La libertad compartida
Los que tienen más responsabilidad tendrían que enseñar lo que Benedicto XVI propuso y que parece olvidado.

Uno es libre junto a otros también libres, como parte de una sociedad, no contra ella: son los criterios que aporta la naturaleza humana.
- “¡Sí! Es verdad que no somos ovejas, que somos personas libres, dotadas de razón, voluntad y amor, y tenemos nuestra libertad; pero también es verdad que esta libertad nuestra necesita iluminación, es una libertad participada, es una libertad compartida; no conocemos el camino, necesitamos la brújula para encontrarlo”.
Estas palabras de Benedicto XVI responden a que, en la actualidad, mucha gente se rebela contra Dios para reclamar su autonomía y no quieren ser “oveja”.
Benedicto XVI, siendo ya Papa emérito, pronunciaba todos los domingos, y las fiestas principales, una homilía en su residencia del monasterio Mater Eclesiae, que fueron grabadas por las Memores Domini en connivencia con monseñor Georg Gänswein. En la homilía del 26 de abril de 2015 trata este tema llegando al fondo de la cuestión.
Este planteamiento de la libertad, por parte del gran teólogo Joseph Ratzinger, realizada en los últimos años de su vida, es decir, en los de mayor plenitud intelectual, adquiere una importancia primordial para la humanidad del siglo XXI.
Lo primero que resalta Benedicto XVI es que no sólo somos razón y voluntad, sino que hay un tercer miembro que es el amor.
Aunque no siempre fue así, lo cierto es que durante muchos siglos se ha considerado al hombre como una unidad cerrada, un compuesto de alma y cuerpo, que Boecio definió como sustancia individual de naturaleza racional. Concibiendo al hombre como sustancia es necesario concluir que la libertad humana reside en la voluntad. Resulta así que podría interpretarse como que los mandamientos son un ataque a la libertad, porque la libertad consiste en hacer lo que “me da la gana”.
Pensar al hombre como un ser que se constituye a sí mismo para completarse es pensar que el hombre es sólo el animal más evolucionado del universo y que su ser culmina en el “sé tú mismo”. Esta libertad de elección, a la que llamamos libre albedrío, es “necesitante”, por lo que no puede compartir lo que ella adquiere.
Tanto Benedicto XVI como Leonardo Polo amplían el concepto del ser humano introduciendo el término persona, que no estaba en el anterior modelo de cuerpo y alma. Este tercer miembro, la persona, es básico para entender la libertad compartida que apunta Benedicto XVI.
El concepto de persona en los personalistas es amplio, en este caso Benedicto XVI nos dice que es amor. Otras veces lo define con el término relación, que lo toma del griego πρόσωπον (prosopón), el que está detrás de la máscara, y que utiliza mayoritariamente en su magisterio.
En esos mismos años, un filósofo español llamado Leonardo Polo, que no se reconoce como personalista, propone que la persona es abierta. Él parte de los Padres de la Iglesia, los cuales definen la persona con una palabra griega que significa esperanza, para definir la persona como un además y de forma más filosófica como ser co-existente, o ser con-otro.
El hombre es un ser indigente que recibe todo: el existir como acto de ser, que lo recibe directamente del Creador, y la naturaleza que la recibe de sus padres, por lo que podríamos concluir, con Polo, que el hombre radicalmente es hijo.
Esta grandeza del ser humano, al ser con-El Ser, al ser-con otro, constituye la trascendencia. La libertad personal es constituyente del ser coexistente, lo que significa que la persona, más que libre, es libertad y que, por lo tanto, no puede morir. Significa que su verdadero ser es existir y que este existir es irrestricto y para siempre, si culmina en su “réplica”. En la trascendencia la libertad es compartida y consiste en crecer con su Creador.
No tener en cuenta esta realidad es reducirse al “cómo nos percibimos” y gastar toda nuestra vida en intentar vivificar nuestra naturaleza por nosotros mismos. Es el intento de hacernos a nosotros mismos como nos hemos pensado, para llegar al final del camino a la conclusión de haber perdido la vida inútilmente. Es pretender darnos el sentido de la vida a nosotros mismos.
