Religión en Libertad

Cuelgamuros a la luz de León XIV

Una enseñanza teológica sobre la naturaleza de «cualquier lugar sagrado» y su orientación íntegra al Misterio pascual.

El Altar Mayor de la basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos.Antonio Díaz / Cathopic.

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Lo que León XIV, en el reciente Convivium convocado por el cardenal arzobispo de Madrid, José Cobo, expresó a los sacerdotes de Madrid sobre la catedral de la Almudena no fue una reflexión arquitectónica ni un discurso circunstancial. Una parte significativa de su carta se centró en una enseñanza teológica magistral sobre el sentido y naturaleza de los templos, advirtiendo que se era aplicable a "cualquier lugar sagrado". No se trata de una enseñanza limitada al clero, sino válida también para los fieles, que son quienes viven su fe en el templo, reciben en él los sacramentos y encuentran allí el espacio concreto del Misterio.

El Santo Padre afirmó: 

  • "Porque las catedrales -como cualquier lugar sagrado- existen, como el sacerdocio, para conducir al encuentro con Dios y la reconciliación con nuestros hermanos". 

No dijo "algunas". No dijo "según circunstancias". Dijo "cualquier lugar sagrado". Desde el inicio fija un principio universal.

Y comenzó por la entrada:

  • "Al contemplar su fachada aprendemos ya algo esencial. Es lo primero que se ve, y, sin embargo, no lo dice todo: indica, sugiere, invita. Así también el sacerdote no vive para exhibirse, pero tampoco para esconderse. Su vida está llamada a ser visible, coherente y reconocible, aun cuando no siempre sea comprendida. La fachada no existe para sí misma: conduce al interior. Del mismo modo, el sacerdote no es nunca fin en sí mismo. Toda su vida está llamada a remitir a Dios y a acompañar el paso hacia el Misterio, sin usurpar su lugar."

Después añadió una afirmación decisiva: 

  • "Al llegar al umbral comprendemos que no conviene que todo entre en el interior, pues es espacio sagrado. El umbral marca un paso, una separación necesaria. Antes de entrar, algo queda fuera". 

El acceso no es neutro. El umbral no es decorativo. Marca una frontera. Delimita lo sagrado.

Más adelante describió la unidad del templo: 

  • "Al recorrer el templo, advertimos que todo descansa sobre las columnas que sostienen el conjunto". 

No habló de sectores autónomos ni de zonas funcionales diferenciadas. Habló de conjunto. Y advirtió contra las "interpretaciones parciales o acentos circunstanciales" que edifiquen sobre arena.

El Papa enumeró luego los lugares sacramentales:

  • "Antes de llegar al presbiterio... en la pila bautismal nace el Pueblo de Dios; en el confesionario es continuamente regenerado". 

Y sobre las capillas afirmó: 

  • "A pesar de ser distintas... todas comparten una misma orientación; ninguna está girada hacia sí misma, ninguna rompe la armonía del conjunto". 

Finalmente señaló el centro: 

  • "Miremos el centro de todo... En el altar... se actualiza el sacrificio de Cristo... en el sagrario, permanece Aquel que habéis ofrecido".

Fachada, atrio, vestíbulo, nave, cúpula, capillas, pila bautismal, confesionarios, altar, sagrario. Una totalidad. Una orientación. Una armonía. Un eje ceremonial. Esta enseñanza no es una intuición personal del Papa. Concuerda con la tradición de la Iglesia sobre los templos y con la ley universal vigente que los configura como espacios íntegramente ordenados al culto. La Iglesia nunca ha entendido el templo como un espacio divisible en zonas disponibles, sino como una realidad integral, sacramentalmente orientada.

A la luz de esta doctrina, la situación de la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos adquiere una gravedad que no puede relativizarse. El Gobierno ha puesto en marcha y adjudicado un proyecto de resignificación política e ideológica que altera sustancialmente el acceso al templo, desplaza la puerta actual y obliga al fiel a atravesar un recorrido museístico ideológico antes de llegar al altar. El atrio y el vestíbulo -que en la lógica sobre la que el Papa pone el acento, forman parte del tránsito hacia lo sagrado- quedarían convertidos en antesala narrativa de carácter ideológico.

En el interior, el proyecto contempla intervenciones museísticas de la misma naturaleza en toda la planta y espacios de la basílica, incluyendo expresamente incluso la capilla del Santísimo, quedando únicamente el altar y los bancos adyacentes fuera de dicha resignificación en ese reducido espacio.

La tensión con la enseñanza pontificia es objetiva.

  • Si "no conviene que todo entre en el interior, pues es espacio sagrado", ¿cómo se armoniza la transformación del umbral en recorrido ideológico obligatorio
  • Si "ninguna rompe la armonía del conjunto", ¿cómo se justifica fragmentar el templo en zonas residuales de culto y perímetros resignificables de naturaleza política e ideológica
  • Si la pila bautismal y el confesionario son "lugares discretos pero fundamentales", ¿qué ocurre cuando la planta queda sometida a intervenciones museísticas?
  • Si el altar es el centro que da sentido a todo, ¿puede el resto del templo quedar funcionalmente desvinculado de ese centro?

La confusión y el escándalo entre fieles no son imaginarios. Son la consecuencia lógica de una disonancia entre la doctrina universal de la Iglesia sobre la naturaleza de los templos y una praxis concreta que pretende fragmentar funcionalmente la basílica abacial del Valle, introduciendo elementos profanos de carácter político e ideológico. En este contexto histórico concreto, las palabras del Papa adquieren una resonancia inevitable. No es necesario atribuirles intención polémica alguna. Basta constatar que su enseñanza sobre la unidad de los templos ilumina de manera particularmente clara una situación en la que esa unidad pretende vulnerarse. Han contribuido, en todo caso, a tranquilizar a muchos sacerdotes y fieles que están viviendo con dolor e incertidumbre la situación creada por el Gobierno.

Si la enseñanza de León XIV es válida para la Catedral de la Almudena -y lo es- lo es también para la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, pontificia y abacial. No puede haber una teología del templo para Madrid y otra distinta para Cuelgamuros. Si la tradición y la ley universal de la Iglesia describen el templo como una totalidad orientada al Misterio, esa descripción no admite excepciones por razones ajenas al culto, la piedad y la religión.

Se trata de una cuestión que debe abordarse con coherencia y con plena claridad eclesial y canónica. Porque un templo no puede transformarse en un soporte narrativo ni una plataforma ideológica. Desde la puerta hasta el ábside, en cada tramo de su planta y en cada uno de sus espacios, todo en el templo converge en el altar, donde se actualiza el Misterio pascual de Cristo y se ofrece al Padre el sacrificio redentor que constituye el corazón mismo de la vida de la Iglesia. Y aquello que la Iglesia ha custodiado durante veinte siglos no puede fragmentarse ni profanarse sin que la conciencia de los fieles y la credibilidad institucional de la Iglesia se vean inevitablemente afectadas.

El pasado Miércoles de Ceniza, en los templos erigidos sobre la tierra, la Iglesia celebró el inicio del tiempo litúrgico de la Cuaresma. La Palabra de Dios fue proclamada y los fieles pudieron escuchar al profeta Joel: "Entre el atrio y el altar lloren los sacerdotes, servidores del Señor, y digan: Ten compasión de tu pueblo, Señor; no entregues tu heredad al apropio ni a las burlas de los pueblos.". La liturgia, con su precisión simbólica, volvió a recordar que entre el atrio y el altar no hay espacio para intervenciones profanas, sino para la adoración y las responsabilidad ante la casa donde el Señor se hace presente y convoca a su pueblo.

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