Jueves, 18 de abril de 2019

Religión en Libertad

Desde 1986, Onalee McGraw extrae lo mejor de las grandes películas clásicas y lo difunde

¿Se puede formar a los jóvenes en la virtud viendo cine de la era dorada de Hollywood? Ella lo hace

Humphrey Bogart y Lauren Bacall en «Cayo Largo». Ninguno de los dos eran precisamente «conservadores», pero las condiciones sociales y culturales en las que se hizo cine en la era dorada de Hollywood lo enraizaba en principios y virtudes permanentes.
Humphrey Bogart y Lauren Bacall en «Cayo Largo». Ninguno de los dos eran precisamente «conservadores», pero las condiciones sociales y culturales en las que se hizo cine en la era dorada de Hollywood lo enraizaba en principios y virtudes permanentes.

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¿Nos enseñan las grandes películas de la era dorada de Hollywood lecciones útiles para nuestra vida personal y también para las luchas culturales de nuestro tiempo? La doctora Onalee McGraw cree que sí, y por eso fundó en 1986 el Educational Guidance Institute, que a lo largo de todos estos años ha desarrollado programas de enseñanza escolares y extraescolares utilizando todo ese arsenal artístico para, según su lema, "enseñar la Verdad, el Bien y la Belleza a las jóvenes generaciones a través de las películas clásicas". El profesor Anthony Esolen, escritor y profesor en la Thomas More [Tomás Moro] College of the Liberal Arts de Merrimack (New Hampshire, Estados Unidos), le ha dedicado recientemente un artículo a esa labor en Crisis Magazine:

Anthony Esolen es uno de los filósofos católicos de mayor influencia en el actual panorama cultural estadounidense.

Lecciones de vida aprendidas de la Edad de Oro de Hollywood

"Vosotros, jóvenes demonios", dice Satanás, ese viejo y astuto misántropo, sabio como es sabio el hombre, "creéis que podéis condenar a esas alimañas humanas con argumentos razonados. La razón, como deberíais saber -y es algo que deberíais recordar-, pertenece al Enemigo. Cuando luchamos contra Él, luchamos con sus propias armas. Lo que queremos hacer, siguiendo esa línea, tal como nos han demostrado nuestros buenos amigos los sofistas", y aquí, una pareja de jóvenes gánsters se ríe burlonamente, mientras uno de ellos agita una especie de baqueta espiritual en el aire que había pertenecido a un tipo llamado [John] Dewey, "es enmarañar los argumentos dejando fuera la razón. Así, cuanto más abstractos y menos dependientes sean de ese caldo de barro y lodo llamado Naturaleza, mejor será. Ningún hombre", dice, "es un animal irracional. ¿Estás tomando apuntes, Asmodeus?".

Un demonio que echaba un humo sospechoso dejó el trozo de carbón que había estado utilizando para hacer una caricatura, no muy halagüeña, de su instructor.

"El hombre es un animal irracional. Actúa siguiendo los impulsos de lo que él llama, con placer, su corazón. El corazón del hombre es malvado desde su juventud, como el Enemigo mismo ha dicho. Pero puede que no dependamos de él sin que actuemos. El Enemigo también ha dicho, y en este caso nuestro departamento de espionaje ha determinado que dicha afirmación expresa parte de verdad, que Él hizo el hombre a su imagen. El hombre es un sub-creador, tal como dijo ese vil vendedor ambulante de bondad fabulista llamado Tolkien. Como el Enemigo hace al hombre, el hombre hace hombres, en su arte, su imaginación. Nuestra tarea es convertir ese corazón en una fábrica de ídolos. No es una tarea difícil. Dadnos la imaginación", dijo, haciendo un gesto de desprecio con la boca, "y nosotros, con placer, conseguiremos el resto".

