Religión en Libertad

La unidad nace de la verdad

Aceptar ser un hijo pequeño, frágil e indefenso, es el primer paso para que lleguemos a ser uno como las tres Personas son Uno.

¿Cuál es la verdad del hombre? Nuestra verdad es que somos radicalmente hijos.Jochen van Wylick / Unsplash

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Una de las primeras cosas que reclamó León XIV desde el comienzo de su pontificado fue la unidad. Es un empeño no sólo personal sino un requerimiento divino, para “que todos sean uno”, que se plantea como urgente para la vida de la Iglesia y para que los frutos del Concilio Vaticano II se expandan por todos los rincones de la tierra.

Han transcurrido sesenta años desde su conclusión por San Pablo VI y la Iglesia se encuentra con desuniones que lastran sus fuerzas para la evangelización. En estos años se han revisado varios movimientos que surgieron alrededor del Concilio Vaticano II y han florecido otros nuevos. Varias comunidades anglicanas han regresado al catolicismo y por el contrario la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X vuelve a plantear una disyuntiva. También el Camino Sinodal alemán no parece que toque a su fin y así algunas desuniones más.

Mirando a la historia de las desuniones, da mucha pena comprobar que, en muchos casos, las diferencias que nos separan sean debidas más a diferencias en interpretaciones que a realidades diferentes. En otros casos son debidas a intervenciones de los poderes públicos con intereses espurios ajenos a la salvación de las almas y en otros son algunos locos, llenos de ego, que no han querido seguir adelante y que han arrastrado a muchos “tras de sí”.

La unión de muchos distintos sólo es posible buscando el común denominador de todos ellos y lo común para todos es la verdad revelada junto a la verdad de la persona humana.

La verdad revelada está fijada por las Escrituras, por la Tradición y el Magisterio. Sin embargo, es la verdad de la persona la que, en mi opinión, lleva muchos siglos perdiendo su norte, siendo el hombre, a fin de cuentas, el sujeto de la salvación.

Desde el siglo XIII hasta el Concilio Vaticano II la noción generalizada de persona humana coincidía con la definición de Boecio: “Sustancia individual de naturaleza racional” o más comúnmente como “cuerpo y alma”. Sin embargo, el concepto de sustancia es especialmente confuso para los hombres del siglo XXI, al poder considerar a la persona humana como un “qué” o un “algo”.

Es en estos años de entreguerras del siglo XX cuando toma fuerza un movimiento de pensadores denominados “personalistas”, entre los que destaca Benedicto XVI, que conciben al hombre como persona espiritual. Para Joseph Ratzinger la persona humana es semejante a la persona divina, volviendo así a los primeros siglos de la Iglesia y siendo para él la persona equivalente a relación o referibilidad.

También en esos mismos años y sin que tengan contacto entre sí, aparece un filósofo español, Leonardo Polo (1926-2013), que partiendo de Aristóteles y de Tomás de Aquino desarrolla la idea básica de persona como un además, un ser existencialmente libre que mira al futuro, pero que necesita de otro semejante para su plenitud existencial. Este concepto de persona co-existente es muy congruente con las personas divinas, que co-existen entre sí y ninguna podría ser sin las otras dos.

En la Santísima Trinidad las tres Personas divinas, distintas entre sí, comparten la Verdad de su divinidad, lo que nos llevaría a preguntarnos por la verdad del hombre. ¿Qué es el hombre?

En el caso de las personas humanas la unidad parece fracasar, dado que los humanos somos cada uno un espíritu creado distinto de los demás y que compartimos una naturaleza recibida de nuestros padres. Esto se complica porque, además, el ser humano es jerárquico, o lo que es lo mismo, es dual. El miembro superior dualiza con el inferior y este a su vez dualiza con otro inferior y así sucesivamente. Nunca al revés. En el hombre lo más alto es el acto de ser coexistente (Intimidad personal) que dualiza con el alma inmaterial y esta dualiza con la naturaleza corpórea. Esta complejidad del ser corpóreo es la que nos hace tambalear en la unidad, porque todos queremos ser distintos de los otros en la naturaleza.

Si miramos hacia abajo desde el “yo”, hacia nuestra naturaleza corpórea, es imposible la unidad de los seres humanos. Pero si tomamos en cuenta la segunda parte de las palabras de Cristo “Que todos sean uno, como Tú y Yo somos uno” (Juan 17, 21), entonces podemos entrar al plano personal, que es el superior, y comprobar que la unidad sí es posible.

¿Cuál es la verdad del hombre? Nuestra verdad es que somos radicalmente hijos. Antes que padres o madres o hermanos, somos unos seres que hemos recibido todo. Nadie ha elegido nacer de unos padres determinados, en un país determinado ni en una fecha determinada. Sin embargo, sí que hay un “alguien” que lo ha elegido para nosotros al darnos la vida, y con ella, una misión específica: el Creador, que nos ha dado un acto de ser co-existente semejante al de las Personas divinas, por el cual podemos llamar Padre al mismo que el Hijo llama “Abba” (Marcos 14, 36-38).

La verdad del hombre es que es un indigente que necesita del “otro” para llegar a ser. Su verdad no está en los triunfos profesionales, ni en las metas conseguidas, sino en la aceptación del don de la vida. Don que, al aceptarlo, se hace propio y puede ser donado a los demás.

Aceptar ser hijo, ser un hijo pequeño, ser frágil e indefenso, es el primer paso para que todos lleguemos a ser uno como las tres Personas son Uno. Es en la Intimidad Personal donde cada uno decide libremente si acepta la unidad en la filiación, que es la verdad de su ser, o decide ser el protagonista para satisfacer su “yo” y marcharse de la casa del Padre para construir su propia identidad.

Sólo habrá unidad en todos los seguidores del único Dios si le aceptamos como un ser personal y si nosotros aceptamos como personas -desde el fondo de nuestra intimidad personal- que somos sus hijos.

La unidad en el ser humano sólo se puede conseguir en libertad. Requiere de una aceptación voluntariosa y sobre todo de un entender que la verdad, siendo esquiva e inabarcable, es un bien superior que requiere un inteligir trascendente y que nadie la posee en propiedad. La verdad es para todos, pero no es de nadie. Sólo es de aquél que lo puede afirmar de Sí mismo. Esa es su grandeza.

Teniendo en cuenta que fuera de la Iglesia, aquella fundada sobre la roca de Pedro, hace mucho frío. Porque allí fuera solo encontraremos a los egoísmos pegándose entre ellos, compitiendo por ser distintos, y no siendo nada.

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