Miércoles, 25 de noviembre de 2020

Religión en Libertad

Acaba de publicar un libro sobre el arraigo y la cultura cristiana

Gabrielle Cluzel: el 68 despreció como «burgués» todo vínculo... pero el vínculo es la civilización

Gabrielle Cluzel: el 68 despreció como «burgués» todo vínculo... pero el vínculo es la civilización
La familia es la institución fundamental el arraigo, por eso la más aborrecida por quienes desean arrasar el legado de la civilización. La periodista y escritora Gabrielle Cluzel resalta la importancia de la comida familiar del domingo en la forja de la cultura cristiana.

ReL

"El nuevo bienestar es políticamente correcto. Si un joven participa en la manifestación del orgullo gay, puede decirlo en el colegio, el profesor lo felicitará o incluso lo acompañará. Si va a misa, no presume de ello. Ésa es la contracultura. Los medios de comunicación están asombrados de ver a tantos jóvenes en las manifestaciones contra la procreación asistida: la verdad es que las familias católicas francesas tienen muchos hijos y que a los jóvenes no les gusta tanto la transgresión como se cree".

Quien habla así es Gabrielle Cluzel, escritora y periodista francesa, jefa de redacción de la publicación online Boulevard Voltaire, esposa y madre de una familia numerosa católica.

En 2013, con ocasión de las manifestaciones en Francia contra la ley Taubira que legalizaba el matrimonio para todos, es decir, también para las parejas del mismo sexo, se dio a conocer publicando el libro Méfiez-vous de la France bien élevée! [¡Desconfiand de la Francia bien educada!] Una publicación que le ha hecho ganarse -por parte de sus detractores, es obvio- la etiqueta de "burguesa", que no sólo no ha rechazado nunca, sino que se ha adueñado de ella con una pizca de humor, y hoy ella misma relanza en un volumen titulado: Enracinés [Arraigados], en el que deja constancia de su preocupación por la desaparición progresiva de la civilización de antaño, la que amaba reunirse alrededor de la mesa los domingos, ante un estofado de ternera en Francia. 

La ha entrevistado Raffaella Frulone para Il Timone:

-¿Quiénes son los "arraigados"?

-La Francia profunda, la Francia silenciosa, la Francia "bien educada" que, de generación en generación, ha transmitido una pequeña joya de civilización impregnada de caridad cristiana. Las buenas maneras, la galantería son su vanguardia; el rigor, el amor por el trabajo bien hecho son una traducción profana de las virtudes benedictinas. Este patrimonio común ha unificado nuestro país, ha constituido su humus. Hoy, entre comunitarismo e individualismo, Francia se está convirtiendo en un archipiélago, según la fórmula del sociólogo Jérôme Fourquet. Los arraigados están pegados a su tierra carnal, como decía Charles Péguy, que es su heredad: sus antepasados la araron física y espiritualmente para obtener su cielo. Son el "somewhere" del británico David Goodhart. Jacques Attali, un economista y alto funcionario francés, campeón del "globalismo feliz", los llama "rabanillos" lo que ciertamente ¡no es un cumplido! Pero los arraigados ya están acostumbrados: siempre se les mira con desdén. He escrito este libro, primero, para hacerles justicia; pero, sobre todo, porque creo en ellos profundamente.

-¿Y qué tiene que ver con ellos el estofado de ternera del domingo?

-Para entenderlo, tenemos que volver a la última campaña electoral del presidente de la República y al debate en Francia sobre la apertura dominical de los comercios: Emmanuel Macron se había burlado de sus detractores definiéndolos "pequeñoburgueses", "inmóviles", reunidos el domingo en familia, alrededor de una mesa con un estofado de ternera servido. El estofado es un plato tradicional francés que tiene también una connotación especial, puesto que nos devuelve a la tranquila y próspera provincia francesa anterior a mayo del 68. Es el plato preferido del comisario Maigret, el famoso héroe de las novelas policíacas de la posguerra. Es el plato que se pone sobre la mesa familiar cuando se vuelve de la misa dominical.