"Dejemos que el Enemigo tenga todas las razones; que cada catecismo, cada seminario y cientos de miles de sacerdotes crean hasta la última palabra y título de ese malvado libro cuyo nombre no me dignaré pronunciar. Dejemos que consigan algunas victorias políticas aquí y allá. ¿Y qué si la Unión Soviética ha caído? Dejemos que también China caiga. Dadnos la imaginación y bailaremos nuestra danza macabra sobre la tumba de la Cristiandad, ahora y siempre".

Tras lo cual, Asmodeus machaca el carbón con sus garras y se ríe en voz alta durante mucho tiempo.

La labor de la doctora McGraw

He empezado con una historia, porque así es como la doctora Onalee McGraw dice que hay que empezar. Y es su trabajo el que yo deseo promover, con entusiasmo y con un cierto sentido de urgencia. La Dra. McGraw es la fundadora de Educational Guidance Institute, cuya tarea es llevar la palabra que da vida a una cultura muerta utilizando películas clásicas.

Onalee McGraw lleva más de treinta años suscitando la reflexión moral en los jóvenes a través del cine clásico.

No frunzáis el ceño, queridos lectores. Mi trabajo en clase es introducir a la gente joven al legado de poesía y arte de Occidente, legado que abarca tres mil años. Están hambrientos de belleza. En el mejor de los casos, tengo la gran oportunidad de estar cerca mientras Shakespeare o Milton cambian la vida de una persona. Las circunstancias no son siempre las mejores. ¡Ojalá mis estudiantes fueran granjeros de manos curtidas, honestos e ignorantes! Pero no lo son. ¿Quién, hoy en día, lo es? ¿Acaso hay alguna joven que no haya respirado el aire contaminado de feminismo que nos rodea? ¿Acaso hay algún joven que no haya quemado su cerebro con pornografía? Y no seamos tan estúpidos como para creer que estos son hábitos que requieren mucho tiempo. ¿Cuántos asesinatos tiene que ver un miembro de una banda para llegar a corromperse?

Hay que ganarse de nuevo la imaginación, atraerla. Este es el objetivo de Onalee McGraw, que lucha utilizando las mejores películas producidas en nuestro país, por el propio Hollywood y, a veces, por hombres y mujeres perversos. He leído la programación de sus clases, disponible para los padres, los profesores y todo el que quiera construir de nuevo una verdadera cultura americana. Es espléndida.

La Dra. McGraw pasa sin esfuerzo de un momento a otro de las películas sobre las que habla, centrándose siempre, una y otra vez, en las grandes preguntas. Sobre El sol brilla para todos [1961, de Daniel Petrie, con Sidney Poitier], Onalee plantea algo más que las preguntas obvias relacionadas con el mal del racismo: nos pide que veamos en la película una sólida afirmación de la dignidad de todos los hombres, y no porque estos sean sabios y santos. Walter Lee, el duro y cínico cabeza de familia de los Younger, no es ninguna de las dos cosas. Se juega el dinero del seguro de su familia y lo pierde, engañado por un hombre de su confianza, un compañero afroamericano. Su hermana Beneatha está dispuesta a echarle, pero su madre la reprende con una sabiduría que es profundamente humana y cristiana a la vez.

"Creía que te había enseñado a amarle", dice la anciana. "Siempre queda algo para amar... Hija, ¿cuándo crees que debemos amar más? ¿Cuando el otro ha hecho todo bien, facilitando las cosas a los demás? Ese no es para nada el mejor momento para amar. Es cuando el otro está en su peor momento y no puede creer en sí mismo, porque el mundo le ha maltratado. Cuando estés valorando a una persona, valórala bien, hija, valórala bien. Y asegúrate de que has tomado en consideración los altibajos por los que ha tenido que pasar para estar donde está en ese momento".

Ésta es la escena de A raisin in the Sun [El Sol brilla para todos] cuyas palabras recoge Esolen.

