Tu fe se ve en tus actos, no en tus palabras
La fe no se demuestra con palabras ni fotos bonitas; se reconoce en tus actos diarios y en cómo tratas a los demás cuando nadie mira

Coherencia
Hay un dato brutal que el cristianismo nunca ha intentado endulzar: la fe se ve más que se dice. No importa cuánto recites, ni cuántos versículos tengas memorizados. Lo que realmente revela quién eres es cómo actúas cuando nadie te mira. Sí, incluso cuando te toca aguantar al pesado de siempre o aguantar tus propios malos días.
Jesús lo dejó clarísimo: “por sus frutos los conoceréis”. No por lo que dices que sientes, no por tu entusiasmo dominical, ni por tus fotos con citas espirituales en Instagram. Los frutos no son hashtags; son gestos concretos. Y si tus actos contradicen tus palabras, bueno… la fe se convierte en un mal negocio.
Vivimos en un mundo que adora las apariencias. Es más fácil decir “soy cristiano” que serlo de verdad. La paciencia se agota rápido, la misericordia se pierde cuando estamos cansados y, muchas veces, ser coherente parece más pesado que cualquier cruz. Pero ahí está la gracia: no elimina tu humanidad, la transforma. La santidad no es sentir más, ni rezar más, ni mirar con ojos angelicales; es dejar que tu fe moldee tu comportamiento, incluso en lo pequeño y rutinario.
San Pablo lo resumió de manera brutal: “ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”. No es poesía bonita para imprimir en un póster; es un desafío existencial. Si Cristo vive en ti, algo de Él debería filtrarse en todo lo que haces, desde cómo respondes al jefe pesado hasta cómo tratas a quien no puede devolverte nada.
Y aquí viene lo que nadie quiere admitir: la incoherencia escandaliza más que el pecado. El pecado se reconoce y se confiesa; la incoherencia se disfraza de virtud. Jesús fue especialmente duro con quienes construyen reputación espiritual mientras su vida interior sigue hecha un desastre. Porque una fe que habla de amor y vive en soberbia deja de ser Buena Noticia y se convierte en ruido. Sí, ruido. Y el ruido siempre llega antes que la verdad.
No se trata de vivir bajo vigilancia obsesiva ni de convertir la vida cristiana en una lista de control interminable. Se trata de algo más liberador: aceptar que la fe tiene consecuencias visibles. Que tu manera de amar, de callar, de corregir o de actuar marca la diferencia. La tradición cristiana nunca separó espiritualidad y moralidad porque sabía que la fe que no se vive se evapora, y que la autenticidad es, al final, lo que realmente atrae.
Tal como te comportas, tal como te creen. Tal como vives, así es como crees. No hace falta ser perfecto; hace falta ser coherente. Y sí, a veces es incómodo, pesado, agotador. Pero también es liberador. Porque en un mundo saturado de discursos y selfies espirituales, lo único verdaderamente revolucionario sigue siendo una vida que refleja lo que proclamas