Conducir con calma
Sé suave, elegante y delicado en tu conducción. Galante. Respetuoso. Todo esto, sin duda, son maneras de amar.
La conducción, en particular en las grandes urbes, es una buena ocasión para el ejercicio de las virtudes.
Uno de los ámbitos donde podemos medir nuestra temperatura espiritual es en el tema de la conducción, que, por su propia naturaleza (diría), requiere poner en práctica un montón de virtudes, tanto humanas como cristianas.
En primer lugar, como es lógico, la prudencia, contra la cual podemos atentar si tomamos decisiones más o menos arriesgadas, que puedan poner en peligro la seguridad propia y de los demás o, simplemente, afectar a nuestro modo de conducir, con calma y paz o de modo alterado y agresivo, con paciencia o con impaciencia… cuestiones clave también para una conducción segura que nos evite posibles disgustos, mayores o menores.
Por otra parte, para conducir con garantías y dando buen ejemplo a nuestro prójimo, también es necesaria la sobriedad en la comida y en la bebida, de tal modo que no nos entre un sopor al volante por una ingesta excesiva de alimentos o, peor aún, que no nos expongamos a consecuencias indeseadas por el consumo de alcohol. El buen olor a Cristo que debería desprender todo cristiano pide que esta sobriedad llegue hasta el punto de que, si nos paran en un control, demos negativo.
Y hay un tema importante para nuestra conducción que es la calma, la paz, la paciencia. Si cuando vamos conduciendo nos alteramos fácilmente ante los atascos, los errores de los demás u otras circunstancias del tráfico, ya sea en ciudad (sobre todo, en ciudades grandes) o en carretera, hay algo que, como se dice popularmente, nos tenemos que hacer mirar, algo que tenemos que corregir. El cristiano es hombre, mujer, de paz. Y en esto, como en otras esferas de la vida, es importante educar el corazón, porque, ya lo decía Jesús, “de lo que rebosa el corazón habla la boca” (Lc 6, 45).
Por eso, aunque vayamos conduciendo solos y no nos vea nadie más que Dios, hay que luchar por conducir conservando la calma, sin alterarse por las circunstancias del tráfico o los errores de otros que nos afectan. Por otra parte, debemos ser conscientes de que nosotros también cometemos o podemos cometer errores al conducir y no nos gustaría que nos juzgaran tan severamente como en algunas ocasiones tendemos a hacerlo con los demás.
Todo ello requiere poner en práctica la paciencia, que es una virtud humana y cristiana costosa, pero de grandes frutos: el primero de ellos, la paz. La misma palabra lo dice: paz y ciencia, esto es, paz y ciencia o sabiduría de saber esperar (sin alterarse). Particularmente si conducimos en ciudad (no digamos nada en gran ciudad), nos ayudará sentarnos al volante con la convicción o el pensamiento de que la ciudad es muchas veces agresiva y que no podemos permitir que eso nos altere, porque, si perdemos la paz, perdemos el control de nosotros mismos y la misma alteración, depende de en qué grado sea, puede provocar un accidente.
Por no decir también que podemos cometer pecados, ofensas a Dios, sobre todo si nos da por insultar a otros conductores de molestas actitudes, aunque no nos vean ni nos oigan. Recordemos cómo Jesucristo dijo que, si “uno llama a su hermano ‘imbécil’, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama ‘necio’ merece la condena de la gehenna del fuego” (Mt, 5, 22). La caridad empieza por el corazón y debemos educarlo para mantener la calma, la paciencia, la paz, no permitiendo siquiera que nazcan en nuestro interior pecados de pensamiento; en este caso, contrarios a dicha virtud de la caridad.
Es esta también una forma de ir moldeando nuestro carácter hacia el bien y las virtudes, pues el cristianismo, más que una religión negativista de evitar el pecado (como quien supera a duras penas el suspenso) es una religión de amor, en la que hay que crecer (en lo posible, hasta la matrícula, nunca mejor dicho), ya sea en el propio carácter como en el amor a Dios y a los demás. Y esto empieza por educar las actitudes internas con una gimnasia espiritual, unos actos conscientes y voluntarios, que no nos vienen dados por ciencia infusa.
Así pues, calma: las cosas, sobre todo en ciudad, son así y tú no las vas a cambiar. Si a ti te gusta ir rápido, no todos son como tú y pueden ir más lentos. Tienes que ser comprensivo. Relájate: deja pasar, respeta el paso de peatones (incluso con adelanto), no quieras meterte siempre tú, cede el paso, tómate tu tiempo, no quieras saltar siempre el semáforo en color ámbar a toda velocidad; sé suave, elegante y delicado en tu conducción. Galante. Respetuoso. Todo esto, sin duda, son maneras de amar.
Y si llevamos pasajeros a bordo, tanto en ciudad como en carretera u otras vías de circulación, una forma muy bonita de caridad, además de una obligación personal de cada conductor, es no solo conducir con calma y seguridad, sino transmitir seguridad a quienes nos acompañan. Uno puede sentirse seguro haciendo determinadas cosas o conduciendo de determinada manera, pero si quienes viajan con nosotros no se sienten seguros así, debemos cambiar y corregir aquello que no les transmite seguridad.
Al fin y al cabo, se trata de que todos lleguemos felizmente a nuestro destino, con alegría, paz y armonía, con seguridad y naturalidad, sabiendo que si Dios está con nosotros (viviendo en gracia), ¿qué o quién estará contra nosotros? (1 Rom 8, 31). Nada ni nadie nos tiene por qué alterar, nada ni nadie nos quitará la alegría (Juan 16, 22). “Pues -remarcaba San Pablo- estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura [tampoco las circunstancias del tráfico, podríamos añadir] podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (1 Rom 8, 38). No podrán apartarnos del amor, de la paz de Dios o, adaptando el texto a nuestro tema, no deberíamos permitir que lo hicieran.