Jueves, 25 de julio de 2024

Religión en Libertad

El abad de Montserrat destaca las virtudes de Buen Pastor del Beato Álvaro del Portillo

Jordi Picazo / ReL

Miles de personas asistieron a la primera misa por la festividad del Beato Álvaro del Portillo.
Miles de personas asistieron a la primera misa por la festividad del Beato Álvaro del Portillo.
El abad de Montserrat, Josep María Soler, celebró este sábado 30 de mayo en la explanada de las plazas de Santa María del monasterio benedictino en Cataluña la primera misa con motivo de la festividad del Beato Álvaro del Portillo, que se celebra el 12 de mayo. Concelebraron con al padre Abad el vicario del Opus Dei en Cataluña, Antoni Pujals, y una treintena de sacerdotes.

El Beato Álvaro fue elevado a los altares el pasado 27 de septiembre en Madrid, ciudad donde nació hace ahora cien años. Se dispusieron más de 3000 sillas y los peregrinos participaron en el sacramento de la reconciliación desde las 15:30, una hora antes de que diera comienzo la misa.

Apología del Buen Pastor
"Jesús se define como el buen pastor... La imagen del pastor que guía y protege el rebaño, el Antiguo Testamento la aplica a Dios en referencia a su solicitud por el pueblo de Israel, y en el Nuevo Testamento vemos cómo Jesús ejerce perfectamente su condición de pastor solícito de toda la humanidad, porque es Hijo de Dios y a su vez plenamente hombre", dijo el padre Soler durante su homilía: "[El Buen Pastor] se siente responsable porque es una cosa suya. Y no por un afán de dominio en ningún caso, ni para ejercer un poder despótico sobre las ovejas, sino porque las conoce, las ama y está dispuesto a dar la vida por cada una de ellas... Se trata de un amor que descubre su fuente y su plenitud en el amor que une al Padre con el Hijo. El profeta Ezequiel, en la primera Lectura de la misa lo anuncia, de tal manera que tomaba un cariz de consuelo y de sanación: «Haré que descansen, les daré de comer bien, buscaré a la perdida, haré que vuelva la que se alejó y vendaré a esa que se lastimó»”.

Al recordar que se veneraba a "uno de nuestros días", el Beato Álvaro del Portillo, el abad de Montserrat destacó que "trabajó interiormente para adquirir las virtudes propias de un pastor según el corazón de Dios y se libró abnegadamente al servicio de los otros, gastando su vida por amor para anunciar a todo el mundo a Jesucristo y su Evangelio".



"Era muy consciente", añadió Dom Josep María, de que "todavía quedaban ovejas que no eran del rebaño que es la Iglesia y por este motivo, y no sin sacrificio, recorrió muchos países, fomentando proyectos de evangelización e iniciativas sociales y educativas. Había descubierto el amor con el que era amado por Jesucristo y el tesoro que esto le comportaba de penetrar en el amor del Padre bajo la acción del Espíritu Santo. Y quería así que todo el mundo lo descubriese para que todos pudieran vivir con plenitud la vocación de ser persona humana creada por Dios y asociada al Cristo. Como recuerda el Papa Francisco en la carta dirigida a monseñor Javier Echevarría con motivo de la beatificación de Álvaro del Portillo: ´El que está muy puesto en Dios sabe estar muy cerca de los hombres´. Sabe estarlo por amor, desde la humildad, desde la comprensión, desde la misericordia, desde la voluntad de servir generosamente".

"Álvaro, en la escuela de San Josemaría, había recorrido la experiencia de ser profundamente amado por Dios a pesar de la conciencia de tener las manos vacías. El secreto de una vida así, donada totalmente a Dios ya los demás, es la oración", explicó el monje benedictino durante su homilía: "Una oración que hunde sus raíces en la vida litúrgica de la Eucaristía, de los otros sacramentos, de la Liturgia de las Horas, y que se despliega en la oración silenciosa, en la meditación de los misterios de Cristo unido a María, en la lectura meditada de la palabra de Dios, en una confianza absoluta en la solicitud de Dios por sus hijos, por las ovejas de su rebaño".

Una relación larga, intensa y fructuosa
Álvaro del Portillo fue peregrino en Montserrat por primera vez en junio de 1941, pocos días después de que reunirse en Madrid con el abado Aureli María Escarré, quien en 1943 invitó a Portillo y a otros compañeros suyos a pasar la Semana Santa en la hospedería de Montserrat. Allí pudieron compartir con los monjes la liturgia propia de aquellos días santos y abrir el corazón de par en par delante de la Imagen de la Mare de Déu.

De aquí nacieron unas relaciones y unas visitas mutuas que van desde el compartir espiritualmente en profundidad hasta el amparo en la expansión de la Obra en Cataluña y hasta Roma, pasando por el familiar regalo de algunas botellas del licor tradicional de Montserrat con motivo de la ordenación sacerdotal de Don Álvaro.
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