expliqué que el pecado significa separación -es la ruptura de la relación entre el hombre y Dios- y que la misión de Cristo es restaurar esa relación, devolvernos a la comunión con Dios. Chesterton dice que, a la hora de defender la fe cristiana, el punto de partida obvio es hablar del pecado. El mundo intentará negar la realidad de Dios, la realidad de Cristo, pero no puede negar la realidad del pecado. Pero Chesterton también dice que la nueva teología hace exactamente eso: niega capciosamente la realidad del pecado. Pone el ejemplo de un hombre que está despellejando vivo a un gato. Una persona normal que asista a un hecho así concluirá una de estas dos cosas: o bien que Dios no existe, o bien que en ese momento la unión entre Dios y el hombre no existe. En otras palabras: el pecado existe.

Pero el nuevo teólogo esquiva este dilema. No se molesta en negar la existencia de Dios ni la existencia del pecado. Niega la existencia del gato. Yo señalé que el ejemplo de Chesterton, espantoso y divertido a la vez, es también profético. Si un médico puede hacer pedazos la vida de un niño antes de que nazca, significa una de estas dos cosas: o bien no hay Dios, o bien la unión entre Dios y el hombre se ha roto. Pero el mundo moderno evita ambas conclusiones y simplemente niega la existencia del niño.

Mientras decía todo esto a los estudiantes, lo que me impresionó fue lo poco que les impresionaba a ellos. Parecían en un estado de inexpresivo desconcierto, de inmóvil estupor, de parálisis catatónica. El profesor me dijo luego, a modo de disculpa: “Ya nadie habla del pecado”. Supongo que el pecado es impopular.

Desde luego, en la mayoría de las demás universidades el pecado es lo más popular del campus (pero solo como actividad, no como objeto de discusión teológica) y no lo llaman pecado, ni al practicarlo ni al hablar de él. Pero si no se habla del pecado en una escuela cristiana (y además en una clase de teología), ¿de qué hablan? Y puesto que no hablan del pecado, tampoco hablarán de la confesión, lo cual probablemente es comprensible en una escuela protestante; pero si no hablan sobre el pecado ni sobre la confesión, tampoco pueden hablar del perdón. Realmente Cristo ya no tiene nada que hacer.

Al esquivar el pecado en nuestra doctrina, creamos una no-realidad inabordable. Si no comprendemos el pecado, ciertamente no comprenderemos el perdón. Todo un problema. Un problema que expresó bien Chesterton en una de las mejores historias del Padre Brown. El pequeño sacerdote-detective investiga un antiguo crimen y se encuentra con que a la gente le molesta que el sacerdote husmee en él, porque, aunque ciertamente es grave, sucedió hace mucho tiempo. Intiman al padre Brown a que se mantenga alejado del sospechoso, a dejarle solo. Sin duda el hombre es culpable, pero ¿no puede el sacerdote mostrar un poco de compasión y simplemente dejarlo pasar? ¿No ha sufrido bastante el sospechoso?

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Pero el sacerdote no lo deja pasar. Quiere saber la verdad. Después de todo, se trata de un misterio. Procede entonces a resolver el crimen, descubriendo un delito aún peor. Cuando descubre a los demás el verdadero crimen, les deja anonadados. Se revuelven de golpe contra el criminal a quien habían estado protegiendo. Indignados, no quieren saber nada de él. Pero el Padre Brown les sorprende de nuevo, cuando explica que tiene que dejarles para escuchar al hombre en confesión. “Pero ¿cómo puede perdonarle después de lo que hizo?” El sacerdote explica que eso es lo que hace un sacerdote. Y señala que quienes se autodenominan compasivos y empáticos solo están dispuestos a perdonar pecados que no creen que sean pecados.

Es un giro brillante que describe la actitud moderna hacia el pecado. Primero: no existe el pecado, y los católicos que lo sacan a colación están siendo moralistas. Segundo: hay algunas cosas absolutamente inaceptables, y los católicos son unos ingenuos si creen que esas cosas pueden ser perdonadas. Podemos negar el pecado solo hasta el punto en que es innegable. Pero, para algunos, ése es un punto de desesperación. Afrontar la realidad del mal en los demás puede a veces tener el efecto sorprendente de ponernos ante el espejo de esa misma realidad en nosotros mismos, y de clamar suplicando la misericordia de Dios.

¿Qué sucede si no confesamos nuestros pecados? San Roberto Belarmino dice que el castigo del pecado es… el pecado. Si el pecado es la separación de Dios, seguir en pecado significa mantener la separación de Dios. Pero eso también significa que nos torturamos a nosotros mismos cuando seguimos pecando. Seguimos como esclavos del más cruel de los amos. Ser salvados de nuestros pecados significa detener la espiral hacia abajo del pecado. Una de las cosas que llevaron a Chesterton a la Iglesia católica fue el sacramento de la confesión. Él sabía que una Iglesia que tenía la Confesión como una de sus partes integrantes tenía que ser una fe basada en la verdad. El pecado es una mentira, pero confesar los pecados es decir la verdad. El pecado es una prisión, y el confesionario es la puerta de salida. Cristo, la Verdad, ha venido a liberarnos.

Por cierto, si te estás preguntando de qué historia del Padre Brown hablaba, no voy a decírtelo. Léetelas todas.

Publicado en The Catholic World Report.

Dale Ahlquist es presidente de la American Chesterton Society.

Traducción de Carmelo López-Arias.

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