Viernes, 18 de octubre de 2019

Religión en Libertad

Feminismo e identidad de género: la contradicción insuperable


por Josep Miró i Ardèvol

Opinión

 

No es que resultase poco visible la contradicción insuperable entre el feminismo y la identidad de género, porque bastantes, entre los que me encuentro, lo hemos apuntado en más de una ocasión. No, no es extraño que al final haya estallado a escala hispana lo que ya era un enfrentamiento anglosajón. Lo realmente raro es que no haya estallado antes la incompatibilidad entre feminismo y la perspectiva de género, entendida como lo que hoy es su corriente principal: la sexualidad polimorfa y el juego de identidades sexuales, en los que la mujer desaparece. La invasión y supremacía de atletas transexuales masculinos en el ámbito de los deportes era un signo evidente de la gran contradicción entre ambas ideologías.

La identidad de género es una pieza central de la perspectiva de género, y perseguir su abolición, como declara ahora un sector feminista próximo al PSOE, significa liquidarla. Esta misma corriente feminista, en boca de la vicepresidenta del gobierno, extiende su autoridad más allá de negar la identidad de género, al irrogarse la autoridad de señalar quién es feminista y quién no. Todo conduce a la misma evidencia: se trata de ideologías políticas basadas en creencias que tienen como fin el poder. Pero volvamos a la contradicción y al conflicto.

El enfrentamiento

En el marco de la Escuela Feminista Rosario Acuña, una de las personas destacadas de esta ideologia, Amelia Valcárcel, que además es miembro del Consejo de Estado, afirmó la incompatibilidad entre la identidad de género y el feminismo. Para Valcárcel, el género es una construcción social utilizada para subordinar las mujeres a los hombres. Es decir, el género sería un instrumento analítico para evidenciar el Patriarcado, que es la construcción social mimética a la utilizada por el marxismo en relación con el capitalismo.

Las equivalencias que aplican son de una obviedad absoluta. La burguesía explotadora, consciente o no de tal explotación, son los hombres, y los explotados, el proletariado, las mujeres, y lo que hay entre ambos es una lucha de “clases” que deja en segundo plano la desigualdad socioeconómica.

Pero el feminismo ha sido fuertemente colonizado por pensadoras procedentes del lesbianismo político, que ha transformado su deseo en categoría política a base de conferirle una identidad colectiva que necesita ser reconocida y es portadora de derechos. Judith Butler es la máxima exponente y líder de esta concepción, extendida a otros comportamientos sexuales, como la bisexualidad, o disfunciones, como la transexualidad. Y a partir de ahí una casi infinita identificación de identidades y sus subsecuentes clasificaciones.

La condición de hombre y mujer no era tal, sino que la condición sexual era fluida, cambiante y sujeta al propio deseo. Y todo esto, pensado inicialmente desde el lesbianismo, que no ve al hombre en los mismos términos que el feminismo, ha eclosionado con la transexualidad.

La discordancia entre la percepción sentida y la condición morfológica y biológica del ser hombre o ser mujer se suprimía, y se acusaba de fobia a quienes la sostenían, la inmensa mayoría de médicos, por ejemplo, y se transformaba en una identidad política más que ni siquiera necesitaba de su adaptación física, los caracteres sexuales secundarios del otro sexo, para afirmarse y ser reconocida. Bastaba con la propia afirmación subjetiva, como lo constata la reciente normativa del País Vasco

Bajo este planteamiento es evidente que la mujer y todas sus condiciones específicas, empezando por el más importante, la maternidad, quedaban relegadas a un plano secundario, marginal. La discrepancia ente feminismos sobre los vientres de alquiler, era una constatación práctica más del conflicto. El choque era inevitable, más cuando el feminismo de la confrontación actual, llámese de la diferencia radical o como se quiera, está profundamente mujerizado, incluso en términos biológicos, empezando por su propio saludo político, el signo feminista que simboliza la vagina.

