«Como en mi iglesia en ningún 'lao'»... de vivo o 'amortajao'
'Conversión del duque de Gandía' (1884), de José Moreno Carbonero.
"Cuando la muerte venga a visitarme, que me lleven al sur donde nací", escribía Joaquín Sabina, en una de sus canciones más famosas.
Y, yo, desde aquí, añadiría, más bien, protestaría, que a los cristianos, "cuando la muerte venga a visitarnos", que nos devuelvan, por favor, al templo... donde, por el agua del bautismo, un día, nosotros, también, volvimos a nacer, o, al menos, a la iglesia donde vivimos nuestra fe.
Porque, a día de hoy, la típica escena de nuestro ser querido, ya fallecido, entrando en la iglesia por el pasillo es algo que ha quedado para películas en blanco y negro. Ahora, raramente se ve algo así, al menos en una gran ciudad como Madrid. Hoy, la muerte se ha vuelto límpida, aséptica, aseada, indolora, pero, también, inane, hasta insípida, diría yo.
Los cementerios se llevan a las afueras de las ciudades, a los niños se les tapan los ojos con vendas, mientras los tanatorios, acristalados, van pareciendo edificios de oficinas. La muerte ya no es comunitaria, es propiedad privada, casi vergonzante. Hoy, las plañideras, los rosarios, las oraciones y los salmos... han dado paso a botellitas de agua mineral, mediasnoches y café descafeinado con edulcorante.
Sin embargo, yo, desde esta tribuna que me ofrece ReligiónEnLibertad, me gustaría reivindicar una de mis últimas voluntades, uno de los artículos de mi testamento espiritual y, por qué no, corporal. Que cuando muera, espero, con retraso, me lleven a la iglesia donde crecí, al lugar donde profesé, con débil fe, eso sí, que mi alma viviría para siempre y que aquel hatillo de huesos y pieles secas, algún día, se habría de transfigurar.
Porque, si de verdad reorientáramos nuestras vidas por completo, ¿qué hay más importante que la muerte?, ¡ese dulce dies natalis! de nuestros viejos mártires. La vejez, entonces, ya no sería un tiempo de descuento, al contrario, sería, nada más y nada menos, que la antesala para llegar al cielo. Y, los velatorios... una gran fiesta por haber culminado, juntos, la carrera de la fe.
Porque, poder descansar, por última vez, en el mismo templo donde un día recibimos, vestidos de blanco, el sacramento del bautismo, o donde compartimos con nuestros hermanos la fe, es poder cerrar, con honores, un ciclo vital. Es apuntar que caminamos juntos hacia el cielo. Es no tirar al suelo el último bocado, la mejor parte. Es gritar al mundo que la vida solo tiene un sentido: el abrazo final.
Señoras, señores, así como a todos, un día, nos gustaría poder despedirnos en nuestra propia casa, y no en un frío hospital, rodeados de allegados, recuerditos y fotos familiares, así, los cristianos necesitamos, también, poder disfrutar, por última vez, de la casa terrena del Padre, de nuestro párroco, del mendigo, de la viuda y del sacristán... de la comunión de los santos y de la que fue nuestra querida familia espiritual.
Porque, "si hemos muerto con Cristo, también viviremos con Él"... ¡si ya lo dice San Pablo!