Jueves, 18 de julio de 2024

Religión en Libertad

Aumenta el infanticidio en España

Niña se tapa la cara con miedo.
No es fácil documentarlo con datos comparados y además los registros introducen sesgos ideológicos, pero es un hecho que el infanticidio en España está creciendo. Foto (contextual): Caleb Woods / Unsplash.

por Alfonso V. Carrascosa

Opinión

Me habría gustado no tener que escribir este artículo, pero no me ha quedado otro remedio. No hace mucho una amiga me comentaba que le daba la sensación de que cada vez había más asesinatos de niños. Yo le comenté que una cosa eran las sensaciones y otras la realidad, que el infanticidio había existido siempre, etc., etc., etc., a lo que no tardó en indicarme la conveniencia de que lo comprobase, porque no consideraba esos comentarios suficientes indicios para convencerla de lo contrario. Así que empecé a buscar datos que pronto obtuve, tanto de origen académico como de hemeroteca en red.

Rechazo moral

Antes de nada y por acotar, decir que el Diccionario de la Real Academia Española define infanticidio como la acción de dar muerte a un niño de corta edad. Por su parte, el Catecismo de la Iglesia católica dice en su nº 2268: "El quinto mandamiento condena como gravemente pecaminoso el homicidio directo y voluntario. El que mata y los que cooperan voluntariamente con él cometen un pecado que clama venganza al cielo (cf. Gn 4, 10). El infanticidio (cf. Gaudium et Spes 51), el fratricidio, el parricidio, el homicidio del cónyuge son crímenes especialmente graves a causa de los vínculos naturales que destruyen. Preocupaciones de eugenesia o de salud pública no pueden justificar ningún homicidio, aunque fuera ordenado por las propias autoridades".

La gravedad moral de dichos hechos la Iglesia católica siempre la ha tenido clara, aunque alguno de sus miembros se haya desviado de la sana doctrina y haya perpetrado este tipo de horrendos crímenes.

El infanticidio es un crimen que a nivel mundial se considera de baja prevalencia, que quiere decir que ocurre en un porcentaje muy inferior al de otros tipos de homicidio, lo cual no disminuye su relevancia y sobre todo su crueldad, puesto que se perpetra contra seres humanos indefensos. Además, no es fácil de estudiar, porque las categorías estadísticas donde se recogen los datos por así decir oficiales no son todo lo fácilmente comparables que sería deseable para llevar a cabo sobre ellas estudios científicos; pero tales estudios existen.

Los datos

Según los estudiosos de estos temas, dentro del infanticidio existen varios tipos. Por ejemplo, si la víctima es un recién nacido, suele denominarse neonaticidio, y el homicidio ocurriría durante las primeras 24 horas de vida. Otro tipo sería el llamado filicidio, perpetrado por los padres de la víctima, que es del que he encontrado datos de los últimos años en España, por lo que me voy a referir a él en este artículo, y no a otros, no porque no hayan aumentado, sino porque encontrar información fiable y comparable es más difícil. Se entiende que las cifras de infanticidio, que incluye todos los tipos de asesinato de niños, serán superiores.

En el período 2000-2010 hay en España registradas 58 víctimas oficiales de filicidio reconocidas por nuestro sistema de justicia [enlace de descarga: El filicidio en España. Situación y limitaciones para su estudio], de donde se deduce una media de unos 5 filicidios/año. Este estudio señala que no se puede achacar como causa mayoritaria de los homicidios las deficiencias en la salud mental de quienes los perpetraron. Ira contra el menor u odio hacia otra persona, el padre o la madre del niño, son las causas más comunes.

Según otro estudio, en el período 2004-2007 -período de tiempo incluido en el anteriormente mencionado y de menor duración, lo que se explica por lo que antes comentábamos de la dificultad de encontrar datos comparables- se llevaron a cabo en España 48 filicidios, es decir, 12 filicidios/año.

Un trabajo posterior abordó el estudio del número de filicidios ocurridos en el período 2010-2012, arrojando un total de 40 víctimas, lo que supone una cifra de 13 filicidios/año, es decir, casi el triple de filicidios que en el período 2000-2010. También en este caso los autores indicaron que no se podía atribuir al estado mental de los padres la causa mayoritaria de los crímenes.

Y ya para terminar esta clara tendencia creciente, el estremecedor dato aparecido en prensa y no desmentido por nadie de que en España ocurrieron 17 filicidios en 2021, es decir 17 filicidios/año, lo cual es prácticamente el cuádruplo de la frecuencia que comenzábamos citando de hace tan sólo una década.

Un sesgo ideológico

Además también aparece indicado en prensa que no se daba noticia más que de los niños que morían a manos de su padre y no de los que padecían tal trato a manos de su madre, algo para cuyo esclarecimiento fue necesaria la interposición de una pregunta parlamentaria, resultando que por lo publicado fueron ligeramente más los hijos asesinados por sus madres que los asesinados por sus padres, algo ya apuntado en estudios anteriores, y que al parecer se estaba tratando de ocultar, aplicando un fuerte sesgo ideológico con clara intencionalidad política inspirada en la cultura de género, que fomenta la animadversión, cuando no el odio, hacia el padre.

