Mientras un corazón lata al ritmo del Amor verdadero

La creación de Adán en la Capilla Sixtina de Miguel Ángel: en esa distancia entre los dedos reside el Misterio de Amor que da sentido al hombre y su relación con Dios y con los demás.
En la bóveda de la Capilla Sixtina, los dedos de Dios y de Adán no se tocan. Permanecen suspendidos, separados por un ápice. Ese intervalo es el espacio del Amor. Del no ser al ser. Allí se cumple el misterio de la Humanidad. La nostalgia de una unión necesaria que ninguna civilización ha sabido colmar jamás.
Del Amor nace la vida. Lo incompleto alcanza su forma perfecta amando. Porque el Amor, como cuenta Platón en El banquete [El simposio], nació de dos opuestos: Penia (la privación) y Poros (el recurso). Eterno dinamismo entre la conciencia de la carencia y el deseo de plenitud. Amar es reconocer nuestra propia incompletitud. "Amor significa en general la conciencia de mi unidad con otro, de modo que no estoy aislado para mí, sino que logro mi autoconciencia sólo como renuncia de mi ser para sí y por el saberme como la unidad mía con el otro y del otro conmigo", escribía Hegel en Filosofía del Derecho.
En realidad, con matices y perspectivas diferentes, toda la tradición filosófica occidental –desde Platón en adelante, pasando por Aristóteles, Agustín, Tomás, Leibniz, Maritain y muchos otros– concibe el Amor como un camino hacia lo que nos trasciende. Un movimiento de lo imperfecto a lo perfecto, del yo al nosotros. Una tensión hacia el otro de uno mismo. Que es parte de uno mismo. Y del que el yo forma parte.
Esta es la misión más difícil para un hombre: dar verdad plena y perfecta a su propia verdad incompleta, inadecuada y a menudo falsa. Búsqueda continua de una unidad perdida. Entre Criatura y Criatura. Entre Criatura y Creador. Entre Criatura, Creado y Creador. "Amor est Laetitia concomitante idea causae externae", nos recuerda Spinoza en la Ethica.
La modernidad ha roto este horizonte. En el mundo contemporáneo, el Amor ya no es una "proyección hacia" sino un "espejo de uno mismo". Todos los "logros" de la civilización reciente parecen inscribirse en el marco de este cambio antropológico. Es el triunfo del individuo y del individualismo. Del tener sobre el ser. Del solipsismo sobre el personalismo. Del idealismo subjetivo sobre el intersubjetivismo relacional.
El enfoque actual –la política, la economía, la tecnología, la socialidad, los derechos civiles– atestigua la crisis del Amor como fundamento del vivir. El egoísmo es el nuevo lenguaje. La autorreferencialidad es su sintaxis. Cada deseo se ha convertido en principio de verdad. Cada fantasía, en derecho jurídico y moral. Cada ambición particular, en medida a la que someter lo universal.
Hemos confundido libertad con independencia, relación con dominio. Muchos pensadores del siglo XX –desde Fromm a Bauman, desde Arendt a Morin– han descrito esta condición como una crisis del amor social. Y no solo.
Cuando se encierra en sí misma, la persona se aísla de su propio significado. La vida misma pierde su sacralidad. La de cada especie viviente, la de cada nueva criatura en el vientre de una madre, la de un enfermo llamado a vivir el misterio de su propio sufrimiento, la de los hermanos que mueren de hambre ante la indiferencia de los impíos, la de cada persona que vive a nuestro lado, la de nosotros mismos llamados a realizarnos según la verdad. Sin el Amor, todo se considera un impedimento para la afirmación desmesurada del propio ego. La libertad se convierte en monólogo. La identidad, en dogma.
No es arriesgado afirmar que los grandes males que afligen a nuestra sociedad derivan de la incapacidad de amar. Sin Amor todo muere. Los Padres de la Iglesia, los Santos y los Mártires nos enseñan que la vida es entrega de uno mismo. Que no hay entrega sin Amor. Que no se puede amar al Hombre sin amar a Dios. Y que no se puede amar a Dios sin amar al Hombre. Las dos dimensiones van juntas.