En Cayo Largo [1948, de John Huston], la Dra. McGraw resalta lo que parecería algo nimio en una vida humana -un hombre le da algo de beber a una mujer que tiene sed- para demostrar que en esos breves instantes, tan breves como el giro de cabeza del ladrón que está muriendo, un alma muerta puede volver a la vida. Frank McCloud (Humphrey Bogart) es, como dice ella, "un veterano decepcionado que se da cuenta de que no puede desvincularse de la lucha humana universal entre el bien y el mal". Está en un hotel, gestionado por un hombre en silla de ruedas (Lionel Barrymore), del que se ha apoderado una banda dirigida por el psicópata Rocco (Edward G. Robinson). Una buena mujer que le ama (interpretada por la esposa de Bogart en la vida real, la actriz Lauren Bacall), le pide que haga algo, pero McCloud inicialmente se encoge de hombros y dice: "No vale la pena morir por un Rocco de más o de menos".

No es el asesinato lo que lleva a McCloud a actuar. Es cuando ve a Rocco maltratar con crueldad a su amante, a la que ahora desprecia (interpretada por Claire Trevor, que ganó un Oscar por su actuación). McCloud le da a la mujer la bebida que pide. "En su deseo de poner en peligro su vida por ella", dice la Dra. McGraw, "recupera la valentía moral que le sostuvo durante la guerra". Y cuando un huracán azota los Cayos y Rocco se siente aterrorizado por una tormenta a la que no puede mandar y controlar, McCloud ve que el hombre es realmente un cobarde, y toma la decisión que castiga a los malvados y salva su propia alma.

McGraw conoce este campo. Hay una bonita imagen suya con el fallecido Robert Osborne en el set de Turner Classic Movies, charlando sobre la película que tenía que presentar, Doce hombres sin piedad [1957, de Sidney Lumet con, entre otros, Henry Fonda]. 

Onalee, con Robert Osborne, presentador desde 1994 hasta 2011 de las películas clásicas en el canal Turner Classic Movies. Este día presentaron toda una obra maestra, Doce hombres sin piedad, una obra de teatro sobre las deliberaciones de un jurado en un caso de asesinato.

Pero no piensen que es meramente una esteta. Nada más alejado de la realidad. Las películas incluidas en su guía de estudios tienen todas que ver con construir una verdadera conciencia social, y las ha puesto también en iglesias y en cárceles juveniles.

¿Cómo vamos a tener hombres buenos si a los chicos se les enseña que su sexo es tóxico? Hagamos que vean Raíces profundas [1953, de George Stevens, con Alan Ladd] o El hombre que mató a Liberty Valance [1962, de John Ford, con James Stewart y John Wayne], y que aprendan que la masculinidad implica, a veces, renunciar a lo que más se ama para hacer lo que es justo, independientemente de las consecuencias.

¿Cómo vamos a tener mujeres buenas si a las chicas se les enseña que su sexo no puede hacer nada mal, salvo comportarse de una manera femenina y ser de verdad atractiva para un hombre bueno? Hagamos que vean qué es un cortejo en Sucedió una noche [1934, de Frank Capra, con Clark Gable y Claudette Colbert] o El bazar de las sorpresas [1940, de Ernst Lubitsch, con James Stewart y Margaret Sullavan].

¿Qué sucede en toda una ciudad cuando sus habitantes se niegan a reconocer el mal que han hecho y viven en una mentira? Para ello, basta ver Conspiración de silencio [1955, de John Sturges, con Spencer Tracy]. ¿Qué sucede cuando un hombre, por amor a una mujer buena, comprende por fin que la verdad y la bondad son más importantes que la comodidad, e incluso más que los antiguos vínculos de lealtad? Basta ver a Marlon Brando recorriendo su propia Via Dolorosa en la escena final de La ley del silencio [1954, de Elia Kazan]. [Atención, spoiler: no veas la siguiente escena si no has visto la película, porque desvela su final.]