En conjunto, de lo hasta aquí dicho no parece que pueda decirse que el infanticidio esté disminuyendo, sino que no cabe más remedio que admitir que más bien ocurre todo lo contrario, lo cual debe interrogarnos, como integrantes de una sociedad supuestamente -según algunos- ‘en progreso’... ¿hacia dónde, cabría preguntarse a raíz de estas cifras? ¡Ojalá haya alguien que pueda rebatir lo recogido hasta aquí con datos reales!

La historia precristiana

No tenemos datos cuantitativos tan precisos, pero sí información historiográfica no por ello menos fiable, que nos permite saber de una práctica del infanticidio probablemente más elevada, amparada incluso por una cierta aceptación social, en épocas remotas precristianas. Esto ocurría en los recientemente denominados imperios de crueldad, que en algunos casos incluían suelo actualmente español: hay indicios suficientes como para admitir que en el Imperio Romano o Griego, en Esparta o Cartago, se practicaba el infanticidio de manera más o menos aceptada.

El episodio de la Matanza de los Inocentes recogido en el Evangelio (Mt 2, 16ss; Act 7, 19ss) es universalmente conocido, como lo es también el trato que el faraón de Egipto dispensó a los israelitas una vez fallecido el patriarca José (Éxodo 1, 16ss). Dios reprueba al pueblo elegido en varias ocasiones a través de sus siervos y profetas hacer dicha práctica idolátrica propia de los pueblos vecinos por haberle abandonado a Él y a sus mandatos, y haberse entregado al paganismo y la idolatría (2 Crónicas 28, 3ss.; 2 Reyes 16,3; 2 Reyes 21,3; Ezequiel 20, 31).

El cambio cristiano de actitud

También es conocido, en la misma línea, que dentro del judaísmo tales prácticas eran condenadas y rechazadas por mandato divino (‘No matarás’), y que el inicio del cristianismo supuso una rápida prohibición y persecución del infanticidio donde este surgió, en el Imperio Romano entre otros lugares. Otros de los denominados imperios de crueldad cedieron a tales prácticas apoyados en la compasión que el cristianismo les aportó.

Se conoce por documentos historiográficos que el infanticidio se siguió practicando, aunque de manera residual, en la España medieval, y que para reducirlo la Iglesia católica habilitó los orfelinatos, donde se recogían los niños que sus padres abandonaban por motivos diversos -el honor uno de ellos: algunos niños eran abandonados a su suerte si no habían sido concebidos dentro del matrimonio-, puesto que con anterioridad a la existencia de dichos establecimientos el fin de un niño abandonado era su muerte por inanición en la calle o en lugares donde se sabía que eran abandonados y la gente llegaba a rescatar a muchos de ellos y cuidarlos: eran los conocidos como expósitos.

También es conocido el papel que jugó la evangelización española en América para acabar con prácticas infanticidas en, por ejemplo, el Imperio Azteca.

Una de las raíces, la destrucción de la familia

El abandono de Dios por parte del hombre puede parecer al principio una acción liberadora, pero con el paso del tiempo el mismo hombre acaba privando de libertad a su congénere. El actual avance de la apostasía de Europa, que fuera indicado por vez primera por San Juan Pablo II y que consiste básicamente en negar la existencia de Dios, parece estar siguiendo una hoja de ruta prevista por dicho pontífice y sus sucesores, que ha generado la progresiva destrucción de la familia cristiana con la propagación del divorcio y la cultura de la muerte, que según indicaba la Evangelium Vitae iba a ir generando el aumento del crimen del aborto, ahora la eutanasia en España y, aunque no se hable del asunto, del aumento del infanticidio. Como las desgracias nunca vienen solas, a todo ello sólo queda sumar la creciente práctica de la mutilación genital propiciada por la cultura de género.

Una de las explicaciones dadas a la luz de la Revelación sobre el porqué un padre o una madre mata por odio hacia el otro congénere al hijo fue dada por Kiko Argüello en su libro El Kerigma, donde dejó escrito lo siguiente: "Cuando uno pone su ser en el amor de una mujer por la que se siente amado, y esa mujer se enamora de otro y lo deja, ese hombre experimenta en sí mismo algo que no conocía: el infierno. Inmediatamente experimenta dentro de sí un horror, un abismo se abre ante él: pasa de ser a no ser; no existe; experimenta una oscuridad total, un abismo de tinieblas. Eso es un sufrimiento tan grande que se pregunta: «¿Cómo puedo hacer comprender a mi mujer el daño, el mal tan tremendo que me ha hecho?» Y piensa: «¡Matando a los niños!»".

Todo ello comienza, según la Revelación, con el abandono de Dios, como consecuencia del engaño propiciado por el demonio que sigue buscando confundir al hombre con la mentira primordial: que Dios no nos ama, y si es así, no existe. Frente al demoníaco ‘Seréis como dioses’, Dios se ha hecho hombre y, desde la Cruz, ha pedido al Padre ‘Perdónales, porque no saben qué es lo que hacen’. Confiemos en la fuerza renovadora de la Pascua 2023 que anuncia que Cristo Jesús murió, pero más aún ¡resucitó!

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