Los filósofos de Hitler
Las ideas no son inocentes.
Las ideas no son inocentes. Hitler absorbió ideas de distintos filósofos influyentes en su época y las convirtió en una máquina de destrucción y muerte y contó con la colaboración de otros intelectuales que justificaron y legitimaron con su prestigio el régimen nazi y sus obras. Conocer esas ideas que generaron y avalaron la ideología nazi resulta muy interesante, no solo por curiosidad histórica sino porque algunas siguen vigentes y activas en nuestros días pues forman parte del patrimonio filosófico de la modernidad. Al estudio de esos intelectuales y sistemas de pensamiento dedica la historiadora inglesa Yvonne Sherratt su obra Los filósofos de Hitler, editada por Cátedra en 2014 (336 págs.).
En el capítulo primero, con el título “el genial cocktelero”, Sherratt hace una síntesis del pensamiento y obsesiones de Hitler analizando su célebre libro Mi Lucha escrito durante su reclusión tras el intento de golpe de Estado de Munich en 1923. La tesis de la autora es que Hitler no tuvo nada de original sino que se limitó a hacer un cocktel usando ingredientes varios que flotaban en el ambiente intelectual de su época. La misma tesis sugiere Joachim Fest en su monumental biografia de Hitler cuando escribe (págs. 89 y ss.): “No fue nadie en particular, sino la época, quien le dio sus ideas. Con el antisemitismo y el darwinismo social debe incluirse, sobre todo una creencia de predestinación social y nacionalista (…) corrientes intelectuales en boga, muy generalizadas e imbuidas de retazos de ideas imperantes a finales de siglo: la filosofía de la vida, el escepticismo frente a la razón, así como una romántica glorificación del instinto, de la sangre y del impulso sexual. Nietzsche, cuya trivializada plática sobre la fuerza y la brillante amoralidad del superhombre pertenece asimismo a esta ideología (…) Wagner no sólo fue el gran ejemplo en la vida de Hitler sino también su maestro, cuyas pasiones ideológicas hizo suyas …”.
El capítulo segundo de la obra lo dedica la autora a una detallada reseña del antisemitismo de los grandes intelectuales alemanes desde el siglo XVIII al XX que influyeron en Hitler según propia confesión de éste: Kant, Fichte, Hegel, Feuerbach, Marx y, de forma especial y obsesiva, el compositor y escritor Richard Wagner, figura absolutamente destacada en la formación de las ideas racistas y genocidas de Hitler; Nietzsche con su elogio de la guerra y su descalificación brutal de la moral cristiana; el socialdarwinismo, profundamente racista, que, a partir de las tesis de Darwin, el alemán Ernst Haeckel popularizó en el área cultural germana, junto con el racismo y las propuestas eugenésicas de Gobinau y Houston Stewart Chamberlain, autor éste último casado con una hija de Wagner y a quien Hitler trató y admiró. Este elenco de autores, algunos de los cuales siguen siendo referencia de la modernidad, aportaron a la cocktelera ideológica de Hitler los componentes que -mezclados y agitados por el joven Hitler- produjeron la ideología del nazismo y justificaron su agenda política de violencia y exterminio.
Los capítulos tercero a quinto se ocupan de la mano derecha de Hitler para la depuración de la cultura y la universidad alemana para adaptarlas al nazismo, Alfred Rosenberg; del ideólogo jurídico del régimen nazi, Carl Smichtt, “el legislador de Hitler” según lo llama la autora; y del filósofo que le dio prestigio intelectual al régimen hitleriano con su adhesión al mismo, Martin Heidegguer, “el Superman de Hitler” como le denomina Yvonne Sherratt. En estos capítulos la autora estudia con detalle el pensamiento de esos autores, su trayectoria y su aportación al establecimiento y consolidación del poder nazi.
Conviene recordar que autores como Kant (¡escandalosamente brutales sus frases antisemitas citadas por nuestra autora!), Hegel, Nietzsche, Carl Smichtt o Heidegger siguen influyendo profundamente en el pensamiento actual directamente o a través de sus discípulos. Por ejemplo, una parte del populismo actual se inspira en las ideas jurídicas de Smichtt y una gran parte del existencialismo y el estructuralismo que tanto han influido en las actuales ideologías woke y de género se remiten a Heidegger y su pensamiento y el antisemitismo sigue vivo como vemos en la inmediata actualidad. Por tanto “los filósofos de Hitler” no están tan muertos como su discípulo nazi; por eso es conveniente conocer esta historia para entender nuestra época, valorar sus riesgos e intentar evitar que se pueda repetir algo tan brutal como lo que representó Hitler y su ideología.
La segunda parte del libro está dedicada a los filósofos “oponentes de Hitler” y en ella Yvonne Sherratt narra la vida de algunos pensadores e intelectuales que vivieron en la Alemania de Hitler pero se opusieron lúcidamente al nazismo y sufrieron su persecución. Los capítulos 6 a 9 se dedican respectivamente a la vida de Walter Benjamin, Theodor Adorno, Hanna Arendt y los miembros de la Rosa Blanca como Sophie Scholl y su maestro, el viejo y honesto profesor Huber. Por desgracia, hoy son más recordados y leídos los “filósofos de Hitler” estudiados en la primera parte de este libro que sus víctimas recordadas en la segunda parte.
El capítulo décimo y último lo dedica la autora a los juicios de Nuremberg y al trabajo de los Comités de desnazificación que se organizaron en Alemania tras la II Guerra Mundial y que permitieron la rápida rehabilitación de personajes como los citados Carl Schmitt o Heidegger y de personajes como el fundador de la lógica moderna, Frege, que había liderado también la universidad nazi, entre otros. La conclusión del libro que comentamos es -aunque la autora no la formule así expresamente- que las ideas de “los filósofos de Hitler” no han muerto con él.
En Los médicos de Auschwitz (Ed. Espasa, 325 págs.) Bruno Halioua, médico e historiador y profesor en la Sorbona, estudia la llamada medicina nazi llegando a afirmar que los médicos fueron la profesión más nazificada en aquella Alemania de los años 30 y así se entiende la brutal gestión médica del asesinato y la tortura en el campo de concentración de Auschwitz, algo que también conviene recordar hoy cuando aborto y eutanasia se consideran ya legalmente meras prestaciones sanitarias.