La terrible descalificación: feminismo TERF

Según Valcárcel, si el género se convierte en una categoría identitaria, subjetiva, se subvierte uno de los principios del feminismo según sostiene el feminismo de la igualdad. Para ella este planteamiento del género es un “troyano” para destruir el feminismo. Más todavía, es un vaso comunicante con el machismo, que necesita de otros aliados para frenar la lucha de las mujeres. La descalificación es total. He aquí que la mitificada Butler es una aliada objetiva de los machos; algo así como Trotsky visto desde la perspectiva estalinista. Según su punto de vista el esencialismo de género no ayuda a reivindicar los derechos colectivos de las mujeres. Estas formulaciones le han valido a ella y a otras ponentes, la crítica, la descalificación y el insulto; incluso la amenaza.

Han sido declaradas TERF (feminismo radical transecluyente, en sus siglas en inglés), que por lo visto y en este mundo, es una acusación total, peor que ser calificado de kulak en el periodo bolchevique. Han sido vilipendiadas como transfóbicas, y la FELGTB (abundantes siglas para identificar la Federación Española de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales) comenzó una recogida de firmas para obligarlas a rectificar. Por lo visto no basta con discrepar, han de auto inculparse del error y dejar claro que se equivocaron. Las acusan de que aquellas feministas reducen las realidades vitales e identitarias a sus genitales. Lo cual dicho así y dado algunos de sus eslóganes sobre sus ovarios, su saludo y demás simbología, no es del todo exagerado. Claro que, contradicción sobre contradicción, estos descalificadores de lo genital dirigidos a las feministas crearon la etiqueta para atacarlas #hastaelcoñotransfobia. Para el Grupo de Políticas Trans “el género es una vivencia interna, personal e inmodificable. Que nos hace ser hombres, mujeres, personas no binarias, independientemente de nuestra corporalidad”

Pero a esta ofensiva LGLTB (+) las feministas próxima al PSOE han contestado con un durísimo manifiesto que en 24 horas consiguió 1000 firmas. Que se declara a favor de “Un feminismo crítico abolicionista del género”, nada más y nada menos, e insisten: “considerar el género como una categoría es una práctica antifeminista”, rechazando que el género sea una cuestión identitaria unida al deseo. Para las feministas contrarias a la perspectiva de género acuñada por Butler y sus adláteres, el género es solo una categoría analítica (y viene a coincidir con uno de los puntos del documento de la Congregación para la Educación Católica  que diferenciaba la perspectiva de género y sus identidades como concepción de los análisis de género), “una construcción sociocultural que establece papeles en funcion del sexo”. La construcción sobre la que el patriarcado asienta la subordinación de las mujeres. Ni L, ni G, ni T, ni B, nada de nada. La cuestión del género es un tema entre mujeres y hombres, o mujeres y machistas, si así se prefiere. Creer que “los hombres pueden ser mujeres solo por decirlo, elimina la realidad de las mujeres” y “niega la realidad de que están oprimidas por haber nacido de sexo femenino”.

Y para que no queden dudas sobre la perspectiva de género pasada por la mirada queer de Butler, borra a las mujeres de “las leyes que nos protegen, nos invade nuestros espacios seguros, e incluso nos prohíbe hablar de nuestra anatomía alegando delito de odio”. Para las feministas el género es “la piedra angular sobre la que se asienta la opresión sexual de las mujeres y las niñas de la política patriarcal que es necesario erradicar”. Y apunta además a un extremo criticado por muchos y aceptado beatamente por las autoridades políticas, sean del color que sean: practicar la teoría queer desde la infancia y la adolescencia “como se está viendo en los centros de enseñanza  pone en peligro la salud física y mental  de una población muy vulnerable por razones de edad y con consecuencias irreversibles”. ¡Vaya por Dios, las feministas nos dan la razón!

Publicado en Fórum Libertas.

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