Religión en Libertad

La continuidad del Magisterio es un bien común de la Iglesia

En muchos casos es bueno reclamar documentos magisteriales más que meras «reflexiones» pastorales.

Es clave la formación en el auténtico magisterio de la Iglesia y no en opiniones cuestionables.

Es clave la formación en el auténtico magisterio de la Iglesia y no en opiniones cuestionables.Antonella Ullauri / Cathopic

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El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita “ha sido encomendado sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo" (Dei Verbum 10), es decir, a los obispos en comunión con el sucesor de Pedro, el obispo de Roma” (85). Y agrega inmediatamente, citando nuevamente al Concilio Vaticano II: “«El Magisterio no está por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio, para enseñar puramente lo transmitido, pues por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo, lo escucha devotamente, lo custodia celosamente, lo explica fielmente; y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como revelado por Dios para ser creído» (Dei Verbum 10)” (86).

Como puede apreciarse, aquello que manda Jesucristo a la Iglesia en materia de enseñanza de la Palabra de Dios y de las verdades conectadas a ella es exigente y no da lugar a improvisaciones. De por medio, como también enseña la Iglesia, está implicada la salvación de las almas la cual es, como bien deja en claro el Código de Derecho Canónico, la ley suprema (cf. canon 1752).

Estas consideraciones llevan a recordar, aunque resulte una verdad obvia en sí misma, que el “patrón” objetivo para juzgar si una afirmación presuntamente magisterial es tal cosa es la adecuación con la Revelación divina. Este ejercicio de evaluación reclama, a su vez, la colaboración de la teología católica y de la filosofía perenne, que es tanto como decir el reconocimiento y el uso inteligente que hace la Iglesia del patrimonio doctrinal de Santo Tomás de Aquino, el doctor común en el catolicismo.

Dicho esto, es conveniente descender a ejemplos concretos –aunque, todavía, con cierto grado de generalidad– a fin de comprender por qué la continuidad del magisterio a lo largo de los siglos es un bien común de la Iglesia. Esta continuidad en el tiempo que podría aplicarse tanto a temas dogmáticos como morales –es el caso, entre otros, de la Doctrina Social de la Iglesia–, debe ser examinada tanto en los documentos pontificios como episcopales y conciliares.

Entonces ¿todo cuanto dicen los Papas, los obispos y los concilios, en los documentos correspondientes, es magisterio de la Iglesia y cuenta, por lo tanto, con esa propiedad de la continuidad? El interrogante no es gratuito en la medida en que, desde hace ya bastante tiempo, el uso de los medios de comunicación, incluidas las redes sociales, se ha intensificado por parte de Papas y obispos. Los nuevos “formatos” comunicacionales, hasta cierto punto, incluso, se han vuelto predominantes. En la mayoría de los casos, por motivos nobles como el afán de evangelizar.

Tómese como modelo un formato tradicional y frecuente como puede ser el de una carta encíclica. ¿Puede tener el mismo valor “doctrinal” lo dicho en ella que en un tuit publicado en la cuenta de la Santa Sede? ¿Puede resultar igualmente fiable algo dicho por escrito en una exhortación apostólica o en una catequesis que en una entrevista televisiva? ¿Da lo mismo una cosa que otra a los efectos de garantizar que se trata de magisterio y no de, en el mejor de los casos, una mera opinión personal que, por supuesto, no requiere ningún tipo de asentimiento por parte de los fieles?

El asunto, incluso, no es tan sencillo si se tienen en cuenta los “formatos” tradicionales. Antes hablé de una encíclica. Señalemos, por ejemplo, una de ellas en “materia social”. ¿Cómo distinguir, entre todo lo que se dice, aquello que es magisterio de aquello que no lo es? O dicho de otra manera ¿cómo establecer lo que es mera opinión personal de un Papa de lo que, al fin de cuentas, realmente importa que es el magisterio de la Iglesia –a su vez, al servicio de la Palabra de Dios–?

Aquí vale mencionar, nuevamente, ese ejercicio de comparar las afirmaciones pontificias y episcopales con la Palabra de Dios y las verdades conexas a ella. Sucede que este ejercicio no lo puede hacer la mayoría de los fieles católicos. Se trata de una tarea que requiere una formación teórica avanzada, no obstante existir aquello que suele denominarse “olfato católico” del que gozan, en principios, los hijos de la Iglesia.

Por este motivo, resulta atrevido, cuando no directamente imprudente, que sobreabunden en los documentos pontificios, episcopales y conciliares afirmaciones más vinculadas a lo opinable que a lo propiamente magisterial. Habría que hacer el estudio acerca de los porcentajes correspondientes entre opinión y enseñanza en los textos de los últimos años y, tal vez, nos llevemos más de una sorpresa. ¿Resaltador amarillo “opinión”, resaltador celeste “magisterio”? Podría concluirse, guste o no, que los pastores, en la Iglesia y desde hace tiempo, más opinan que cumplen con su oficio evangélico de enseñar al servicio de la Palabra de Dios. Tal vez quedara un texto demasiado amarillo.

Queda, entonces, por parte de los fieles católicos, reclamar documentos magisteriales y no meras “reflexiones” pastorales, en el mejor de los casos. Aquellos que, por la gracia de Dios, cuentan con una formación doctrinal más avanzada, son más responsables en cuanto a hacer efectivo este pedido. Los hombres necesitan verdades de salvación, no meras opiniones que, más o menos “originales”, pueden entretener pero no alimentan.

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