-Por consiguiente, "burgués" tiene, en Francia, una connotación especialmente negativa. ¿Cómo se ha llegado a esto?

-A partir del 68, con la revolución libertaria y su eslogan Prohibido prohibir, se llegó al acuerdo de llamar "burgués" a todo lo que implicaba un vínculo, como si todo vínculo fuera un corsé fastidiosísimo. Sin embargo, la amabilidad vincula, la atención a los demás vincula, la vida en sociedad en su conjunto ¡vincula! Se ha empezado a llamar burguesas también a las tradiciones. Y sin embargo, nuestro estilo de vida, nuestra cultura, nuestra civilización no son más que una herencia inmaterial que nos ha sido transmitida. ¿Sabes cuál es el secreto del estofado de ternera? Su salsa, su aglutinante. Desacreditamos a las costumbres llamándolas "burguesas" y, al hacerlo, reprobamos a nuestra sociedad. Tal vez nos ha sucedido que, durante un homenaje en el patio de los Inválidos, nos quedemos extasiados ante el heroísmo de los soldados -como Arnaud Beltrame o los soldados que han muerto en Malí-, que descansan bajo la bandera tricolor, pero nadie tiene la intención de restablecer lo que, en la profundidad del corazón de estos hombres, podría haber sido sembrado y cultivado. Un burgués, después de todo, es poco más que un pobre que ha aferrado y subido por la escala social gracias a su mérito y a su trabajo, o al de sus padres. Despreciando al burgués, hemos eliminado al mismo tiempo sus valores -mérito y trabajo- y el ascensor social. En Francia todos se quejan de esto, sin preocuparse de las causas.

-¿Qué papel ha tenido el debilitamiento de la familia en todo esto?

-El divorcio, el "matrimonio para todos", la fecundación in vitro, el vientre de alquiler: todos ellos desintegran el vínculo familiar cada día un poco más, lo rompen en pedazos y lo dispersan como un puzle. Sin embargo, la familia es el primer lugar de arraigo, de identidad, de transmisión: este es el motivo por el que tantos la odian. El país es una familia de familias, cada una de ellas custodia una parte del alma francesa. Cada uno de nosotros tiene su historia familiar, con sus anécdotas, que forma parte de la historia del país y la encarna; una historia a veces algo embellecida, que los abuelos cuentan a la mesa... alrededor de un estofado de ternera. En Francia aún estamos muy unidos a todo esto, si bien tiende a desaparecer. ¡La comida dominical debería ser declarada patrimonio de la Unesco!

-¿Por qué?

-A la mesa, en familia, aprendemos la paciencia en la espera, la cortesía, cuando se sirven los platos, por ejemplo, y el arte de la discusión con el resto de comensales. Esta comida también forma parte de la herencia cristiana, en vías de extinción, porque es una pequeña perpetuación de la última cena. Su símbolo, en la campiña francesa, era una cruz dibujada con la punta del cuchillo por el padre de familia en el pan que estaba a punto de partir. Un gesto fuerte del campesino, que ahora ha desaparecido: tanto el gesto, como el campesino.

-En tu libro se lee que todo lo que es inmutable es detestable. ¿Qué significa?

-Lo único que nuestro mundo ama es el movimiento. El nombre del partido del nuestro presidente de la República, En Marche!, es emblemático. El movimiento ya no es un medio, sino el objetivo. Las raíces, inmóviles, no son populares. En Francia, por ejemplo, desde el punto de vista impositivo los inmuebles soportan una gran carga fiscal. Nada debe ser duradero.

-¿Es posible invertir la ruta?

-Sí, readquiriendo respeto y orgullo por lo que hemos recibido. ¿No ha sido perfecto? Vale; pero, ¿acaso no es el papel del heredero enriquecer y mejorar lo que ha recibido? El árbol ha sido talado, pero aún tiene raíces y ya hay capullos espléndidos, por lo que florecerá de nuevo, más fuerte. Agradezco a mis padres lo que me han transmitido; agradezco a mis hijos lo que transmitirán.

Traducido por Elena Faccia Serrano.

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