Religión en Libertad

Mónica Guerrero: la fotógrafa que aprendió a mirar con el alma

Su obra ha sido eso: un intento de no perder lo esencial mientras pasa. Fotografías que no solo muestran, sino que casi se escuchan

Mónica Guerrero Mouret con un grupo de niños de las comunidades indígenas

Mónica Guerrero Mouret con un grupo de niños de las comunidades indígenas@deperegrinaaperegrina

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Hay personas que no se conocen por casualidad, sino por algo más silencioso y más hondo, como si la vida las reconociera antes incluso de que puedan explicarlo. A mí me ocurrió con ella en México, y desde entonces, aunque el océano haya hecho su trabajo geográfico de separación, hay encuentros que no se interrumpen: simplemente cambian de forma.

A Mónica Guerrero Mouret, fotógrafa mexicana nacida en Ciudad de México en 1962, podrían atribuírsele muchas definiciones: artista multidisciplinar, conservadora de museos, escultora, restauradora, promotora cultural en medio mundo. Pero ninguna de ellas alcanza lo esencial. Porque en el fondo, Mónica no solo hace imágenes: aprende al mundo a mirar de nuevo.

Su historia empieza, como tantas historias verdaderas, en lo frágil. Su madre perdió la vista cuando ella era niña. En una casa con siete hijos, una madre que no veía y una vida que seguía su curso, Mónica empezó a hacer algo que más tarde se convertiría en vocación: guardar el mundo en imágenes para poder devolvérselo a quien no podía verlo. No era aún arte: era amor convertido en memoria.

Fiesta de fe

Fiesta de fe@deperegrinaaperegrina

Años después, cuando su madre recuperó la vista, aquellas fotografías dejaron de ser solo registros: fueron reencuentros. Y sin saberlo, allí nació una forma de mirar que ya no la abandonaría nunca.

Pero la vida, como toda vida verdadera, no se detuvo en esa luz inicial. Llegaron la pérdida, el secuestro, la muerte repentina de su marido en un accidente. Y con ello, como ella misma reconoce sin dramatismo, también llegaron los silencios de Dios: esos momentos en los que la fe no desaparece, pero deja de responder como uno esperaba.

Y sin embargo, algo siguió latiendo.

Hay una escena que Mónica cuenta entre risas, pero que en realidad tiene la densidad de una revelación. Su cumpleaños, un atasco en Ciudad de México, y un grupo interminable de peregrinos caminando hacia la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe. Ella, con prisa, irritación y vida perfectamente organizada, pidiendo al agente de tráfico que “los quite del camino”. Y entonces la vida, con su ironía serena, le detiene el paso.

Fe a todo color

Fe a todo color@deperegrinaaperegrina

Miles de personas avanzando. Niños, ancianos, familias enteras, sacerdotes, cansancio y esperanza entrelazados. Y ella, bajando del coche, cámara en mano, descubriendo que lo que quería atravesar era precisamente lo que debía mirar.

Aquel día no llegó a su fiesta de cumpleaños. Llegó, sin saberlo, a su vocación.

Desde entonces, su obra ha sido eso: un intento de no perder lo esencial mientras pasa. Fotografías que no solo muestran, sino que casi se escuchan, se tocan, se rezan. Imágenes que han viajado por América, Europa y Oriente llevando consigo algo difícil de nombrar: la dignidad de lo cotidiano cuando se mira con verdad.

Su exposición “De Peregrina a Peregrina” no es solo un proyecto artístico. Es una forma de entender la existencia. Porque Mónica ha comprendido algo decisivo: que todos somos, de algún modo, caminantes. No espectadores de la vida, sino peregrinos dentro de ella.

Niños camino a Guadalupe

Niños camino a Guadalupe@deperegrinaaperegrina

Por eso su trabajo tiene una densidad espiritual que no necesita explicitarse. En sus imágenes hay manos gastadas, pies cansados, rostros sin artificio, miradas que no posan. Hay tierra, polvo, fiesta, fe. Y también una certeza discreta: que la belleza no es lo perfecto, sino lo real cuando deja de esconderse.

En una de las experiencias más conmovedoras de su trayectoria, Mónica relata cómo una pareja —él sin vista— le pidió que le explicara su obra. Y ella, sin imágenes que mostrarle, empezó a narrarlas con olores, sensaciones, palabras que no describían, sino que hacían presente. Allí comprendió algo esencial: que su trabajo no pertenece solo a la mirada, sino al encuentro.

Y quizá ahí esté su secreto.

Peregrinos

Peregrinos@deperegrinaaperegrina

En un mundo que acelera la imagen hasta volverla consumo, Mónica insiste en lo contrario: imprimir, tocar, detener, contemplar. Devolver a la imagen su peso humano. Recordar que ver no siempre basta si no se aprende a mirar.

Hay algo más que atraviesa toda su vida y su obra, y que en mi caso no puedo decir sin emoción: nuestra amistad, nacida en México, se ha convertido en una forma de camino compartido. No nos hemos separado, aunque la distancia haya hecho lo suyo. Hay vínculos que no dependen del lugar, sino de la dirección.

Y esa dirección, en nuestro caso, tiene nombre.

No es solo el arte. No es solo la fotografía. Es algo más sencillo y más exigente a la vez: ser peregrinas de la Virgen de Guadalupe.

Ahí se encuentra lo que nos une más allá de cualquier biografía. No un proyecto, no una coincidencia, no una profesión. Sino una forma de entender la vida como camino, como búsqueda, como mirada que no se agota en lo inmediato.

Quizá por eso Mónica sigue viajando, exponiendo, fotografiando. Y quizá por eso nuestra amistad permanece intacta, como esas cosas que no necesitan ser explicadas cada día para seguir siendo verdaderas.

Porque hay personas que no se conocen una vez. Se reconocen para siempre.

Y Mónica Guerrero, sin duda, es una de ellas.

El amor hecho camino

El amor hecho camino@deperegrinaaperegrina

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