Religión en Libertad

La imposibilidad moderna de quedarse quieto (II)

Silencio, gracia y la custodia de los espacios sagrados

El silencio del templo no es el silencio de la nada, sino el silencio de una espera amorosa.

El silencio del templo no es el silencio de la nada, sino el silencio de una espera amorosa.Canva.

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En la primera parte de este artículo se proponía una lectura más honda de la incapacidad contemporánea para quedarse en silencio: no como simple dispersión ni como fragilidad psicológica, sino como una resistencia a la gracia y a una presencia que no depende del esfuerzo, del dominio ni de la explicación. Frente a esa huida, el templo aparecía como el lugar donde el silencio deja de ser vacío y se revela como presencia, donde permanecer ya no es una prueba sino una posibilidad. Desde ese umbral, cabe ahora detenerse en lo que sucede cuando alguien, sin buscarlo ni comprenderlo del todo, se queda.

Algo muy parecido le ocurrió, de manera inesperada, a Paul Claudel. Con apenas dieciocho años, joven brillante y abiertamente hostil al cristianismo, entró casi por azar en la catedral de Notre-Dame de París durante las Vísperas de Navidad. No buscaba una experiencia religiosa ni comprendía la liturgia. Entró, se quedó de pie entre la multitud y permaneció.

Mientras se cantaba el Magnificat, ocurrió algo que él mismo describiría después con extrema sobriedad: «En un instant mon cœur fut touché et je crus». En un instante, su corazón fue tocado y creyó.

Claudel no fue persuadido por un razonamiento ni arrastrado por una emoción pasajera. No entendió, en ese momento, lo que estaba sucediendo. Simplemente se quedó. Y en esa permanencia fue alcanzado por una certeza que no nacía de él, sino de una Presencia que se le dio sin condiciones.

El templo no le explicó nada. No le ofreció un discurso ni una interpretación. Le ofreció un espacio donde no tuvo que huir. Donde pudo permanecer el tiempo suficiente para que el encuentro se produjera. Claudel no hizo nada extraordinario. No buscó. No pidió. No se fue.

Por eso, antes de que alguien entre en un templo, Alguien ya está. Antes de que el hombre rece, es esperado. Antes de que pronuncie una palabra, es conocido. Esa anterioridad —la del Amor que sale al encuentro— lo cambia todo. El reposo deja de ser una proeza moral imposible y se vuelve una posibilidad real: quedarse porque hay con quién quedarse.

Aquí el pensamiento de Joseph Ratzinger ofrece una clave decisiva. Para él, la fe no comienza con una idea ni con una decisión ética, sino con un encuentro. Y todo encuentro verdadero necesita un espacio sin prisa, donde la palabra no lo ocupe todo y el silencio permita reconocer antes que explicar.

El templo es ese espacio. No por su arquitectura, sino porque custodia una Presencia viva. Allí el hombre no necesita justificarse, ni producir un discurso, ni demostrar nada. Puede sentarse, callar, permanecer. No porque haya alcanzado una armonía interior, sino porque ha sido alcanzado por una presencia que ama primero.

Por eso tantas personas entran en los templos sin saber muy bien por qué. No siempre creen. No siempre rezan. A veces sólo se sientan unos minutos. Pero ese gesto dice más de lo que parece. Buscan —aunque no lo formulen— un lugar donde no tengan que huir, un lugar donde ser acogidos antes de ser entendidos.

Albert Camus, en El hombre rebelde, pone palabras a una resistencia central del hombre moderno al escribir: «Ivan refuse d’être sauvé seul». Iván rechaza ser salvado solo. No se trata de una negación banal, sino de una resistencia a la lógica de la gracia: aceptar un don que no controla ni puede administrar.

Precisamente eso —un don inmerecido, ofrecido sin condiciones— es lo que el templo silencioso sigue custodiando, sin imponerlo, pero también sin disimularlo: la posibilidad de ser amado sin mérito previo.

El problema del hombre moderno no es que haya perdido el sentido, sino que ha perdido los lugares donde el sentido puede ofrecerse sin violencia. Lugares donde el silencio no es abandono, sino invitación. Donde quedarse quieto no es encierro, sino apertura.

Pascal vio con crudeza que el hombre no soporta estar solo consigo mismo. El cristianismo añade algo decisivo: el hombre no está solo cuando permanece en silencio, porque Dios mismo ha querido habitar ese espacio en la carne de su Hijo. En el templo, la habitación pascaliana deja de ser un lugar de prueba y se convierte en un lugar de gracia.

Quizá por eso el silencio del templo sigue siendo hoy tan necesario. No porque el mundo necesite menos palabras, sino porque necesita un lugar donde la Palabra pueda ser verdaderamente escuchada. No porque el hombre deba huir del ruido, sino porque necesita un espacio donde Cristo —el Amor hecho presencia— pueda salir a su encuentro sin ser reducido a una idea más.

Aprender a permanecer no es, al final, una técnica de interioridad. Es aceptar una presencia. Y sólo quien descubre que no está solo puede, por fin, dejar de huir.

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