Y son don (y fruto) del Espíritu Santo. Sin su aliento vital, estamos destinados a amar con un amor ilusorio, engañoso y excluyente. Incapaz de durar, incapaz de dar, incapaz de crear. Es el amor sin Amor. Que engendra al hombre sin el Hombre. Y atestigua la idea de un dios sin Dios.
Cuando el verdadero Amor termina, todo termina. No se trata de sentimentalismo ni de moralismo. En todo individualismo exasperado (real o aparente) se esconde una cuestión antropológica, decisiva y estructural. Sin la capacidad de reconocer al otro como parte de nuestro propio destino, lo Humano muere. "Yo me convierto en Yo en el Tú", decía Lévinas.
La sociedad contemporánea parece avanzar en una dirección obstinada y contraria. La evolución legislativa es llamada a enfrentarse a cuestiones cruciales: aborto, eutanasia, identidad de género, familia, bioética, aceleración tecnológica, humanidad aumentada, sostenibilidad medioambiental, demográfica y social, pluralismo. Cada uno de estos temas tiene que ver con nuestra disposición a amar. Haciéndonos un regalo. Aceptándolo todo como un regalo. Incluso el dolor.
En la intersección entre derechos no negociables, derechos sociales, derechos medioambientales, derechos civiles y derechos individuales, se vislumbra una única solución posible: redescubrirnos capaces de amar, de un Amor verdadero. Sin Amor, la Humanidad se requema. Sin Amor no hay Verdad. Sin Verdad no hay Amor. Cuando una civilización pierde la gramática del Amor, su racionalidad también se tambalea. Nace el hombre artificial. Técnicamente perfecto, moralmente indiferente. Tecnológicamente omnipotente, existencialmente solo. Un ser que mide la felicidad en utilidad, no en vínculos; en ganancia, no en conciencia.
Un hombre que habla de derechos pero olvida los deberes, que proclama la libertad pero teme la reciprocidad. Un hombre que olvida que es una criatura. Un hombre que ya no sabe reconocer su propia verdad constitutiva. Un hombre desencarnado, desarraigado, autárquico. Un hombre no creado.
Es como si el progreso hubiera multiplicado sus posibilidades y, al mismo tiempo, anulado su capacidad de reconocerse a sí mismo. Las revoluciones –políticas, éticas, lingüísticas– de las que ha sido protagonista corren el riesgo de consagrar no su emancipación, sino su autodestrucción. Es la fábrica del hombre sin el Hombre, del hombre contra el Hombre. Es el laboratorio de la sociedad sin socialidad. Es la pérdida del principio relacional que mantiene unidos al ser humano y a todos sus semejantes, al Hombre y a la Naturaleza, a la Criatura y al Misterio.
Esta es, quizás, la gran necedad del Hombre contemporáneo: pensarse por sí mismo. Pensarse como fin en sí mismo. Pensar que es suficiente para sí mismo. Creerse autor de sí mismo. Negando así el principio primero y el fin último de su vida. Que no está en sí mismo. Está en lo que lo trasciende. Y solo en ello puede realizarse.
Vivimos en una época que ha convertido la autosuficiencia en una religión. Pero la Historia nos enseña que la Humanidad no está formada por personas autosuficientes. La mayoría de la Humanidad está formada por personas no consideradas humanidad por los autosuficientes. Son los frágiles, los marginados, los últimos, los olvidados. Ellos son los guardianes de la verdadera Humanidad. Los no amados que nunca dejan de amar. Para recordarnos que la verdadera Humanidad está por encima y antes que cualquier condición social, política o religiosa. Está antes y después de todos los autosuficientes de la Historia.
Las socialidades mueren, la Humanidad permanece. Las políticas mueren, la Humanidad permanece. Las formas religiosas mueren, la Humanidad permanece. Las ideologías mueren, la Humanidad permanece. Mueren los imperios y las civilizaciones, queda la Humanidad. Todo muere, la Humanidad atraviesa los siglos. En filigrana. En silencio. Porque la verdadera Humanidad siempre es custodiada y conservada como verdadera Humanidad por su Creador y Señor. La verdadera Humanidad nunca ha muerto y nunca morirá: siempre resucitará de sus ruinas.
¿Hasta cuándo? Hasta el fin de los tiempos. Hasta que en la tierra haya un solo corazón capaz de latir al ritmo del Amor verdadero. Un corazón de Armonauta.
- Publicado en Avvenire.