En cambio, pensar al hombre como un ser abierto, como un ser libre que se acepta como criatura, como hijo de Dios, es comprenderse como realmente él es.
Esta realidad de hijos de Dios es primaria para todos los hombres, incluso para los no bautizados. Ciertamente el Bautismo añade una realidad sobrenatural que nos incorpora a la Iglesia, en la cual recibimos la superabundancia de la gracia. Pero un embrión humano ya es hijo de Dios: ha sido creado directamente por su Creador como tal.
Saberse hijo es saber lo que somos, es saber que tenemos un Padre que nos acepta tal como somos, que tiene un proyecto específico para cada uno de nosotros, y que tiene una herencia enorme para cada uno: ser aceptados y amados sin restricciones; crecer fuera del tiempo, en un continuo ahora que no cesa.
Estamos en una decadencia social notoria, que no hace falta describir, por evidente. Sin embargo, no estamos descartados, no estamos vencidos; y no lo estamos porque tenemos un Padre, una historia y un futuro. La persona siempre tiene futuro, porque es libertad y porque conoce irrestrictamente, pudiendo conocer su historia y quién es él.
Lo que realmente cuesta entender es la dureza de corazón de esta generación. Los padres no aceptan a sus hijos, los hijos no aceptan a sus padres, los maestros llenan de recetas y conocimientos a sus alumnos y los ministros de la Iglesia están preocupados por decirnos lo que tenemos que cumplir. Para todo hay recetas, formularios, procedimientos y regulaciones; sin embargo, la inmadurez, la infelicidad y la agresividad están a la orden del día. Confiamos en los expertos, pero no confiamos en quién nos ha dado el existir: nuestro Creador.
Sembramos agrazones y queremos recolectar rosas. No decimos a nuestros hijos que son hijos de Dios. Los maestros no les dicen lo que son, sino lo que tienen que conseguir y así crecen encerrados en su libertad no compartida: creyendo que sólo son lo que tienen y mirándose únicamente a sí mismos como parte del universo o de la sociedad.
El abrir este horizonte a la humanidad es una labor urgente y profunda, un cambio de paradigma, que necesita comenzar por los que tienen más responsabilidad. Por aquellos que tendrían que enseñar lo que Benedicto XVI propuso y que parece olvidado, proponiendo en cambio sucedáneos ocurrentes o modas vacías, que no van a decirles que son hijos de Dios y mostrarles la belleza de la fe.
Enseñar a los jóvenes lo que son es inmunizarles de todos los virus que andan sueltos por las redes. Es darles las herramientas para que, si por falta de paternidad de aquellos que no les han aceptado, ellos no saben de dónde vienen ni adónde van, sí puedan dar vida al saber que radicalmente son hijos de su Padre. Es cambiar la mirada de aquellos formadores que quieren forjarles a su imagen y semejanza, o con estereotipos, en vez de ayudarles a saber que tienen un Padre que quiere compartir con ellos la libertad y hacerlos más libres cada día. Que son únicos y tan valiosos como para que todo un Padre enviase a su Hijo a redimirles y a decirles que ya no tienen que estar mirando a la bola atada a sus pies, porque ya no existe. Que ya pueden mirar al cielo, porque es para ellos.
Cuando les enseñamos que lo importante es tener muchas cosas, quizás consigan muchas cosas, pero pueden llegar a ser unos pobres ricos, unas personas encerradas en su yo, que no han sabido crecer con su réplica y culminar su paternidad: no han compartido su libertad.
Basta ya de recetas, de expertos y de falsos pastores en los que depositar nuestra responsabilidad y confianza. Todos tenemos la posibilidad de amar en libertad compartida. Sólo hace falta que lo pongamos en marcha hoy y ahora, porque mañana puede ser tarde y sobre todo porque hay un Padre que, tarde o temprano, nos preguntará: tú, hijo mío, ¿que has hecho con la libertad que a ti te di?