Religión en Libertad

Igualdad

Una aproximación, desde el pensamiento cristiano, a la que existe y debe existir... y a la que no.

Son iguales porque son manos, pero no son manos iguales. Una imagen que suscita una reflexión.

Son iguales porque son manos, pero no son manos iguales. Una imagen que suscita una reflexión.Clay Banks / Unsplash

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Nuestro mundo, en el cual abundan las paradojas, proclama la igualdad como valor supremo al tiempo que fomenta el narcisismo. Basta con echar un vistazo a cualquier red social para constatar que se desprecia el mérito pero se idolatra la fama, por la que se compite ferozmente, muchas veces sin importar los medios.

Pues a pesar de que se ha tratado de imponer una igualdad artificial, no se puede ocultar la realidad: los hombres no somos idénticos. Las diferencias no solo son evidentes entre las personas pertenecientes a distintas naciones y culturas, sino también a una misma familia. Tanto, que ni siquiera entre hermanos existe una perfecta igualdad; y, en muchos casos, entre éstos las diferencias en inteligencia, belleza, habilidades, intereses, carácter, etc. son grandes y notorias.

Bien lo señaló Alexis de Tocqueville en La democracia en América: “Por mucho que se esfuercen los pueblos, no lograrán que las condiciones sean perfectamente iguales; y si tuvieran la desgracia de alcanzar esta nivelación absoluta y completa, la desigualdad de las inteligencias persistiría, la cual, al provenir directamente de Dios, siempre escapará a las leyes”.

A pesar de esto, se han impuesto normas y comportamientos que pretenden homogeneizar artificialmente a la sociedad

  • De ahí que el sistema educativo haya bajado sus estándares a fin de incluir al que tiene aptitudes y se esfuerza y al que no, y que en el ámbito laboral varios puestos de trabajo ya no sean asignados de acuerdo con los méritos sino con base a cuotas que privilegian a “grupos minoritarios”. 
  • A lo anterior se suma el que, desde hace décadas, se ha promovido que la mujer busque ser como el hombre y que los hijos traten a los padres como si fuesen sus iguales. 
  • En nombre de la igualdad, la mujer exige tener relaciones sexuales sin la consecuencia natural del embarazo. 
  • Y el negar la diferencia entre el hombre y la mujer ha dado origen al llamado matrimonio entre personas del mismo sexo, el cual niega la esencia misma de dicha institución. 

Ya lo advirtió G.K. Chesterton: “El hombre se está liberando de las ataduras de ser creador y hombre. Cuando todos sean asexuados, habrá igualdad. No habrá mujeres ni hombres. Solo habrá una fraternidad, libre e igualitaria. El único consuelo es que durará solo una generación” (The Equality of Sexlessness).

Para colmo, mientras se atacan las desigualdades naturales entre los hombres y se pretende homogeneizar a las personas castigando al que destaca por su virtud y excelencia, se provoca el aumento de las desigualdades extremas, en lo que realmente daña a la sociedad. De ahí que, actualmente, sea cada vez más difícil para muchos el poder sustentar con dignidad a su familia. Además, el igualitarismo politiza y polariza nuestras desigualdades fomentando el resentimiento y la envidia, ya que la verdadera justicia exige reconocer las diferencias para poder dar a cada quien lo que le corresponde. Como bien señaló Aristóteles en su Ética a Nicómaco, "la mayor desigualdad es tratar a las cosas desiguales por igual”.

El ser humano progresa al distinguir y elegir la virtud sobre el vicio, la bondad y no la maldad, el orden por encima del caos, la verdad sobre el error. Por ello, la obsesión por conseguir una igualdad antinatural ha eliminado, en gran parte de la sociedad, la sana aspiración por lo mejor, por alcanzar la excelencia. Ya que, como no solo no es fácil, sino que es contrario a la naturaleza igualar talentos, cualidades y virtudes, la uniformidad forzosa provoca una nivelación hacia abajo

De ahí que en nuestra igualitaria sociedad se promuevan todo tipo de vicios, desórdenes y excesos, pues no hay mejor “igualador” que el vicio ni mayor fuente de desigualdad que el ejercicio de la virtud. No es casual que, aun cuando todos los santos se han destacado por su heroica práctica de las virtudes, sus perfecciones, caminos y carismas son profundamente distintos entre sí. Pues mientras que la virtud distingue, el vicio uniforma.

La obsesión por la igualdad niega la naturaleza humana y la corrompe, pues rechaza la belleza, destruye la virtud y empobrece la vida moral. Defender la dignidad humana no exige negar las diferencias naturales entre los hombres sino orientarlas, a fin de permitir y fomentar que cada persona aspire, de acuerdo con sus características individuales, al bien, a la verdad y a la belleza.

Como afirmó Chesterton: “No puedo imaginar por qué se supone que la igualdad social significa familiaridad social. ¿Por qué la igualdad debería significar que todos los hombres son igualmente groseros? ¿No debería significar más bien que todos los hombres son igualmente educados? ¿No podría significar, con toda razón, que todos los hombres deberían ser igualmente ceremoniosos, majestuosos y pontificales?” (Charles Dickens: a critical study)

El Catecismo de la Iglesia católica enseña que todos los hombres hemos sido creados a imagen y semejanza del Creador. De ahí que el hombre, dotado de un alma “espiritual e inmortal”, sea "capaz de conocer y amar a su Creador" y que sólo él esté llamado a participar, por el conocimiento y el amor, en la vida de Dios. Para este fin ha sido creado y ésta es la razón fundamental de su dignidad (n. 356).

Como señala Chesterton, la idea de la igualdad de los hombres es, en esencia, simplemente la idea de la importancia del hombre. Por ello, cuando se dice que todos los hombres son iguales, no queremos decir que todos tengan exactamente el mismo aspecto, cualidades, virtudes, carácter, etc. Queremos decir que "son absolutamente iguales en su única característica absoluta, en lo más importante de ellos… La síntesis más práctica de la igualdad: que todos los hombres llevan la imagen del Rey de Reyes" (Breve historia de Inglaterra, cap. XV, La guerra con las grandes repúblicas).

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