Es tu hermano
Nuestra soberbia escandaliza y nos impide la conversión del corazón del otro.
Convertir nuestro corazón nos prepara para la paz que transforma el corazón del otro.
Me preocupa sobremanera cómo se alimenta la polarización ante nuestros ojos y cómo, masivamente, contribuimos a esta dolorosa realidad.
Si la misión principal del cristiano es transparentar la imagen de Jesucristo en nuestra sociedad, tendríamos que ser portadores de los dones del Espíritu; por contra, mancillamos este nombre cuando, aprovechando la difusión que facilitan las tecnologías, las utilizamos para descalificar a quienes defienden otras ideas políticas con insultos que avergüenzan, por cuanto el daño es mayor cuando viene de alguien del que se espera lo contrario. Los cristianos olvidamos cuán importante es el testimonio que damos.
Ciertamente, en palabras de San Agustín, "el pecado del escándalo es tanto más grave cuanto mayor es la autoridad de quién lo cometa y más débil es quien lo recibe".
Aunque la Palabra de Dios nos recuerde "deja tu ofrenda ante el altar y reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven" (Mt 5, 24), nos atrevemos a acercarnos a recibir la comunión sin preparar antes el corazón y sin conciencia de pecado. O “cualquiera que diga necio o imbécil a su hermano será culpable de juicio” (Mt 5, 22).
Los insultos repetidos en las redes nos van alejando de las personas y, a resultas lógicas, los partidos extremos se alimentan. Y no es esto lo peor, lo más doloroso es que cuando hablamos sin caridad de los hermanos Jesús nos dice que "las maldades del corazón son las que contaminan al hombre" (Mc 7, 21-23) y con ello desaparece la Paz, esa Paz que es tan imprescindible para que la bondad nos habite.
Si nuestra pretensión fuese corregir a unos hermanos que pensamos están en un error o que, en el peor de los casos, estuviesen activamente trabajando para el mal, jamás se sentirían interpelados con nuestra conducta porque solo la bondad transforma el corazón del otro. Jesús nos diría: "Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando tú y él a solas" (Mt 18, 15).
Es terriblemente preocupante que nadie pueda ver nada bueno en un adversario político, porque entonces lo hemos convertido en un enemigo y ese es el inicio de todas las guerras. Si no somos incapaces de ver nada bueno en otra persona es que ciertamente nos habita la soberbia, y no la humildad. La primera siempre quiere los primeros puestos para hacerse visible y envenena el corazón, la segunda pasa desapercibida, pero transforma lo que toca.
¡Cuántos pasajes bíblicos se nos pueden venir a la memoria y al corazón que no dejan lugar a la duda ("¿Por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano y no quitas la viga que está en tu propio ojo? ¡Hipócrita!" [Mt 7, 3-5] o "¿Dónde está tu hermano?" [Gén 4, 9]) como responsables que somos los unos de los otros!
Que el Señor perdone nuestra soberbia que escandaliza, nuestra falta de humildad y de bondad para con el otro, y nos ayude a convertir el corazón para no escuchar de sus labios: "¡Ay de vosotros, hipócritas, porque sois semejantes a sepulcros blanqueados!” (Mt 23, 27).