Religión en Libertad

El último adiós

Si seguimos los mandamientos de Cristo y nos abandonamos a Él, lo que el mundo llama final para nosotros será el principio.

Los funerales son la gran expresión cristiana de la importancia de preparar la propia muerte.Amy Stout / Cathopic

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Nuestros líderes, laicos y laicistas, se han empeñado, incluso en medio de las tragedias más dolorosas donde cabría esperar muestras de auténtica compasión, en imponer sus ideologías anticristianas. Al parecer, varios de ellos ignoran que, ante el drama y el misterio de la muerte, especialmente de un ser querido, solo la santa religión es capaz de proporcionar respuestas, ofrecer consuelo y dar esperanza. Así, han ido sustituyendo las poderosas oraciones, fuente de todos los bienes, por vacíos minutos de silencio; los largos velorios, donde no faltaban los labios piadosos rogando por el eterno descanso del difunto, por homenajes plagados de gestos y discursos superficiales; e incluso, en algunos casos, la misa de funeral, con la cual la Iglesia ha acompañado durante siglos el doloroso tránsito de la muerte, se la busca reemplazar por un funeral laico que, a pesar de “asegurar neutralidad”, muestra una inquietante simbología esotérica.

Que algunos líderes consideren “anacrónico, ofensivo o discriminatorio”, celebrar una misa por los difuntos al tiempo que intentan implantar los llamados funerales laicos es altamente ofensivo. No solo para la mayoría de los ciudadanos que se reconocen, al menos culturalmente, cristianos. Sino que, además, y esto es lo más grave, constituyen una afrenta a Dios, pues se pretende negar públicamente su existencia, su amor y su providencia

Cristo bien advirtió: “Quien no está conmigo, está contra Mí, y quien no amontona conmigo, desparrama” (Mt 12, 30).

De ahí que merezca un reconocimiento especial la defensa, ante la tragedia, de las tradiciones cristianas por parte de muchos de los familiares de las víctimas del accidente ferroviario de Adamuz. Varios de ellos, haciendo gala de su devoción por la Santísima Virgen, rechazaron el “funeral laico” y asistieron a la misa funeral celebrada por el obispo de Huelva, monseñor Santiago Gómez Sierra. En dicha celebración se rezó por el eterno descanso de los difuntos, por la salud de los heridos y por el consuelo de familiares y amigos.

A diferencia del funeral laico que niega toda promesa de eternidad, el funeral celebrado por la Iglesia tiene como objetivo principal rogar por el eterno descanso del alma del difunto. Pues como señalase Jacques-Bénigne Bossuet en sus Oraciones Fúnebres, el hombre, "infinitamente despreciable por su propia naturaleza y su miseria", es al mismo tiempo "infinitamente grande por su destino”. El hombre ha sido creado para la eternidad... y una eternidad con Dios.

De ahí que la muerte sea el acto más decisivo de la vida humana, ya que, al morir, el alma se enfrenta al juicio de Cristo y será salva, si ha muerto en gracia, o condenada por toda la eternidad, si al rechazar la gracia de Dios la persona muere en pecado mortal. 

Como advierte San Pablo

  • “Pues todos hemos de ser manifestados ante el tribunal de Cristo, a fin de que en el cuerpo reciba cada uno según lo bueno o lo malo que haya hecho” (2 Cor 5, 10). 

Por ello es tan importante ofrecer misas y oraciones por los moribundos y los difuntos, para encomendar sus almas al amor misericordioso de Dios, quien, aun siendo Justo Juez, sabemos (de ahí nuestra esperanza) que jamás rechaza los ruegos de un corazón contrito y humillado.

Enseña el Catecismo de la Iglesia católica que...

  • “...la Eucaristía es el corazón de la realidad pascual de la muerte cristiana. La Iglesia expresa entonces su comunión eficaz con el difunto: ofreciendo al Padre, en el Espíritu Santo, el sacrificio de la muerte y resurrección de Cristo, pide que su hijo sea purificado de sus pecados y de sus consecuencias y que sea admitido a la plenitud pascual de la mesa del Reino” (n. 1689).

Asimismo, la iglesia siempre ha enseñado la realidad del Purgatorio

  • “Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su salvación eterna, sufren una purificación después de su muerte, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en el gozo de Dios” (n. 1054). 

De ahí que, en virtud de la "comunión de los santos", la Iglesia encomienda los difuntos a la misericordia de Dios y ofrece sufragios en su favor, en particular el santo sacrificio eucarístico (n. 1055). 

Este adiós ("a Dios") al difunto es "su recomendación a Dios" por la Iglesia (n. 1690).

En medio de la tragedia, Dios proporciona consuelo: “Venid a Mí todos los agobiados y los cargados, y Yo os haré descansar” (Mt 11, 28).

Pues Cristo ha transformado el sufrimiento en redención y la muerte en vida. Por ello, el cristiano sufre ante las adversidades, pero no desespera, pues la cruz, instrumento de pasión y muerte, es también signo de resurrección y gloria: 

  • “'¿Dónde quedó, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde, oh muerte, tu aguijón?' El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado es la Ley. ¡Gracias sean dadas a Dios que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo! Así que, amados hermanos míos, estad firmes, inconmovibles, abundando siempre en la obra del Señor, sabiendo que vuestra fatiga no es vana en el Señor” (1 Cor 15, 55-58).

Confiemos en la promesa de Cristo de que la muerte no es el final y de que, si seguimos sus mandamientos y nos abandonamos a Él, lo que el mundo llama final para nosotros será el principio. 

Parafraseando a Bossuet: lo que en nosotros lleva el sello divino, lo que es capaz de unirse a Dios, a Dios es llamado. Porque aquel que a Dios se consagra no pierde ni sus bienes, ni su honor, ni su vida. Ya que, “todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y ésta es la victoria que ha vencido al mundo; nuestra fe" (1 Jn 5,4).

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