¿Estamos mirando atrás, con un sentimiento de nostalgia, a películas que amamos porque fueron las primeras que vimos? En absoluto. Recuerdo crecer con algunas de ellas porque las cadenas de televisión ponían las mejores en el momento de mayor audiencia, como El puente sobre el río Kwai [1957, de David Lean, con Alec Guinness], Ben-Hur [1959, de William Wyler, con Charlton Heston] y El mago de Oz [1939, de Victor Fleming, con Judy Garland]; y luego estaban las cadenas independientes de Nueva York y Filadelfia, y la "última función", o la película de la mañana en las emisoras locales, por lo que recuerdo ver Un hombre tranquilo [1952, de John Ford, con John Wayne y Maureen O'Hara], ¿Vencedores o vencidos? [1961, de Stanley Kramer, con, entre otros, Spencer Tracy y Burt Lancaster], Solo ante el peligro [1952, de Fred Zinnemann, con Gary Cooper], Marty [1955, de Delbert Mann, con Ernest Borgnine], El hombre de Alcatraz [1962, de John Frankenheimer, con Burt Lancaster], ¡Qué verde era mi valle! [1941, de John Ford, con Walter Pidgeon y Maureen O'Hara], Con la muerte en los talones [1959, de Alfred Hitchcock, con Cary Grant] y muchas otras.

El buen efecto del Código Hays

Sin embargo, recientemente me he dado cuenta de que la edad de oro de Hollywood fue justamente eso: un periodo de unos treinta años en los que las condiciones culturales y sociales están alineadas del modo correcto para que se pudieran hacer una gran cantidad de grandes y buenas películas.

Un factor que no había considerado es el muy difamado Código Hays; respecto a esto, McGraw demuestra cómo la Iglesia católica tomó la iniciativa para que Hollywood aceptara una autocensura sabia y conveniente, para que los legisladores socialmente conscientes de la administración Roosevelt, y los ejércitos de americanos corrientes que les apoyaban, tomaran la cuestión en sus manos cortándole el paso a Hollywood de rodillas protestando delante de los cines y avergonzando a los creadores de películas perniciosas.

William Hays (1879-1954) fue un político republicano que presidió la asociación de productores y distribuidores de cine en Estados Unidos entre 1922 y 1945. El llamado Código Hays se acordó en 1930 y estuvo vigente entre 1934 y 1967 con una directriz inspiradora: "No debe producirse ninguna película que rebaje los principios morales de quienes la ven".

La gente comprendió, como indica McGraw una y otra vez citando a John Adams (1735-1826), James Madison (1751-1836), Edmund Burke (1729-1797) y otros, que no puedes ser libre sin la virtud pública, y que no hay virtud pública sin virtud privada.

Es fácil ir a rebuscar en los detalles del trabajo del censor, pero los principios eran nobles y verdaderos, y en general tenían una base consistente y miraban con inteligencia al arte y a los objetivos del artista. "Nunca se conducirá al espectador a tomar partido por el crimen, el mal, el pecado", recita el principio final y concluyente del Código. Casi todas las películas actuales se saltan este principio, ya que casi todas ellas muestran cuanto es basto, lascivo y licencioso.

Ojalá hubiera tenido a disposición el trabajo de Onalee McGraw hace años, cuando guié a un grupo de hombres durante siete u ocho años en la Universidad de Providence. Lo aprovecharé ahora, cuando les ponga películas clásicas a mis estudiantes de la Universidad Tomás Moro: tres cada semestre, incluyendo una de sus favoritas, La ley del silencio, en este otoño. No debemos darle la espalda a los aliados que Dios nos ha enviado. Y esto es especialmente verdad ahora, cuando los católicos corrientes no tienen casi ninguna experiencia en el arte con A mayúscula, ni siquiera de ese buena y saludable carne con patatas que es el arte folclórico genuino. Y cuando van a misa, las cosas son aún peores. Pero este tema lo dejamos para otro artículo.

Sigan al Educational Guidance Institute. Estarán agradecidos por ello, como lo estoy yo.

Traducción de Elena Faccia Serrano.

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